Decir ¡ADIÓS!... es parte de la vida

Decir adiós es parte inherente de la vida. Cada adiós causa dolor. A mayor separación, más profunda la pena, cuánto mayor la pérdida, más doloroso será el vacío que deja.

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En lo profundo de nuestro ser, sabemos que TODO nos fue prestado por un tiempo: vida, personas y bienes.- Harold S. Kushner, matemático, escritor y rabino

Decir adiós es parte inherente de la vida. Cada adiós causa dolor. A mayor separación, más profunda la pena, cuánto mayor la pérdida, más doloroso será el vacío que deja. Algunas personas sentimos el dolor más que otras. Mucho tiene que ver la propia historia, la filosofía de vida y nuestra fe en Dios. Quienes pertenecen a familias donde se ignora el dolor de la pérdida, se cubre con el silencio y no se permite tomar consciencia de lo intensa que es la pérdida, el dolor se queda adentro del ser.

La negación de vivir el duelo, hará estragos en diversos aspectos de la vida.  

El dolor más profundo del ser humano es la pérdida. Puede ser por la muerte de la pareja, un hij@, los padres, etc., puede ser la pérdida del amor por la “muerte” del amor. Igualmente el adiós a la vida productiva y a la autosuficiencia por algún accidente. También la pérdida del empleo, por conveniencia de la empresa a la que se le dedicaron muchos años de vida. 

Los sentimientos dolorosos que acompañan el proceso de asimilar y aceptar la pérdida se dan en todo nuestro ser: físico, mental, emocional y espiritual. Se presentan emociones de hostilidad o de intensa ansiedad, ataques de llanto, inquietud, miedos, falta de concentración, de interés y entusiasmo porque nos sentimos desorientados y fragmentados. Es muy difícil tratar de vivir durante los periodos de grandes pérdidas. 

El dolor y la sensación de estar herido en lo más profundo disminuyen gradualmente, sólo con el tiempo. La manera de reaccionar ante el dolor de la pérdida puede ser con rabia y amargura o siendo estoicos sin expresar el dolor que atenaza. Es importante tener presente que para encontrar más pronto el camino para volver a vivir se puede aceptar y aprender del dolor descubriendo un significado más profundo a la existencia; se puede aprender a ser más empáticos con quienes sufren y a consolar con un abrazo cálido y comprensivo; se puede sentir la fuerza y presencia de Dios que acompaña y sostiene en las grandes tormentas de la vida y permitir que los vacíos interiores se llenen de sabiduría, amor, ternura y comprensión. ¡Ojalá que así sea cuando el dolor del “adiós” se haga presente en nuestras vidas! 

¡Ánimo! hay que aprender a vivir.

Josefina Centeno de R. Valenzuela
Psicóloga, terapeuta.
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