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El 14 de septiembre de 1988, a las 4 de la tarde, salí apresuradamente de mi casa, la de mis padres, para comprar pilas. La mayoría de las tiendas estaban cerradas, pero encontré una abierta. Era un establecimiento bastante precario, incluso para los estándares de la época, por lo que entre sin demasiadas esperanzas. Me encontré con Carlos, compañero de la escuela de antropología, que también había salido a hacer compras impostergables. Lo primero que comentamos fue que el tal huracán Gilberto con el que nos venían asustando había resultado un fraude. Sí, estaba lloviendo y había sus vientos, pero nada de otro mundo. En fin, que la ciudad estaba hecha bolas gratuitamente y que, bueno, de cualquier manera no sobrarían ni las velas ni las pilas, que por cierto sí había, porque la luz igual se iba regularmente.

Cuatro horas después -cuando a mi madre, mi padre y a mí nos hacían falta seis brazos más para contener la furia del agua y el viento, que lo mismo abrían de golpe las ventanas, que derribaban los añejos árboles del patio, que hacían llover, por el techo, dentro de mi cuarto-, no pude dejar de sonreír ante la ingenuidad de aquellos chamacos que se reían de lo que no había llegado. Al parecer el huracán había dado todo lo que su publicidad ofrecía, el encima y hasta el pilón (para los huaches, que ya eran un lote). La ciudad, espantada la víspera, amaneció vapuleada. Quienes lo vivimos ya no lo olvidaríamos.

La vida, que es una pedagoga anticuada hasta la crueldad, pero sin duda eficaz, nos repite la lección. Los pronósticos de los epidemiólogos, tan despreciados por los muchos que suponen que a las universidades se va a entretenerse para evadir el trabajo, tienen poco margen de negociación. Es verdad que los tiempos pueden variar, que los contagios pueden ser más o menos acelerados, o que algunas medidas de contención sean menos efectivas que otras, pero la ineludible realidad es que muchísimas personas se infectarán de Covid, y demasiadas morirán. Ya lo están haciendo.

Este encierro, que ya rebasa el mes, parece a ratos inútil. Allá afuera no parece ocurrir demasiado y en muchos lugares, como en ésta, la Mérida de los blancos, los hospitales aún tienen capacidad para recibir enfermos, y las funerarias para sepultar o cremar cuerpos. Los vientos del coronavirus apenas empiezan a soplar, y el muchacho que más de cuatro llevarán dentro toda su vida sigue pensando que el león no es tan fiero como lo pintan, que acá no pasará nada grave. Se les puede ver saliendo a la calle pudiendo evitarlo, o eludiendo las medidas de precaución, cuando sí están obligados a salir.

La lección sin duda será aprendida, pero esta vez costará bastante más que vidrios rotos, árboles caídos e instalaciones eléctricas dañadas. Y ciertamente quienes la sobrevivan ya tampoco la olvidarán.

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