Rafael R. Deustúa

Hay filmes que dan una satisfacción inmediata, sales emocionado de la sala de cine, aunque 20 minutos después ya no recuerdes la mitad de la trama ni te importe -sería como memorizar las curvas de una montaña rusa-.

Otros filmes, como “La forma del agua”, salen de la sala contigo, te siguen y te descubres pensando en ellos mucho tiempo después.

Una intendente de un laboratorio secreto de investigación, durante la Guerra Fría, atestigua la llegada de una extraña criatura, un humanoide anfibio capturado en Sudamérica, donde tribus salvajes le adoraban cual dios. Mientras Estados Unidos y espías rusos tratan de averiguar todo lo que puedan de él, ella es quién logra comunicarse.

El reto más obvio de “La forma del agua” es su tema central: el romance de una chica y un pez, sin embargo, sus guionistas, Guillermo del Toro y Vanessa Taylor, lograron balancear la historia para abordar el tema de forma que no pareciera un chiste. Para ello establecen paralelismos a esa relación con otras que los humanos tenemos, que muestran al mismo tiempo y validan a la historia central.

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Además, Del Toro pone pausa a nuestra incredulidad para que nos dejemos llevar por la historia y no la cuestionemos, al menos mientras dura la cinta. Para lograrlo tiene a Sally Hawkins, la protagonista, quien posee un carisma extraordinario gracias al cual simpatizamos de inmediato con ella.

Como contraparte hay un villano muy parecido a Vidal de “El laberinto del fauno”, un hombre estricto al extremo y de mente rígida, alejado de sentimientos, interpretado magistralmente por Michael Shannon.

Del Toro plantea un mundo aséptico y rígido que es el de “los malos”, y otro orgánico para “los buenos”, así que pronto estamos siguiendo la historia sin cuestionarla. La cinta tiene más lecturas, pero esas se perciben hasta que saboreamos la película en la memoria.

El diseño de producción es también extraordinario, con paletas de color establecidas para cada set, en consonancia de lo que ocurre en cada lugar. Existen diversos efectos especiales, algunos mecánicos y otros digitales, pero prácticamente pasan desapercibidos, pues sólo se integran a la narrativa.

La música de Alexandre Desplat, omnipresente en la cinta, da un aire juguetón, de cuento de hadas, al filme (recuerda a “Amelie”).

No extrañan los premios que está ganado Del Toro, ningún elemento de “La forma del agua” puede eliminarse sin afectar su calidad, no le falta ni le sobra nada y lo que hay está firmemente integrado.

No se la pierda.