27 de Julio de 2017

Opinión

El lugar del arte

Es esperanzador estar en un espacio cultural donde se hace algo más que llevar estadísticas de los estudiantes o cubrir horas día tras día.

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Gracias a la invitación de Marco Vieyra, uno de los creadores más sólidos del teatro mexicano, estuve en San Luis Potosí, impartiendo un taller de dramaturgia en el Instituto Potosino de Bellas Artes.

De entrada, es un espacio tan lleno de vida, rostros de todas las edades circulan desde temprana hora y hasta muy noche. En la azotea hay un habituario, donde artistas extranjeros y nacionales, podemos habitar mientras intercambiamos letras con los estudiantes.

Es esperanzador estar en un espacio cultural donde se hace algo más que llevar estadísticas de los estudiantes o cubrir horas día tras día. Aquí están creando de tiempo completo. 

Con un café de por medio entendí por qué al intercambiar palabras con Laura Elena González Sánchez, directora de dicho centro: “Alguna vez conocí una chica, hija de gente que se dedicaba a sobrevivir entre la basura, ella había decidido escaparse con su novio y le dije que no, que se quedara a estudiar, a encontrar un trabajo; ella respondió, yo sé que soy: soy basura, por eso es bueno haber encontrado  alguien que cargue conmigo.

Y se fue, sus palabras aún resuenan en mí, por eso estoy aquí, porque quiero que la gente tenga opciones, porque si estar aquí no le sirve a cien, al menos le servirá a uno para no sentirse basura. Cuando veo a alguien de escasos recursos, esperando en la escalera las horas que su hijo está en clase pues no tiene dinero para ir y regresar por él, en seguida pido que le den una beca. Sé que el arte habla desde otro lugar, y todos debemos tener acceso a ese lugar para no extraviarnos antes de tiempo”. 

La visión de Laura ha impregnado la escuela. Entiendo que no importa el edificio, sino  quien está al frente y dónde es capaz de poner su mirada, en el caso de Laura, también el corazón; la utopía, lo que se puede construir a través de las artes, le importa. Necesitamos gente así al frente de las instituciones, personas que hayan sido marcadas por experiencias de vida que les hagan mejores y, quizá por eso, buenos funcionarios. No politiquillos de escritorio.

Me dijeron que el lugar tiene fantasmas, nunca los vi, quizá fueron exorcizados por la música y el ambiente creativo que reina, donde, por cierto, los alumnos de dramaturgia escriben teatro sin dudar en sacar las letras de lugares pantanosos de la memoria y que al ser expuestos en el papel duelen un poco menos. Mientras más acercamos a los jóvenes al arte, más los alejamos de los caminos de autodestrucción.

El arte también necesita cómplices, miradas generosas que acompañen los caminos y pongan la basura en su lugar y el arte en el mejor lugar posible: a la mano de todos.

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