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Ciudad de México.- El terremoto del 7 de septiembre de 2017 ha sido en términos habitacionales, en extensión y número de construcciones afectadas, el más destructivo de los últimos 100 años en México.

Fue un sismo inusualmente largo. De tres minutos. En 180 segundos ocurrió un movimiento suficientemente potente para cimbrar parte del sureste y el centro del país, y para generar una alerta de tsunami en toda la costa del Pacífico, de México hasta Ecuador.

El sismo del 7 de septiembre, 8.2 grados, fue equivalente a la explosión de dos bombas atómicas a 58 kilómetros de profundidad.

Decenas de miles viviendas de autoconstrucción, de ladrillo y adobe sin cimientos ni varillas correctamente colocadas, cayeron. Más de 100 mil familias quedaron afectadas, mitad en la calle y sin patrimonio. Y faltaban sólo 12 días para el otro terremoto, el del 19 de septiembre en la Ciudad de México.

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Mañana, un año ya del inicio de un año complejo en términos de reconstrucción y protección civil. Un año de un capítulo de desesperación y enojo, solidaridad y exigencia. Un capítulo de enorme esfuerzo técnico para levantar la economía, la vida y la dignidad de en las regiones de sierra, istmo y la costa de los estados de Oaxaca y Chiapas.

El sismo del 7 de septiembre de 2017 provocó en Oaxaca daños totales en 26 811 viviendas y daños parciales en 36 411 viviendas.

¿Los municipios más afectados? Juchitán, Asunción Ixtaltepec, Ixtepec, Unión Hidalgo, Tehuantepec, Reforma de Pineda, e Ixhuatan.

En Chiapas se registraron daños totales en 14 009 construcciones y daños parciales en 32 mil 537 construcciones.

¿Los municipios más afectados en Chiapas? Cintalapa, Jiquipilas, Arriaga, Tonalá y Villaflores.

En un año, el gobierno federal ha entregado recursos por 5, 217 millones de pesos para la reconstrucción de viviendas mediante tarjetas individualizadas de Bansefi.

En algunos casos, los censos de viviendas y familias afectadas no concluyeron correctamente por omisiones de la autoridad municipal o estatal, que llegaron el primer día y no volvieron más a realizar la efectiva identificación de las casas y sus propietarios.

En muchos casos los retrasos se debieron al cambio de nombre de los beneficiarios porque los verdaderos propietarios de las viviendas no se encontraban en la población, eran migrantes o trabajadores eventuales en otros estados. Muchísimos funcionarios con buena disposición se vieron con manos atadas ante regulaciones que les permitían trabajar con ciertos recursos sólo 30 días. Les obligaban a hacer censos en sólo 10 días sin personal suficiente o les imponían una serie de caminos administrativos que retrasaban los apoyos.

La magnitud del daño ha sido tal que sólo en remoción de escombros durante los primeros 30 días se invirtieron 330 millones de pesos. En el retiro de los primeros 770 mil metros cúbicos de piedras, varillas, lodo. La vida completa de toda esta región.

En 2017, la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, en coordinación con 16 ciudades, publicó el perfil de resiliencia urbana que contempla la capacidad para recuperar la vida en una ciudad en el menor tiempo posible derivado de un fenómeno natural o social.

-Recursos disponibles para atender a la población afectada.

-Capacidad hospitalaria

-Capacidad de movilidad para una posible evacuación. Eso incluye:

Un censo de vehículos de transporte público y privado del que se pueda disponer.

Un censo de vehículos de emergencia y seguridad pública.

Un censo de maquinaria pesada disponible, pública y privada.

Un protocolo de acciones inmediatas y acciones a mediano plazo para dotar de servicios a la población afectada.

Al menos 400 ciudades grandes, medianas y pequeñas necesitarían tener un protocolo así, una hoja de ruta donde están los rescatistas capacitados, la maquinaria, las vías para evacuar, los albergues.

En voz de sus pobladores, los rescatistas, los elementos de Ejército y Marina, los oficiales de protección civil, los albañiles, los dolientes, la experiencia de lo que ocurrió hace un año deja una herida, pero una lección de lucha por la reconstrucción y la supervivencia en la que primero, primero, está puesta la magia del istmo, un sitio sin el que México no es México.