Homilía

'El justo vivirá por su fe'

Jesús ilumina nuestra vida para ver cómo nos comportamos con respecto al dinero y la riqueza.

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Jesús está realmente presente bajo las especies del pan y del vino, como él mismo nos asegura. (imagenzac.com.mx)

Jesús está realmente presente bajo las especies del pan y del vino, como él mismo nos asegura. (imagenzac.com.mx)

XXVII Domingo Ordinario

Hab 1, 2-3; 2,2-4; Sal 94; 2 Tim 1, 6-8. 13-14; Lc 17,5-10

1. Las lecturas de hoy

“Cuando ustedes hayan hecho todo lo que debieran de hacer digan: somos siervos inútiles, porque apenas hemos hecho lo que debiéramos de hacer”  . Esta frase puede parecer retórica o puede ser la realidad de una seria experiencia espiritual de amor. ¡Después de haber cumplido con todo lo que nos había sido encomendado, somos siervos inútiles porque debemos comenzar de nuevo!


El amor va más allá de la obligación, en cualquier relación humana seria y comprometida, lo sabemos. Hacer las cosas porque “se debe”, porque es “obligación”, porque “no queda de otra”, es la resbaladilla de la esterilidad y lleva a la sepultura de cualquier amor. La obligación que se deriva de algún temor no puede coexistir con el amor  .

Los domingos anteriores hemos leído enseñanzas evangélicas que cuestionan criterios y actuaciones. Jesús ilumina nuestra vida para ver cómo nos comportamos con respecto al dinero y la riqueza, cual es nuestra solidaridad con el pobre y necesitado; al grado tal que no usarla a favor de ellos, es como una violencia hacia los carentes de recursos y marginados.

Hemos ido construyendo nuestra tranquilidad en la propia auto justificación. Nosotros somos los buenos, los demás son los malos; nosotros amamos a la Iglesia, los demás no la sirven. Tal parece que hemos construido nuestro mundo y queremos que los demás se sometan a nuestro código de criterios.

Dios nos cuestiona nuestra forma de amar, nuestros vínculos y relaciones: de poder, de conveniencia, estratégicos: “si me invitan los invito”, lo que sería como el ping-pong de las relaciones de mera conveniencia.

El Evangelio abre nuevos horizontes, amplía la mirada, dilata el corazón. El que ama según la justicia, no ha madurado aún en el amor, es todavía un “siervo inútil”. “Si ustedes hacen el bien a los que les hacen el bien, ¿qué mérito tienen? Los pecadores hacen lo mismo”, dice Jesús. Dios cuestiona también el trabajo de aquellos que son muy trabajadores para allegarse y acumular riqueza y no sabe enriquecerse con el amor  . Se pone en discusión no el trabajo mal hecho, sino el trabajo que nos esclaviza.

Cuántas vidas se destruyen, cuántas amistades se olvidan, cuántas familias se fracturan, por esa “pasión” de un trabajo que habiendo perdido equilibrio y equidad, se vuelve esclavitud, idolatría y absurdo, hasta llegar a conquistar el trágico epitafio: “Aquí yace el más rico del panteón”.

II. El valor de decir no a cualquier tipo de violencia

Muchas veces hemos aprobado o al menos tolerado la violencia, nosotros que nos decimos discípulos de Aquel que “maltratado se dejó humillar y no abrió la boca, era como un cordero conducido al matadero...”  Dios desaprueba la violencia que existe en nuestras relaciones humanas de cada día, el hombre contra la mujer y la mujer contra el hombre, grandes contra pequeños, inteligentes contra ignorantes, desarrollados contra los que están en vías de serlo, ricos contra pobres, blancos contra negros, cristianos contra no cristianos; etc.
    
Y lo más doloroso es que intentemos justificar la violencia. El que quiera ser tan solo responsable de sí mismo, no conoce el amor, es un siervo inútil que no ha aprendido que la única forma de vivir esta vida es en el servicio a los demás. Así en la primera lectura el profeta Habacuc parece que se hace eco de los sentimientos de tantos contemporáneos: por la violencia, asaltos, rebeliones, desórdenes, opresión e injusticia, ante lo que parece que Dios no escucha nuestra plegaria. Sin embargo, el Señor afirma: Parece que tardará, pero... “llegará sin falta; el malvado sucumbirá sin remedio, el justo en cambio vivirá por la fe”  

III. La Eucaristía, sacrificio de Cristo

En la Eucaristía se actualiza, ante todo, el sacrificio de Cristo. Jesús está realmente presente bajo las especies del pan y del vino, como él mismo nos asegura: «Este es mi cuerpo... Esta es mi sangre» . Pero el Cristo que está presente en la Eucaristía es el Cristo que ya ha sido glorificado, el que en el Vienes Santo se ofreció a sí mismo en la cruz. Algo que subrayó con las palabras que pronunció sobre el cáliz del vino: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» . 

