16 de Diciembre de 2017

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Álvaro Carrillo, huella de un Andariego

Con más de 300 canciones, que fueron interpretadas por grandes artistas, el legado del autor oaxaqueño sigue vigente.

Álvaro Carillo con su guitarra, una imagen que ha perdurado con el paso de los años. (Imágenes Excelsior)
Álvaro Carillo con su guitarra, una imagen que ha perdurado con el paso de los años. (Imágenes Excelsior)
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Agencias
CIUDAD DE MÉXICO.- Alvaro Carrillo compuso sus últimas canciones en un rincón de su casa. Encendía su grabadora de cinta, agitaba las cuerdas de su guitarra, tarareaba sus letras y, poco a poco, las juntaba con las melodías. Ésa es la imagen que el cantante Mario Carrillo recuerda de su famoso padre.

Siempre traía historias en la mente y las anotaba en la palma de su mano, al final de sus cuadernos o en esos retazos de papel que nunca faltan. Su musa principal fue la mujer, el artista narró su historia en más de 300 canciones.

Luz de Luna surgió en una celda de la Escuela Nacional de Agricultura, donde el estudiante Álvaro Carrillo fue recluido por desacatar una petición del director. Sentado, con una profunda nostalgia, vio el fulgor de la Luna desde la ventana y de inmediato reparó en una muchacha que le había cautivado y que, por su arresto, no volvería a tratar, por ello, no dudó en musitarle: “Si ya no vuelves nunca, provincianita mía, a mi celda querida, que está triste y está fría, que al menos tu recuerdo ponga luz sobre mi bruma”.

En sus andanzas de bohemio se enamoró de una meretriz de la Casa de la Bandida, vivieron juntos y procrearon un bebé, pero el destino le arrebató la vida a éste porque su padre no llegó a tiempo con los medicamentos que lo librarían de una enfermedad. “Perdona mi tardanza te lo ruego”, le dijo con el vals El Andariego, “perdona al andariego que hoy te ofrece el corazón.

Conocido por temas como Sabor a mí, Se te olvida –que fue el primer tema musical de una telenovela en México–, Como se lleva un lunar, Sabrá Dios, Diariamente o Seguiré mi viaje, también realizó chilenas, huapangos, sones e hizo suyos distintos ritmos del cono sudamericano. Planeaba presentar una pieza sinfónica de nombre Noche en París.

La tarde del 3 de abril de 1969, el niño Mario Carrillo miró a su padre agonizar. Unas horas antes lo había acompañado –junto con su mamá, Ana María Incháustegui, y su hermano Álvaro– a la toma de posesión de Caritino Maldonado como gobernador de Guerrero. Al volver de Chilpancingo a la Ciudad de México, una camioneta tipo guayín se estrelló contra el auto en el que viajaban, un Falcon rojo de la marca Ford, en el kilómetro 11 de la autopista México-Cuernavaca. Él y su hermano, de 5 y 7 años de edad, respectivamente, sobrevivieron. A casi medio siglo de ese suceso, Carrillo no olvida cómo su padre se despidió con balbuceos de la vida, para dar origen a una leyenda.

Un humilde cancionero

Nació el 2 de diciembre de 1919 en San Juan Cacahuatepec, Oaxaca. A los ocho de edad se quedó huérfano de madre y padre, por lo que la segunda esposa de su progenitor, Teodora Alarcón, se hizo cargo de su sustento.

En los años 30 inició sus estudios en el Instituto Agrícola de Amuzgos, sin embargo, un virulento conflicto agrario propició que los continuara en la escuela normal rural de Ayotzinapa, en Guerrero.

Décadas después, a principios de 1969, el guerrillero Lucio Cabañas, formado, también, en ese centro, le pidió al ya reconocido compositor que asistiera a su escondite clandestino para cantarle. Su deseo se cumplió, convivieron durante una semana y como recuerdo el líder del Partido de los Pobres le obsequió un rifle y un machete con su autógrafo.

En 1940 comenzó la carrera de ingeniero agrónomo en la Escuela Nacional de Agricultura (Universidad Autónoma de Chapingo), la cual, pese a su régimen militarizado, marcó su despegue creativo, al surgir su primer tema: Celia.

Sus compañeros admiraban su dedicación al estudio y su don musical. Por ello, jamás dudaban en pedirle algún verso melódico para enamorar a la chica que les quitaba el sueño.

En Chapingo estudiaba de lunes a viernes y el fin de semana se convertía en trovador. Con su guitarra bajo el brazo y sin dinero en los bolsillos recorrió la Ciudad de México en busca de alguna oportunidad. Iba a restaurantes, teatros y centros nocturnos, como El barco de plata y La Casa de la Bandida, cuya dueña, Graciela Olmos, le daba de comer y lo instaba a explotar su talento. Ya titulado, repartió sus días entre su trabajo en la Comisión del Maíz y su andar de cancionero.

