Martes, 27 de Septiembre del 2016
Homilía

'Todos estamos invitados a la fiesta del perdón'

Hay que dejar que la misericordia del Padre actúe en nuestro corazón y se proyecte hacia los demás.

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La misericordia de Dios, no se compra sino que se recibe, por ello debemos pedirla. (Foto de contexto de lamisioncatolica.com)

La misericordia de Dios, no se compra sino que se recibe, por ello debemos pedirla. (Foto de contexto de lamisioncatolica.com)

XXIV Domingo Ordinario

Ex 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1 Tm 1,12-17; Lc 15, 1-32

Estamos invitados hoy al banquete, el banquete del gozo, como era la característica de la primera comunidad cristiana (Hech 2,46 y 16,34) y como lo es la fiesta organizada por el padre del hijo pródigo a su regreso.

En la alegría culminan las tres parábolas de hoy y de ella debemos estar llenos este día.


Esta alegría que se nos ofrece con el pan y el vino de la Eucaristía tiene una sola fuente: La voluntad del Padre de otorgar misericordia.Lo que comporta dos conclusiones:

a)    La misericordia de Dios, no se compra sino que se recibe, por ello debemos pedirla.
b)    Y una vez recibida, suscita en nosotros la acción de gracias que se debe manifestar en la capacidad que tengamos de ser misericordiosos.
Así participaremos del gozo del Padre: en la humilde petición de que nos conceda su misericordia; y dejar que esa misericordia actúe en nuestro corazón y se proyecte hacia los demás.

I.- La misericordia de Dios

La liturgia de hoy converge toda a exaltar la misericordia de Dios.

San Lucas subraya algo de lo que está pasando en torno a Jesús: Pues los publicanos y pecadores se acercaban a Él para escucharlo (Lc 15, 19). Si estos hacen eso, puedo y debo yo también acercarme para aprender de Él.

También se le acercaban “escribas y fariseos” no con el ánimo de aprender y dejarse guiar por Él sino, para murmurar contra Él.

Es obvio que para San Lucas estos son las 99 ovejas que no tienen necesidad de conversión, (v.7) son hipócritas convencidos de ser justos y encerrados en su propia justicia.

Todo su horizonte es la “observancia de la Ley”. Aunque saben bien que la salvación proviene de la misericordia de Dios y que justo no hay uno solo, (Lc 18, II s.s. ySal 14, 1) y en la tercera parábola también ellos son invitados a la conversión. (Lc 15,28)

Ellos son fieles a la Torah y escrupulosos en su observancia, lo que no hacen publicanos y pecadores. Pero aquí lo interesante es ver como unos y otros están alrededor de Jesús. Recordemos que un corazón árido, esteriliza a los demás.

Dios busca a la persona, la ama y quiere su salvación y por ello va en busca de la oveja perdida de la casa de Israel, pero también de la dracma y de cualquiera que ande extraviado, provenga de la raza, nación y cultura que sea. Esto nos hace comprender el corazón, amplio y universal de Cristo, que nos obtiene la reconciliación y salvación ofrecida a todos.

II.- La misericordia y la justicia

¿Cómo concordar la misericordia de Dios con su justicia? Ya sucedió en el Antiguo Testamento que mientras Dios da a Moisés las tablas de la Ley en el Sinaí, el pueblo se fabrica un becerro de oro.

Para corroborar la tesis de que cuando no se obedece a Dios se vuelve uno esclavo de muchos dioses.

Moisés de legislador reacciona y se vuelve intercesor por su pueblo, argumentando que los otros pueblos dirán: lo sacó de Egipto, para acabarlo en el desierto. (Ex 32, 11-12) y hace un llamado no sólo a la misericordia de Dios sino a su justicia que significa: fidelidad y a sí mismo y a sus promesas. (Ex 32,13) y viene esta otra parte del diálogo tan hermoso: “El Señor es un Dios clemente compasivo, paciente, lleno de amor y fiel, que mantiene su amor eternamente, que soporta la maldad, la iniquidad y el pecado...” (Ex 34.6)

La justicia de Dios se ve atemperado por esa fidelidad a sí mismo que es misericordia porque Dios es amor. La plegaria de intercesión es por lo tanto aquella que, en lugar de poner en el centro a una persona, o a su pueblo con sus necesidades, se centra en el corazón del Padre, apelando a su infinita misericordia y respetando en todo su voluntad y designios. Como dice el apóstol: “Si somos infieles, Él permanece fiel porque no puede contradecirse a sí mismo”. (2 Tm 2,13)

III.- El Hijo pródigo

¡Qué grande lección da Jesús a los fariseos y escribas de que se debe buscar la oveja perdida, asegurando las 99! Y también de la misericordia de aquel padre generoso y respetuoso de la legítima personalidad y autonomía de su hijo.

Es notable ver cómo lo esperaba cada día, cómo lo recibe, no le reclama, no le echa en cara, sino que lo viste, lo calza, le hace fiesta, le pone el anillo, para hacerle comprender que el perdón comporta misericordia, fiesta, gratitud a Dios y restitución de la dignidad como persona y como hijo.

Las parábolas de la misericordia son presentadas como auxilio a los pecadores y para convertir a los que presumían de ser justos y despreciaban a los demás. (Lc 18, 9)

El hijo mayor, que parecía al inicio “el bueno”, se deja llevar por el desprecio hacia “el malo” que se fue y por la envidia hacia la autonomía que el otro obtuvo.

Es un gran pecado el desprecio a los demás, en nombre de la propia fidelidad, nuestras “cualidades y virtudes”, no pueden ser obstáculo para el amor y la misericordia de Dios.

Así sucedía con los que criticaban a Jesús por su amistad con prostitutas, publicanos y pecadores.

Si nuestra “pretendida bondad”, sirve para alejar, impedir, obstaculizar o condenar a un hermano, es una “bondad falsa”, porque es una traición al amor y misericordia de Dios.

Debemos estar seguros que nuestra comunidad hace fiesta cuando admitimos nuestro pecado y nos reintegramos a ella. Entonces el pecador no tendría miedo de admitir su culpa y responsabilidad. “Dios es más grande que nuestra conciencia”. (S. Jn 3,11s.s.)

IV.- Conclusiones

1.    “¡Danos oh Padre, el gozo del perdón!”
Debemos recuperar el valor de la reconciliación, celebrándola como “Sacramento de alegría”.

2.    El amor cancela el miedo y el amor de Dios no es vencido por ningún delito, ni se retrae por ningún pecado.

3.    La identidad cristiana debe tener una fuerte carga Pascual, alegre, de triunfo; con la fuerza de la Resurrección de Cristo.

4.    La conversión del hermano es la esperanza fundamental de la Iglesia y de Dios.
“Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”.(Rm 5,8)

5.    “Es humano cometer pecados, es diabólico persistir en ellos, es cristiano odiarlos y es divino abandonarlos”. (Friederich Logan)

6.    Las parábolas de la misericordia son una invitación para todos, nadie debe sentirse excluido de la misericordia y del perdón de Dios.

¡Todos estamos invitados a la fiesta del perdón de Dios!

Amén.

Mérida, Yucatán, 11 de septiembre de 2016

† Emilio Carlos BerlieBelaunzarán
Arzobispo Emérito de Yucatán

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