Homilía

'Libres para amar y compartir en Cristo'

La Palabra de Dios nos ofrece una proposición de salvación que pasa a través de nuestra actividad política y económica, pero no se queda ni se limita a ella.

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La parábola del administrador astuto se debe de comprender en todo su contexto. (Milenio Novedades)

La parábola del administrador astuto se debe de comprender en todo su contexto. (Milenio Novedades)

XXV Domingo Ordinario

Am. 8, 4-7; Sal. 112; 1Tim. 2, 1-8; Lc. 16,1-13

El tema que Jesús aborda hoy en el Evangelio es de vibrante actualidad y habla de nuestra relación con un instrumento de la economía de las sociedades que lleva a la confusión y genera problemas, ya que muchos piensan que el dinero y la acumulación de éste son ingredientes indispensables y primordiales para alcanzar la felicidad.

Jesús no está dando clases de economía, ni administración, sino que está orientando nuestros corazones a la verdadera riqueza: la comunión con Dios y el amor al prójimo.


La parábola del administrador astuto se debe de comprender en todo su contexto. Se trata de uno que por conservar su puesto modifica los balances, para quedar bien con el consejo de administración y esto es a todas luces deshonesto.
Jesús no quiere alabar el hecho inmoral, sino la actuación pronta y decidida de este hombre delante de la amenaza de peligro.

Por eso agrega Jesús: “Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios, que los que pertenecen a la luz”. (Lc. 16,)

I.-Vivamos la alegría de la salvación en Cristo

Nos recuerda el apóstol que Dios es fiel y que hemos sido salvados en Jesucristo, mediador ofrecido como rescate por todos y cada uno de nosotros es testigo de ello.

Dios sabe que, aunque queremos ser buenos podemos vernos involucrados en situaciones injustas. Y por ello quiere llegar a nuestra conciencia, renovar el sentido de fraternidad universal, hacerla caer en la cuenta de la propia injusticia y darle confianza y estímulo para caminar a la propia salvación.

Así lo hizo Jesús con la samaritana, la adúltera, la pecadora; facilitar primero el encuentro personal y luego hacer ver la situación de pecado en la que se está enredado.

Valorando también los signos, por más pequeños que sean, de búsqueda de salvación. Así lo hizo en la cruz con el buen ladrón.

De cada uno depende aceptar o rechazar, pero Él es fiel a su misión de salvación, y Dios Padre es fiel al hecho de que nos acoge y perdona a todos en Cristo. (Cfr. 2Tim. 2,13).

II.- Invitados a la libertad en la administración de los bienes

Si le damos tan sólo una dimensión política o económica a la liturgia de hoy nos quedamos en la superficie. Porque la Palabra de Dios nos ofrece una proposición de salvación que pasa a través de nuestra actividad política y económica, pero no se queda ni se limita a ella.

Por eso la crítica que hemos escuchado del Profeta Amós en contra del que abusaba del mercado para defraudar a los pobres, y la enseñanza de Jesús que habla en contra de los que se dejan llevar por el apego a la riqueza.

Los bienes terrenos son medios que deben de servir a todas las personas, en especial a los excluidos como los más pobres y marginados; estas son oportunidades que Dios nos da para expresar creativamente nuestra fraternidad humana y nuestra actitud solidaria comprometida

Debemos permanecer en incesante búsqueda, porque todo sistema económico, tiene deficiencias en cuanto sistema humano, y debemos hacer todo lo posible por estar evaluando, criticando, corrigiendo, modificando, ante la insuficiencia de todos los sistemas y su posible superación.

Dios no nos da soluciones geniales económicas, sino que nos llama desde nuestra conciencia al compromiso de la fraternidad. Como una exigencia de una respuesta adecuada a Él.

Dios conoce nuestras limitaciones y nos alienta en nuestra búsqueda sincera de soluciones económicas y políticas, con tal de que sean serias y consistentes, en orden a la expresión de una verdadera fraternidad solidaria y promocional.

