Por la familia

El más grave riesgo para la salud de la institución familiar en México es la discriminación de la mujer.

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Es verdad que la familia es base fundamental de la sociedad. Es verdad que la familia se ve hoy amenazada. Es verdad que corresponde a la sociedad proteger a la familia. Por eso me parece no sólo correcto sino importante que diversas organizaciones sociales y religiosas, así como personas en lo particular, se esfuercen en despertar preocupación y atención general sobre esta urgencia; y me parece parte de la mejor dinámica de la democracia que dejen sentir su peso en el terreno de la política. Es por eso que el día de hoy me permito esbozar algunas ideas de lo que me parece crítico resolver como nación para procurar familias plenas, íntegras y solidarias.

El más grave riesgo para la salud de la institución familiar en México es la discriminación de la mujer. La convicción, extendida de forma escalofriante tanto entre hombres como entre mujeres, de que éstas son sustancialmente inferiores a aquéllos, con menos capacidades intelectuales, físicas, morales, de raciocinio y de desempeño. La debida consecuencia de estas premisas es la marginación, o de plano la exclusión, de las mujeres de las decisiones familiares, de la administración del dinero y de la educación escolar; sin detrimento de su sistemática subordinación en la vida cotidiana, en la realización de tareas domésticas, y la diferenciación de libertades personales en relación con los varones. La violencia machista es un corolario de estas creencias.

La familia resulta también gravemente dañada por el maltrato infantil, destacándose la pederastia, sea por parte de integrantes de la propia familia (generalmente hombres) o externos a ella (desde parientes hasta figuras de autoridad de distinto tipo; maestros, entrenadores, sacerdotes). Es necesario lograr que México deje de ser santuario de violadores de niñas y niños.
El efecto de la denigración del trabajo asalariado es devastador para el bienestar familiar. Los sueldos de miseria, la privación de seguridad social, la necesidad de tener más de un trabajo, en las condiciones de precariedad que sean, imposibilitan la sana convivencia entre sus integrantes, por falta de tiempo, de dinero o de fuerza física y emocional. La feudalización de las relaciones laborales, donde quien paga un sueldo injusto se siente con derecho al abuso y al acoso laboral, que alcanza niveles de violencia física y sexual, corroe el fondo de la vida familiar.

Otro elemento nocivo es la discriminación, sea por motivos económicos, raciales, religiosos o de preferencia sexual. La lógica desde la cual no todos los seres humanos y los distinto tipos de familia que forman merecen el mismo respeto y los mismos derechos afecta la capacidad de integración social de los niños, dañando con ello a las familias. En una sociedad que discrimina, la plenitud familiar es sólo una fantasía.

La defensa de la familia es tarea de todos. Mal haría la izquierda, partidista y no, en permitir que en el debate público esta lucha se identifique con las exigencias antediluvianas de discriminación a los homosexuales levantadas por la derecha. Sólo en un mundo justo y equitativo pueden las familias crecer en plenitud y libertad.

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