Si se examinan estas palabras a la luz de su contexto bíblico, surgen dos referencias significativas. La primera es la locución «sangre derramada» que, como atestigua el lenguaje bíblico  , es sinónimo de muerte violenta. La segunda es la aclaración «por muchos», aludiendo a los destinatarios de la sangre derramada. La alusión nos remonta a un texto fundamental para la relectura cristiana de las Sagradas Escrituras, el cuarto canto de Isaías: con su sacrificio, «entregándose a sí mismo a la muerte», el Siervo del Señor «cargaba con el pecado de muchos»  .

La misma dimensión de sacrificio y de redención de la Eucaristía se expresa con las palabras de Jesús sobre el pan en la Última Cena, tal y como son referidas por la tradición de San Lucas y de San Pablo: «Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros» . La Eucaristía es, por tanto, un sacrificio: sacrificio de la redención y, al mismo tiempo, de la nueva alianza, como creemos y como profesan claramente también las Iglesias de Oriente. «El sacrificio de hoy -afirmó hace siglos la Iglesia griega- es como el que un día ofreció el unigénito Verbo Divino encarnado, se ofrece hoy como entonces, siendo un sólo y único sacrificio» .

La Eucaristía, como sacrificio de la nueva alianza, constituye pues un desarrollo y cumplimiento de la alianza celebrada en el Sinaí, cuando Moisés derramó la mitad de la sangre de las víctimas del sacrificio sobre el altar, símbolo de Dios, y la otra mitad sobre la asamblea de los hijos de Israel  . Esta «sangre de la alianza» unía íntimamente a Dios y al hombre en un lazo de solidaridad. Con la Eucaristía la intimidad se hace total, el abrazo entre Dios y el hombre alcanza su culmen. Es el cumplimiento de la «nueva alianza» que había predicho Jeremías  : un pacto en el espíritu y en el corazón que la Carta a los Hebreos destaca precisamente basándose en el oráculo del profeta, uniéndolo al sacrificio único y definitivo de Cristo  .

IV. La Eucaristía, sacrificio de alabanza

Llegados a este punto, podemos ilustrar otra afirmación: la Eucaristía es un sacrificio de alabanza. Esencialmente orientado a la comunión plena entre Dios y el hombre, «el sacrificio eucarístico es la fuente y el culmen de todo el culto de la Iglesia y de toda la vida cristiana. Los fieles participan con mayor plenitud en el sacrificio de acción de gracias, propiciación, de impetración y de alabanza no sólo cuando ofrecen al Padre con todo su corazón, en unión con el sacerdote, la víctima sagrada y, en ella, se ofrecen a sí mismos, sino también cuando reciben la misma víctima en el sacramento» .

Como dice el término mismo en su etimología griega, la Eucaristía es «agradecimiento»; en ella el Hijo de Dios une a sí la humanidad redimida en un canto de acción de gracias y de alabanza. El sacrificio de alabanza era un sacrificio de acción de gracias  . En la Última Cena, para instituir la Eucaristía, Jesús dio gracias a su Padre  ; este es el origen del nombre de este sacramento.

Ahora bien, la teología de san Juan y de san Pablo exalta de manera particular la comunión del creyente con Cristo en la Eucaristía. En el discurso de la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús dice explícitamente: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre» . Todo el texto de ese discurso está orientado a subrayar la comunión vital que se establece, en la fe, entre Cristo, pan de vida, y quien come de él. Aparece, en concreto, el verbo griego típico del cuarto evangelio para indicar la intimidad mística entre Cristo y el discípulo: «permanecer, morar»: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» .

Queridos Hermanos: “la Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es el don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y además, de su obra de salvación” . Pidamos a la Santísima Virgen que nos acompañe siempre y nos proteja de todo mal. Pidamos también al Señor que no le falte nunca al Pueblo de Dios el Pan que le sostenga a través de la peregrinación terrena. Y que la Virgen Madre nos ayude a maravillarnos al descubrir que toda la vida cristiana está ligada al misterio de la Sagrada Eucaristía, por los siglos de los siglos. Amén.

Mérida, Yucatán, 2 de octubre de 2016

† Emilio Carlos BerlieBelaunzarán
 Arzobispo Emérito de Yucatán

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