Por Rafael R. Deustúa

Setenta años después de terminar seguimos viendo historias de la Segunda Guerra Mundial por dos razones: los nazis son villanos ideales para lo que sea y fué el conflicto que dio forma al mundo tal como lo conocemos. Sin embargo casi todas las películas son protagonizadas por soldados, “Las horas más oscuras” se centra en lo que ocurría en los oscuros pasillos de la política.

En 1940, al tiempo que Alemania invadía Francia, el primer ministro inglés Lord Chamberlain es destituido por sus pocas aptitudes para la guerra y en su lugar colocan a Winston Churchill, enemigo declarado de Hitler y el único al que la oposición acepta. El hombre es una polémica personalidad que debe decidir si luchar o pactar con Alemania; ahí se decidió mucho de la historia que formó nuestro presente.

“Las horas más oscuras” no pretende dar ninguna sorpresa respecto a la historia conocida de Churchill, tanto como ofrecer una introspección acerca de sus dudas y pensamientos, además de las intrigas políticas de entonces. El retrato de Churchill que hace Anthony McCarten es certero y contiene también la emotividad con la que pintó a Stephen Hawking en “La teoría del todo”; escenas que permiten al actor Gary Oldman un trabajo genial.

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El vínculo entre Oldman y McCarten es Joe Wright (“Ana Karenina”, “Orgullo y Prejuicio”), quién juega con los movimientos de cámara y escenografías para crear su característico dinamismo visual. Sin embargo rompe con sus largas tomas para permitir acercamientos que destacan la extraordinaria interpretación de Oldman, aún debajo de un muy buen maquillaje.

Para hacer tomas de cámara continuas que pasan de una habitación a otra se requiere de un extraordinario equipo de dirección artística y Wright lo tenía. Son indistinguibles los escenarios reales de los recreados en estudio y la paleta de colores entre unos y otros es armónica, lo cual es algo muy difícil de conseguir y logro del cinematógrafo Bruno Delbonnel. El vestuario es también extraordinario.

Todos esos elementos enmarcan y resaltan el trabajo de Gary Oldman, conocido por sus inmersivas y apasionadas interpretaciones. En esta ocasión sabe moderarse a la perfección para dar con el tono exacto para cada escena y que uno se olvide de que ve a un actor. Kristin Scott Thomas brinda un buen balance a su personaje y el resto del reparto cumple bien con sus roles.