17 de Diciembre de 2017

Deportes

El portero, la posición más 'ingrata' del futbol

Los guardametas están siempre presentas para proteger el marco, pero un error puede hundirlos en el olvido.

El portero es una posición muy diferente a las del resto de los futbolistas. Así lo sabía el escritor uruguayo  Eduardo Galeano. (Archivo AP)
El portero es una posición muy diferente a las del resto de los futbolistas. Así lo sabía el escritor uruguayo Eduardo Galeano. (Archivo AP)
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Milenio Digital
CIUDAD DE MÉXICO.- Aquellos que eligen ser porteros, toman una decisión que los puede hacer brillar en un minuto y hundir al siguiente.

Eso lo tiene que tener muy en claro.

Ser portero es una de las posiciones más ingratas, pues un error se ve reflejado en el marcador y entonces cargar con el dolor de la derrota.  A diferencia de los defensas, medios y delanteros, estos últimos representan generalmente el lugar de las estrellas.  

En honor a ellos, los más amados y odiados, Eduardo Galeano escribió unas frases:

El arquero

También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped.

Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores.

Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace.

Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos.

Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.

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