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Crónica taurina

Ser torero, una difícil profesión

Por Enrique Cervantes

Es un porcentaje mínimo del género humano que se inclina por la profesión de querer ser matador de toros y el que lo hace también es ínfima cantidad que llega a consagrarse como figura.

Los inconvenientes son muchos, pero ese sentir dentro del cuerpo, el vacío de la muerte, un miedo extraño acompañado de preocupación, así de trágica, dura y azarosa es esta profesión, esa responsabilidad para la gran afición que llena los tendidos y que hay que cumplirle en una forma real, verdadera, transparente y que no se debe defraudar.

El seguir adelante, a pesar de que el triunfo está lleno de fracasos y esa preocupación de no hacer el "ridículo" primo hermano del "pánico" y de sostener un sitio frente a ese animal de gran fuerza, pujanza y vigor, que siempre busca al intruso que lo está retando a pelear, aceptando con bravura y supremacía de su raza.

Difícil momento en que para ser figura, hay sólo una luz, preparar con serenidad al espíritu para el momento ansiado, sentir el vacío de vivir o morir.

Pero siempre rechazando la tristeza de seguir en la oscuridad, donde caminando a cada paso se encuentra el tropiezo.

Conceptos que la fiesta brava expresa ante los que interpretan sus angustias.

Muy respetable el que se padezca un delirio ancestral por lo dramático, pero siempre reflejando una sensibilidad, un criterio y otra latitud.

El surgir de la nada, es algo; el ser torero, es mucho; el ser figura de torero, un privilegio. Lo que sigue es lo que ven los espectadores, el resultado de la preparación, experiencia, serenidad, capacidad del torero para entender a ese toro, la manera de interpretar y ese sentir del hombre que aviva las pasiones y estremece los tendidos, producto de un miedo controlado que transmite lo que se vive en el ruedo.

Un miedo consciente para saber lo que se hace, y no un valor inconsciente que no permite darse cuenta de las dificultades que para la lidia presenta cada burel salido de toriles. Naturalmente, todo depende de las jerarquías personales y de las inquietudes de cada individuo que se viste de luces y no de frases.

Y desde luego "cada público tiene los toreros que merece".

Y... hasta nuestro próximo jueves taurino.