NOTICIA DE ARCHIVO

Crónicas urbanas: Engaños, secuestros y torturas

MÉXICO.- De enero a A julio las autoridades recibieron 35 denuncias de plagio. De éstas, según el Reporte de Índice Delictivo de la Ciudad de México, resolvieron la mayoría y desarticularon 15 bandas.

Humberto Ríos Navarrete/Milenio
MÉXICO, D.F.- En ocasiones la policía atrapa a criminales porque la denuncia es oportuna y hay factores propicios para hallarlos, como sucedió con una persona que, aun mutilada, logró escapar mientras sus captores dormían; en otros casos, familiares pagaron el rescate y la víctima aportó indicios para dar con los culpables.

Todo eso ayuda.

Y otras cosas más.

Como en este caso.

Los investigadores policiacos definieron estrategias --"trabajo de gabinete"-- y husmearon alrededor de la zona. Tenían indicios del secuestro y conocieron el lugar, auxiliados por la tecnología, e identificaron a los presuntos. Entonces vino el golpe definitivo y descubrieron que los plagiarios tenían a otra persona.

Y hallaron algo más.

Fue durante ese suceso y otros cuando detectives de la procuraduría, después de un análisis, llegaron a la conclusión de que hay una nueva forma de operar de nuevas bandas, cuyos integrantes simulan secuestros y atrapan al que paga el rescate de la supuesta víctima, misma que nunca estuvo en cautiverio y sí, en cambio, sirvió de cebo para que los delincuentes obtuvieran una doble ganancia.

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Lucila recibió una llamada telefónica para avisar que su hija había sido secuestrada. Le dijeron que para poder liberarla necesitaban cierta cantidad de dinero. Ella hizo los preparativos y reunió la cantidad, abordó su vehículo y se dirigió por el rumbo de Tacubaya, donde fue interceptada por los delincuentes, quienes la secuestraron. La engañaron y cayó en la trampa.

La mujer fue liberada días después de que sus parientes negociaran con los secuestradores; pero uno de sus familiares, desde el momento que ella salió de su casa, pudo accionar el sistema de rastreo en su teléfono celular (IPOD) y trazó un croquis de la ruta y la zona. Había elementos suficientes para que policías de Investigación comenzaran la búsqueda, y así sucedió.

Solo faltaban detalles.

La última señal que había emitido el aparato de Lucila fue en la calle Eleuterio Méndez, esquina con Cástulo García, colonia La Conchita, delegación Tláhuac.

Los agentes de Investigación platicaron con la mujer, quien relató que durante su cautiverio escuchó cantos de gallos y ruidos de palas.

Era, añadió la mujer, una casa en obra negra, piso de tierra, ventanas sin vidrios pero cubiertas con lonas, pequeño baño con una ventana que en lugar de cristal tenía tela. En el patio había varios utensilios, como tinacos, cubetas y diversos tiliches.

Los investigadores iniciaron su tarea. En diversas fechas y horas vigilaron el inmueble, el cual, por momentos, parecía deshabitado, pero con el paso de las horas se percataron que varios individuos entraban y salían. La mayoría comía en fondas próximas.

De manera especial les llamó la atención un hombre de unos 60 años que siempre salía a desayunar a la misma hora y luego acudía en moto-taxi a comprar alimentos, y de ahí pasaba por una farmacia. Regresaba y abría el portón para meter el vehículo, por lo que había posibilidades de echar un vistazo a vuelo de pájaro.

Eran los momentos para mirar con discreción, y fue cuando corroboraron que era el mismo lugar donde además había varias partes de automóviles, un chasis y un vehículo desmantelado. También observaron que un día entró y salió un hombre, de entre 40 y 45 años, vestido de negro, gafas oscuras. Era El Bala.

Los agentes informaron de la situación a su jefe, adscrito a la Fiscalía Especial para la Investigación de Secuestros, de la PGJDF, quien ordenó que siguieran al sospechoso, que dio vuelta sobre la avenida Tláhuac, donde también había agentes. Los policías se presentaron como tales y lo atenazaron; el presunto sospechó de qué se trataba, dijo, y desembuchó, "de manera espontánea", según el reporte.

Uno de los policías le preguntó a qué se refería con eso de que ya sabía. El presunto dijo que él y otro cómplice cuidaban a un secuestrado. Los agentes reportaron de inmediato a su comandante y éste diseñó el operativo con miembros del Grupo Especial de Reacción e Intervención (GERI), y con ellos incursionaron en el inmueble.

Y en el primer cuarto, del lado derecho, encontraron a un hombre de 68 años, vendado de la cara y amarrado de pies y manos. Lo liberaron. Allí mismo estaba El Roger, de 56 años, quien dijo que había participado en varios secuestros y que su labor consistía en cuidar y alimentar a las víctimas.

Los dos apresados aceptaron que allí mismo estuvo secuestrada una mujer, Lucila, y por cuyo rescate los jefes de la banda les dieron 25 mil pesos a cada uno. El Bala dijo que pedían 250 mil pesos por liberar al anciano, y que esa misma semana habían llegado a un acuerdo con sus familiares.

Otro detenido, éste "por obstruir la acción de la justicia", fue un vecino que gritó improperios a miembros del GERI cuando éstos llegaron. "Al ser entrevistado, manifiesta desconocer lo que sucedía e indicó que sólo iba pasando por la calle y se percató de los hechos, mismos que le parecen injustos". Y que su ocupación es la de molinero. De todos modos fue retenido.

La policía anda tras las huellas de otro miembro de la banda, quien tripula un carro negro descapotable.

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En esa misma fecha, pero en Azacapotzalco, policías preventivos que patrullaban en la zona observaron a un hombre que, esposado de las manos, pedía auxilio sobre avenida Cuitláhuac, casi esquina con Clavería.

La víctima explicó que había sido secuestrada, pero que logró escapar, arrojándose por la ventana, pues aprovechó que sus captores estaban dormidos, debido a que la noche anterior habían tenido una fiesta en la que hubo alcohol y droga. La víctima tenía el meñique izquierdo cercenado.

Los policías se dirigieron al domicilio señalado por la víctima, en la colonia Obrero Popular, y atraparon a El Chucho, de 29 años; La Niña --hombre, de 18 años-- y El Dany, de 23. El único que faltó fue El Papi, oriundo de Tepito.

Era el mismo hombre que aquella mañana, al abrir el zaguán de su casa, en Tlalpan, se le acercó un individuo y le apuntó con una pistola; pero se resistió y fue golpeado por el delincuente, quien le dijo que habían secuestrado a su hija y a su esposa, de quienes dio santo y seña, incluso del vehículo en que viajaban.

Otros dos presuntos se aproximaron y lo subieron en su propio vehículo. Después de hora y media de circular ingresaron a una casa de "seguridad" donde permaneció esposado. A los tres días le amputaron el dedo meñique de la mano izquierda con tijeras y se lo enviaron a su esposa.

Y fue cuando una noche sus captores hicieron una fiesta, en la que consumieron de todo, y quedaron dormidos, por lo que el hombre tomó la decisión de lanzarse desde la ventana, amortiguando la caída con los cables de energía eléctrica, y corrió y corrió, hasta que encontró una patrulla, cuyos integrantes atraparon a los presuntos.

Falta El Papi.

La policía lo busca.