27 de Junio de 2017

Opinión

Ahí viene el 8 de marzo, ¿hay algo que celebrar?

La emblemática rosa que suele repartirse en conmemoración del Día de la Mujer esconde tras un tono comercial de festejo una frustrante y triste realidad...

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La emblemática rosa que suele repartirse en conmemoración del Día de la Mujer esconde tras un tono comercial de festejo una frustrante y triste realidad. A pesar de los indudables logros que se observan en la conquista de los derechos de las mujeres, la equidad de género sigue siendo todavía un sueño lejano. 

Este próximo 8 de marzo se celebra dicho día y durante mucho tiempo se ha hablado que si la igualdad de derechos, que si las oportunidades son menos, etc., etc., pero nunca se ha hecho hincapié que jamás se podrá ser iguales y que es justo en esas diferencias donde se debe ser felices. 

La celebración del 8 de marzo nació en 1911, con el ánimo de exigir y reconocer la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres, atendiendo a las diferencias civiles, políticas, laborales y sociales que han gravitado en los últimos siglos. La fecha ha cobrado paulatina fuerza, desde un ánimo de reivindicación coherente con el espíritu democrático de nuestra actualidad. Lo que se ha consolidado es, sobre todo, un discurso sobre los derechos de las mujeres y una conciencia social sobre lo que resulta, hasta ahora, ser políticamente correcto. Pero tal vez, la declaración discursiva y consciente no ha llegado al nivel del subconsciente. Y así, la promoción de la mujer como un sujeto de plenos derechos parece quedarse, tal como esta celebración, aún en la pancarta. 

Los esfuerzos explícitos son necesarios, pero sin olvidar, quizás, que aquello que se busca en última instancia, es que el cambio se produzca a nivel de la vida cotidiana y de la cultura social. Cuando no haya que forzar políticas de paridad ni destacar como algo extraordinario que una mujer alcance un cargo o reconocimiento por su género. Cuando no sea relevante que la persona sea hombre o mujer. Porque lo que deberíamos perseguir no es la igualdad, sino la equidad: las mismas oportunidades y respeto bajo el solo reconocimiento de los méritos, capacidades y compromisos individuales de la persona. 

Prácticamente en todo el mundo las mujeres ganan menos que los hombres. En Francia 27 por ciento menos y en Inglaterra 15 por ciento menos. En Yemen la mitad de las niñas se han tenido que casar antes de los 18 años y el 14 por ciento antes de los 15. En Irán, donde las mujeres necesitan de la aprobación de un apoderado hombre para casarse y salir del país, las candidatas a la presidencia fueron descalificadas en su totalidad en las últimas elecciones. 

Definitivamente Ruanda es el mejor lugar para desarrollar una carrera política si eres mujer. Allí las mujeres son mayoría en el parlamento. Tienen 45 de los 80 asientos disponibles. Por si aun pensamos que hay que celebrar algo ese día les comento que cinco millones de niñas son sometidas anualmente en el mundo a la amputación de su clítoris. En menos de una docena de puntos del mundo Somalia, Irán, Sudán, el norte de Nigeria, Pakistán, Afganistán, Emiratos Árabes, Arabia Saudita y una provincia de Indonesia siguen invocando hoy en día las interpretaciones más estrictas de la ley islámica. Esta condena a muerte a pedradas a aquellas mujeres a las que se les acuse de tener relaciones extramatrimoniales. Aún incluso si fueron violadas, se cava un agujero en la tierra, se introduce a la mujer, se tapa de tierra nuevamente quedando solo la cabeza de fuera y se le arrojan pedradas. No hay escapatoria. Y en nuestro México matan a siete mujeres diarias; la mayoría sólo por el hecho de ser mujeres. 

Hay que reconocer que se ha avanzado, no como quisiéramos y especialmente en el ámbito público: Nos falta camino por recorrer en la participación de las mujeres en la dirección de los asuntos públicos y por ello es necesario recordarlo y llamar a las mujeres a atreverse a participar. Debemos contribuir a disminuir la brecha entre hombres y mujeres que nos ha acompañado por siglos. Los espacios que se disputan (hombres y mujeres) son mucho más grandes que los espacios que se comparten, cada espacio compartido es sumergido por la conflictividad, por esa aparente necedad de desvirtuar la posibilidad de construir juntos, piel con piel, un mundo de posibilidades para los dos “géneros”. 

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