Dios no quiere que vivamos con un corazón dividido, una parte para Él y otra para el dinero. Dios no rechaza la ganancia, sino el engaño. “Aprender a dar y compartir de lo propio para que vuestra abundancia, socorra la indigencia de los otros (Bruno de Segni In Lc. 2,7)

III.- Responder a Dios con la oración constante y operante

Siempre que oramos a Dios debemos sentirnos estimulados a dar más y mejor de nosotros mismos, con la confianza puesta en Él.

Él nos cuestiona para hacernos comprender que todo lo que traemos entre manos es un “medio”, y que debemos de usar de ello: “tanto cuanto”, como decía San Ignacio de Loyola. Tanto cuanto nos sirve para el bien de los hermanos y para darle gloria a Él y obtener nuestra salvación.

El Señor bien sabe cuánto nos puede costar aún el más pequeño gesto de desprendimiento, de tomar distancia para apreciar y administrar los bienes.

Pero Él nos acoge, sostiene, porque caminamos con dedicación y constancia hacia una vida más comunitaria en la que podemos vivir con “piedad y dignidad”.

La fe y una oración constante y operante, son necesarias para mantenernos abiertos a la invitación que viene de Dios Padre.

La fe y la oración son necesarias para mantener el sentido de la proporción entre las cosas y las personas y así poder poner aquellas al servicio de las personas, para poder crear una comunidad verdaderamente fraterna.

Pero además perfila y afina el sentido de la colaboración con Dios nuestro Salvador, “que quiere que todos los hombres se salven y logren llegar al conocimiento pleno de la verdad”. (1Tm. 2,3-4)

Esto subraya la dignidad de cada persona y la universalidad de la salvación, lo que educa nuestro corazón.

IV.- Conclusiones

• Jesús no rechaza la riqueza que en sí puede ser un bien, sino la lógica de la riqueza, que puede llevar a pensar en las personas sólo en “función” de algo, y de la ganancia; o la falta de una relación personal con Cristo, interpeladora y exigente, que se escuda en el comodino: “yo voy a Misa los domingos”

• La lógica del dinero es totalitaria: Abarca todo el corazón, favorece un ateísmo práctico y es funcionalista y manipuladora de las personas. 

• Por ello es tan importante la educación desde la infancia a “compartir” cuando sabemos ser agradecidos con Dios, por todos los dones que Él nos da, aprendemos fácilmente a dar gratuitamente algo de lo que soy, sé y tengo.

• Que sintetizo en la frase: “De la gratitud a la gratuidad”.

• No se puede mezclar la práctica religiosa coherente, con una conducta deshonesta.

• La oración por las autoridades es para que no se den las aberraciones que pueden derivarse del mal uso del poder, pues el poder puede volver fácilmente prepotentes a las personas, y en cambio la autoridad debe velar y proveer las decisiones y legislación necesarias para vivir en un orden social justo y en paz.

• La bondad, misericordia y caridad, que se expresan en beneficios para los otros, se deben hacer con el sentido de distribuir amor, de hacer amigos, que nos “den la mano” para facilitarnos la entrada al Reino de los cielos. Que los bienes que se poseen al servir a los demás hacen de los beneficiarios “amigos”.

• Tres actitudes son incompatibles: 

  • El amor a Dios y la injusticia.
  • El amor a Dios y los fanatismos.
  • El amor a Dios y la idolatría del dinero.

• Hay “cuatro jinetes contemporáneos apocalípticos: poder, riqueza, placer (sexo) y éxito, que seducen a la persona constantemente promovidos, por los medios de comunicación.

• Qué bueno sería que pudiéramos ser tan inteligentes, audaces y decididos para el bien, como este administrador infiel lo fue para el mal.

• Cuando la persona sea reconocida y respetada en su dignidad y no esté esclavizada a intereses y especulaciones, seremos una sociedad verdaderamente cristiana, de otra manera, “cada uno de nosotros es responsable de que Cristo continúe a ser injuriado, lo veamos agonizar y sea de nuevo conducido a la muerte”. (Pascal, Pensamientos No. 533)

Que mi conducta Señor, se ajuste siempre al cumplimiento de tu voluntad”. Amén (Antífona de la Comunión). 

Mérida, Yucatán, 18 de septiembre de 2016.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo Emérito de Yucatán  

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