22 de Julio de 2018

Deportes

Entrenó a campeones pero el boxeo no era su pasión

El exmánager recordado por forjar la carrera de Miguel Canto, y de otras estrellas del pugilismo, habló de su vida y sus pasiones.

Jesús Rivero cumple este tres de octubre 87 años de edad y fue elegido hace unos meses integrante del Salón de la  Fama del Deporte Yucateco. (Milenio Novedades)
Jesús Rivero cumple este tres de octubre 87 años de edad y fue elegido hace unos meses integrante del Salón de la Fama del Deporte Yucateco. (Milenio Novedades)
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William Sierra/ Milenio Novedades
MÉRIDA, Yucatán.- Aunque se le considera a nivel mundial como un mánager del boxeo en toda la extensión de la palabra, Jesús “Cholaín” Rivero no lo admite. Incluso, asegura que el pugilismo está lejos de la literatura, la filosofía y la historia, “que serán siempre mi pasión”.

“El boxeo me ha gustado y por eso hice estas cosas, pero en el trasfondo estuve dedicado a mis lecturas a la filosofía de la historia, esto implica conocimiento, de ciencia, literatura. Nunca me considere un manejador o entrenador profesional, que de eso viven, como Ignacio Beristaín, “Cuyo” Hernández, Pancho Rosales, Lupe Sánchez”. Lo único que hice fue compartir conocimientos”, enfatizó, el nombrado hace unos meses, integrante del Salón de la Fama del Deporte Yucateco.

Jesús Rivero admite que la literatura, filosofía e historia será siempre su pasión. De hecho, cuanto libro sobre esos temas caen en sus manos, los “devora” con avidez.

“Soy un apasionado de los libros, de la buena lectura, podría decirse que los devoro”, expresa don Jesús, quien cuenta con una colección de cientos de libros debidamente acomodados en la biblioteca de su hogar.

El buen hábito de la lectura, recuerda, lo desarrolló en su época de estudiante universitario, en la UNAM, donde primero estudió cinco años de Derecho, y después incursionó en la Facultad de Filosofía y Letras.

Un hombre de historia

Y es tal su pasión por los libros, que cada vez que menciona alguno, en especial de historia, sus ojos parecen adquirir un mayor brillo, “simplemente soy un apasionado de la histografía, que es la historia de la historia".

Sin poder ocultar ademanes y como viviendo esos momentos de la historia, tiene bien grabado en su mente, fechas, datos históricos, pasajes o estrofas de textos, de distintos autores, pues no está cerrado alguno en particular, pues así como le agrada William Shakespeare, también Pablo Neruda. De hecho, señala que de cada escritor o personaje uno aprende algo.

El apodo de “Cholaín” surge en sus años de infancia por un amigo tartamudo que no podía decir bien “Chucho”, y pronunciaba “Chocho-cholaían”

“Me agrada reflexionar acerca de la historia de la humanidad y para ello es necesario conocer al ser humano. Hay que saber y entenderlo en cada una de las etapas de su vida, como su infancia, pubertad, madurez y vejez. Lo que hizo diferente al hombre del resto de los seres vivos fue su capacidad de aprender, de evolucionar por ello aquel que más se prepara mejor le va en la vida”, agrega.

Sin embargo, aunque él no lo quiere será más recordado por haber forjado la carrera del Miguel Canto, uno de los pugilistas más grandes de la historia del país, e igual a preparar a Oscar de La Hoya para enfrentar a Julio César Chávez.

“El box me gustaba, lo aprendí leyendo, estudiando y practicado. Cuando llegó el momento, simplemente transmití mis conocimientos, pero nunca quise pasar toda mi vida en ello, tenía otros intereses. Estudié dos carreras en la Ciudad de México. Me gustaba más el problema del conocimiento, la historia. Para mí, el box era un descanso y por eso cuando llegó el momento me retiré con Canto”.

Lo que vino después

Cuando menos 10 años estuvo retirado del boxeo, y pese a ello, en ese lapso, su amigo, el exagente internacional y miembro del Salón de la Fama del Boxeo Mundial, Rafael Mendoza, le pidió enseñar a figuras como Alexis Arguello, Gilberto Román y Alfonso Zamora. A todos estos excampeones rechazó.

“Rechacé estas ofertas, pues estaba dedicado a estudiar, a leer mis cosas de historia, hasta que después de tanto insistirle, Mendoza me convenció para que preparé a Humberto “La Chiquita” González, quien venía de ser noqueado por Michael Carvajal. Mi misión era que recupere el campeonato y me fui unos meses a prepararlo y lo logró.

Lograda la encomienda, volvió a su pasión, los libros, pero una vez más Mendoza fue a verlo paraque se haga cargo a De La Hoya. Al principio no quería, pero fue convencido.

“Vi que tenía muchas fallas, pero era muy inteligente, rápido aprendía. Traía muchos vicios del boxeo amateur, y había que quitárselos. Por ejemplo, esa defensiva de ponerse las manos juntas y cubrirse, como lo hacen la mayoría de los boxeadores, es una defensa primitiva. No saben quitarse un golpe. En el amateurismo es sólo tirar, el que lanza más golpes gana. La gente que manejaba a De La Hoya querían hacerlo un ídolo en California ganándole a Chávez, para eso me hablaron. Les dije que para cambiarle esos hábitos y dejarlo listo para una pela ante Julio César necesitaba al menos un año". 

A sus 86 años asegura haber hecho la mayoría de las cosas que ha querido: fue nadador, basquetbolista, futbolista, beisbolista y boxeador.

Cholaín no se quedó un año sino dos con el llamado “Golden Boy”, lapso en el que éste mejoró su defensiva, y logró triunfos ante peleadores de la talla de Rafael Ruelas y Pernel Whitaker

Después De La Hoya se volvió a retirar, pero la historia se repitió y lo llevaron a que enseñe a Oscar “Chololo” Larios, considerado luego como uno de los máximos campeones mundiales jaliscienses, Ahí conoció a Ulises “Archi” Solís y le pidió que no se retire, que lo enseñe. Lo hizo y terminó por ser campeón.

En sus años mosos sostuvo varias peleas como amateur, en la división mosca, y de ahí se fue al Distrito Federal para terminar la preparatoria, y en la Facultad, en la UNAM, combinó el estudio y el boxeo. Sólo peleó cinco veces, pues su padre Jesús Rivero Acevedo lo retachó a Mérida ya que pensó que se dedicaría a pelear y lo puso al cuidado de una finca henequenera que tenía en Ticul, donde se la pasaba a gusto con los trabajadores. Les hablaba de la Revolución Cubana, y ellos hacían que participara en sus ceremonias con los sacerdotes mayas.

Y muchos años después por azares del destino, ya de nuevo en Mérida, el papá de Guty Espadas lo fue a ver para que enseñe a boxear a su hijo, que entrenaba en un gimnasio improvisado en la Plaza Mérida, pero eso no se concretó al ver que Edilberto “Beto” Rivero estaba con él. En cambió ahí encontró a Miguel Canto con quien hizo una de las mejores mancuernas del arte de la fistiana en el mundo.

 

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