27 de Julio de 2017

Opinión

'La inteligencia del corazón'

Tenemos que aprender a conocernos y a escucharnos. Creemos que sabemos hacerlo, pero en sí, sabemos mucho pero no aplicamos lo que sabemos.

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El destino que Dios nos tiene reservado está escrito en un lugar cercano y seguro: nuestro interior. Para encontrar allí nuestro verdadero yo, nos hará falta desarrollar “la inteligencia del corazón”, para lo cual tenemos que tener valentía, honestidad y perseverancia.

Tenemos que desarrollar la capacidad que nos enseña a des identificarnos de nuestras emociones, nuestros pensamientos, y nuestros instintos corporales, y a identificarnos con nuestro verdadero yo; es lo que se ha llamado la inteligencia del corazón. Aquella inteligencia que empezamos a usar cuando decidimos aprender a amar. ¿Qué encontramos en el corazón sino amor?

Para usar nuestra inteligencia del corazón es necesario, como primer paso, desarrollar nuestra inteligencia emocional. Debemos de aprender a reconocer nuestras emociones, entenderlas y aceptarlas. También debemos de aprender a ser propietarios de nuestros pensamientos, así como de nuestros deseos e instintos corporales.

La inteligencia del corazón nos servirá para ser propietarios de nosotros mismos, para que sea el amor el que guíe nuestras vidas y nos conduzca a nuestro verdadero destino.

Cuando aprendamos a escuchar la voz de Dios, que es la voz del amor, esa que está en nuestro interior, no encontraremos en ella miedo, desconfianza o desesperación, sino aceptación, comprensión, confianza, gratitud, generosidad...¡encontraremos el amor!

Tenemos que aprender a conocernos y a escucharnos. Creemos que sabemos hacerlo, pero en sí, sabemos mucho pero no aplicamos lo que sabemos. Vivimos atrapados en el odio, el miedo y en la frustración, porque no nos conocemos. 

El hombre es un gran desconocido para sí mismo y para los demás. Porque no se conoce, no es feliz. Porque no conoce a los demás, no puede hacerlos felices. Porque no conoce a Dios ni al mundo, no puede sentir el gozo de su plenitud humana. Y este desconocimiento lo hace objeto de sentimientos encontrados que le producen angustia, aburrimiento y aridez.

El autoconocimiento es una disciplina que requiere de una práctica constante, para que una vez aprendida nazca en nosotros la capacidad de escuchar a nuestro corazón en forma natural, autentica y verdadera.

Hay que aprender a conectarnos con el ser que habita dentro de nosotros, con el verdadero “yo” que conoce nuestro destino. Es la presencia y la voz de Dios dormida en nuestro interior, ya que el ruido y las distracciones no permiten que la escuchemos.

Aprender a amar es un proceso, igual que aprender a escribir o tocar el piano, y en el necesitamos escuchar la voz de Dios, y aliarnos con nuestra voluntad, y después cuando ya hayamos aprendido, podremos dejar que el amor fluya con naturalidad. La frase de Confucio es certera: “Adonde quiera que vayas, ve con tu corazón”.

Con la práctica podemos hacer de nuestro corazón un depósito del amor de Dios, y poner nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras acciones, a nuestro servicio en ser mejores, y ser portadores del amor de Dios e infundirlo en nuestros semejantes.

Cuando logremos esta meta será difícil que nazca en nosotros el egoísmo, el rencor o la envidia, y encontraremos bondad, amor y alegría en nuestra vida. Bien decía Aristóteles: “Sólo haciendo el bien se puede ser realmente feliz”. 

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