El Ilustrador

Los Cerros de Mérida (22)

Luego de la fundación de la ciudad, comenzó a ser evidente la transformación del paisaje visual.

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El Cerro de San Antón fue el último sobreviviente en su estado tal y como fue hallado por los españoles a su llegada a Thó. (Sergio Grosjean/SIPSE)

El Cerro de San Antón fue el último sobreviviente en su estado tal y como fue hallado por los españoles a su llegada a Thó. (Sergio Grosjean/SIPSE)

Sergio Grosjean/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Siguiendo nuestra serie “Mérida, pasado y presente”, hoy nos abocaremos a los cerros que existieron en Mérida. La antigua Ichcanzihó, nombre en maya que podría traducirse como “Faz del nacimiento del cielo”, “Lugar de los altos Sihoes”, o “Dentro de 5 cerros”, fue fundada por los Itzaes, grupo que se preciaba de ser el más nato de Yucatán y constructor de la imponente Chichén Itzá que tanto continúa sorprendiendo al mundo, sobre todo luego de las noticias acerca de un enorme cenote que yace en sus entrañas y debajo de la conocida pirámide de Kukulcán. 

A la llegada de los españoles, la vieja Ichcanzihó, llamada por contracción T`hó, pertenecía al cacicazgo de Chakán, uno de los 16 señoríos que había al momento de la Conquista -de acuerdo al investigador Ralph L. Roys- y que reconocía por capital al entonces pequeño poblado de Caucel. Al momento de la entrada de los españoles a nuestra actual capital, se encontraron con un panorama desolador ya que el sitio era solamente habitado por algunos humildes labradores que vivían en un villorrio conformado por alrededor de 200 chozas y mil habitantes, siendo que, lustros antes, fue una ciudad llena de vida y esplendor que a juicio de Fray Diego de Landa era una de las ciudades más bellas e imponentes que había visto, y que había sido transformada en ruinas debido a las intestinas confrontaciones comandadas por los diversos cacicazgos mayas.

Testigos de su grandeza eran los cinco hermosísimos cerros secundados por algunos montículos de menor tamaño que posiblemente eran restos amontonados de otros templos que visualizaron los europeos a su entrada a la antigua T´hó, según nos narra el historiador Ignacio Rubio Mañé. 

Una de estas imponentes estructuras llamada Backluumchaan se encontraba al costado poniente de la actual Plaza Grande, específicamente el sitio que ocupa el ayuntamiento de Mérida, la cual permanecería por muchos años hasta que  finalmente fue demolida en su totalidad en el segundo tercio del siglo XVII. 


De tal forma, que luego de la fundación de la ciudad, comenzó a ser evidente la transformación del paisaje visual, pues gran parte de los bloques de piedra de ésta y otras antiguas construcciones sirvieron de material para la edificación de la nueva ciudad, tal y como se observa en el presente en la emblemática Catedral y algunos edificios restaurados en el Centro Histórico donde se distinguen los añejos bloques de piedra careados que fueron reutilizados para la conformación de mencionados inmuebles.

Portentoso lugar

Otro enorme cerro se hallaba al suroeste donde posteriormente se erigió la imponente ciudadela de San Benito, edificación de la cual nuestro amigo, el arquitecto Raúl Alcalá Erosa, narra con habilidad diversos pasajes históricos que plasma en su libro “Historias y vestigios de la ciudadela de San Benito”. Importante señalar que los viejos muros que halló el investigador Alcalá deben ser preservados y conformar parte del museo que ha promovido crear y nosotros esperamos que algún político con neuronas ayude a cristalizar el proyecto, en vez de estar haciendo grilla o rascándose el tuch.

Continuando con la crónica, los restos de la ciudadela, abandonada por los religiosos en 1821 debido a la secularización de los conventos, fue aprovechada posteriormente para diversas funciones, incluso como penitenciaría, desalojada en 1895, cuando sus reos fueron trasladados  a la recién fundada  penitenciaría “Juárez”. La luz de este portentoso lugar fue apagada pocos años después durante el gobierno de Olegario Molina, quien mandó a derrumbarla y utilizar sus materiales en la pavimentación de la ciudad, y en este sitio se encuentra en el presente el mercado de San Benito. 

Los otros tres cerros se encontraban muy cerca y uno de ellos, ubicado en las inmediaciones de la plaza de San Cristóbal, se le denominó durante la época colonial “Cerro de San Antón”, último sobreviviente en su estado tal y como fue hallado por los españoles a su llegada, ya que no fue transformado o demolido como los anteriores montículos, hasta que el gobernador Benito Pérez Valdelomar lo mandó a desmantelar en 1801. 

Ante tal hecho, se manufacturaron unas placas que se colocaron en la esquina de la 67 con 50, donde precisamente se levantaba esta monumental estructura, siendo que una de éstas consigna “Calle del imposible y Cevencio”. 

Mi correo es [email protected] y twitter @sergiogrosjean.

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