28 de Abril de 2017

México

La costumbre de vivir con el olor a muerte

MÉXICO, DF.- Gonzalo Monroy cremador en el Panteón Civil de Dolores, ha colaborado en las 12 mil 130 incineraciones que se tienen registradas este año.

Las historias de Gonzalo Monroy huelen a tacos al pastor, porque dice es el mismo olor que despiden los cuerpos mientras son incinerados. (Milenio)
Alejandro Madrigal/Milenio
MÉXICO, DF.- La muerte para Gonzalo Monroy es normal y algo que toca todos los días como cremador en el Panteón Civil de Dolores, el más grande de América Latina, ubicado en avenida Constituyentes, delegación Miguel Hidalgo.

Sus historias huelen a tacos al pastor, porque dice es el mismo olor que despiden los cuerpos mientras son incinerados, y que desde hace 26 años los ha eliminado de su dieta porque el jugo que desprende la carne en el trompo de una taquería es similar al que escurre del cuerpo humano dentro de un horno a mil 800 grados.

Gonzalo ha colaborado en las 12 mil 130 cremaciones que se tienen registradas este año, contra 13 mil 972 inhumaciones o entierros, de acuerdo con la Consejería Jurídica del Distrito Federal.

En las películas dicen que los cremadores son vegetarianos, pero él no lo cree así, come de todo, de hecho la carne asada es uno de los platillos que más disfruta, "lo único que ya no como, desde que estoy en el horno, son los tacos de pastor".

 

Se drogan para aguantar

 

El trabajo de un cremador u hornero es de los más difíciles y pocos aceptan llegar a esos lugares calurosos, silenciosos y protagonistas de las historias de terror, aunque la tendencia dice que 46 por ciento de las personas se inclinan por cremar a sus familiares: "La verdad, la verdad, se necesita tener muchos güevos y aparte hay mucha gente que se droga para aguantar, porque luego llegan cuerpos descompuestos".

Pese a ello, Gonzalo ya le tomó cariño al horno, "si me mandan a otro lado, como que no me hallo", dice orgulloso.

El cremador del pueblo de Santa Úrsula, del que es originario, tiene 56 años y siete hijos, curiosamente ninguno de ellos quiere heredar su plaza en el Sindicato Único de Trabajadores del Gobierno del Distrito Federal, por tratarse de trabajar en el horno y estar en contacto con cadáveres.

"No la quieren, se espantan, dicen que tienen miedo. Cuando hay oportunidad de meter gente, les digo pero no quieren, tienen miedo. Les comento que se las heredo a cualquiera de ellos, pero no se vendrían para acá, se irían a otro lado, dicen", explicó.

Desde que comenzó a trabajar en el panteón, Gonzalo realizaba hasta 20 cremaciones por día, "pero hasta hace ocho años bajó la producción", porque ahora su récord es de siete diarios, pero en su registro mental dice que ha visto el rostro de miles de personas antes de entrar a ese espacio de tres metros y que los convierte en cenizas.

De acuerdo con la Consejería Jurídica del GDF, en los 97 cementerios vecinales y delegacionales, entre ellos el Panteón Dolores, se han realizado 11 mil 172 inhumaciones, mientras que en los 14 concesionados la cifra llega a 6 mil 370 cremaciones.

Por sus manos han pasado desde luchadores de sumo de más de 140 kilogramos, hasta fetos: "He incinerado a muchos, a miles de cuerpos, grandes, chicos, hombres, mujeres, niños, niñas hasta fetitos; uno como sea ya vivió, pero los niños apenas, y eso sí me da cosa".

A Gonzalo no le dan miedo los muertos, mucho menos las historias de fantasmas, a lo único que le teme es a los perros y a contagiarse de alguna enfermedad por falta de medidas e instrumentos de seguridad: "Al principio sí tenía miedo, temor de una infección, pero con el tiempo me fui acostumbrando...".

Ya tiene bien detectados a los que mueren por sida y por hepatitis.

"Los de hepatitis están muy amarillos y los cuerpos que mueren por sida llegan muy delgados y secos".

Sepulturero

Gonzalo Monroy llegó a pedir trabajo al Panteón Dolores un año después del terremoto de 1985. Inmediatamente se quedó con él por la cantidad de trabajo que se acumuló en ese lugar de 240 hectáreas. Comenzó como sepulturero y, aunque no estuvo muy de acuerdo, dos años después lo mandaron al horno, en el que ha permanecido poco más de la mitad de su vida.

Todos los días al terminar su labor Gonzalo acostumbra bañarse, porque hace tiempo su esposa no le permitía acostarse a su lado y mucho menos cargar a los bebés. Durante 23 años tomó sus duchas con agua fría porque no se contaba con calentador, pese a estar expuestos a altas temperaturas del lugar.

"Tengo que cambiarme porque hay cuerpos que huelen muy mal y la ropa se queda impregnada. Aquí la lavamos para que no vaya a llevar algo malo a casa", refirió.

Para que un cuerpo llegue a su última cita en el horno del Panteón Dolores, primero el ataúd tiene que cruzar la Rotonda de las Personas Ilustres, después llegar a la campilla y bajar un piso para ser colocado en una camilla forrada con cartón, la cual entra al horno como una charola. Tienen que pasar de 60 minutos hasta dos horas, dependiendo la estructura ósea, para que el cuerpo quede reducido a cenizas y después algunas partes sólidas son trituradas para posteriormente guardarse en una urna; el peso llega a ser de dos kilogramos.

Gonzalo se ha acostumbrado a la muerte, piensa en ella y en el olor de su cuerpo a la hora de estar en la plancha, por lo que, dice, si llega a morir trabajando en los hornos del Panteón Dolores, "aquí mismo quiero que me incineren".

am/dua

 

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