Una de esas noches de farra conoció al cantante Pepe Jara, conocido como El trovador solitario, quien a la postre, se convirtió en el mayor divulgador de su obra y en su intérprete más notable, pues, con su potente voz, popularizó, entre otras, El andariego y Se te olvida.

Fueron cómplices de muchas bohemias. Se hicieron amigos y, después, compadres. Llegaron a ser una pareja musical que, según la especialista Yolanda Moreno Rivas, “contribuyó a una nueva concepción del bolero”.

Para El trovador solitario, Carrillo era su “amor macho más grande” y en una entrevista con la revista Proceso en 1997 lo tildó de “tierno, llorón, romántico irredento”, pero con “un genio de los mil demonios por ser negro costeño (…) Cuando estaba cantando era el hombre más tierno que te puedas imaginar. Era feo como una cruda sin dinero, pero había que asomarse a su interior para comprenderlo, era bellísimo”.

Su canción Amor mío fue su pase de abordaje al éxito, pues con la grabación del trío Los Duendes en 1956 y un año después con la del chileno Lucho Gatica, decenas de intérpretes en México y el mundo incluyeron sus boleros dentro de su repertorio.

A finales de los años 50, una época marcada por la música de tríos, el humilde cancionero se oía con mayor frecuencia en la radio y en la aún naciente televisión. Cada vez fue más evidente relacionar a Olga Guillot, María Victoria, Linda Arce, Javier Solís, Pedro Vargas, Marco Antonio Muñiz, José José, Los Panchos, Los Tres Ases y Los Tres Reyes con la inspiración carrillista.

En 1960 su música ya le había dado la vuelta al mundo. En América Latina, Sabor a mí era la canción más popular. Yoshiro Hiroshi la hacía famosa en Japón. Frank Sinatra, Percy Faith y Carmen Cavallaro grababan en inglés Se te olvida bajo el nombre Yellow Days.

Y en México, la gente, el ciudadano de a pie, empezaba a relacionar los pasajes de su vida con las canciones del oaxaqueño, hasta que provocó su inmersión en la cultura popular.

Pasarán más de mil años...

El artista procreó con el amor de su vida, Ana María Incháustegui, cuatro hijos: Ena Marisa, Gina, Álvaro y Mario.

Es este último el que recuerda a un “padre apapachador”, a pesar de su imagen de “hombre grande, tosco y costeño”. “Nunca nos apartó de su lado, al contrario, nos sentaba en sus piernas para que lo viéramos trabajar, ese lado humano me gustaba mucho de él”. Cuando estaba en la Ciudad de México, añade, “nos llevaba a los juegos de beisbol, porque era aficionado de los Diablos, y al circo”.

Para el bolerista e investigador Rodrigo de la Cadena, Carrillo será “recordado por la maestría de su poética y su riqueza melódica; no era un músico de academia, pero tenía la facilidad de dotar a sus canciones de un mensaje sensitivo muy alto; su calidad humana es destacable, era sencillo y humilde, y esas cualidades lo hicieron aún más grande”.

“Quisiera que el gobierno de Oaxaca creara un gran festival en su honor, que lo reivindique como su hijo predilecto, en el que se promueva a nuevos compositores que sigan su estilo. Se debe seguir cantando su música por medio de nuevos intérpretes y que éstos, incluso, hagan reggaetones o experimenten con otros géneros para difundirla”, dice el dueño de La Cueva del Bolero.

La familia del autor de Un poco más revela a Excélsior que tiene la mira puesta en 2019, cuando se cumplirán cien años de su nacimiento y 50 de su muerte, y anhela que su pueblo natal sea llamado San Juan Cacahuatepec de Álvaro Carrillo y que las empresas disqueras se interesen por acrecentar su presencia en el mercado, ya que, actualmente, sólo circula el disco Álvaro Carrillo canta a Álvaro Carrillo y otras ediciones.

Si atendemos la filosofía del vals Dios nunca muere, de Macedonio Alcalá, ese que saca lágrimas, el cantor de la Costa Chica sigue presente entre la legión de bohemios, porque “todo aquel que llega a morir, empieza a vivir una eternidad”.

Canciones populares

Adiós a Chapingo
Amor mío (a su segunda hija)
Arrullo (a su primera hija, fallecida)
Barrio pobre
Cacahuatepec
Cada muchos años
Cáncer
Cancionero
Como se lleva un lunar
Como un lunar
Condénala
Criatura
De qué sirvió quererte
Diariamente
Dos horas
El andariego
Eso
Eso merece un trago
Grito
La amuzgueñita
La hierbabuena
Se te olvida
La señal
Luz de luna
Mi duda
Mujer oaxaqueña
No te vayas no
Orgullo
Pinotepa Nacional
Puedo fallar
Sabor a mí
Sabrá Dios
Seguiré mi viaje
Un minuto de amor
Un poco más
Un segundo después
Ya no estás
Ya vivimos
Yo después

(Información de Excelsior) 

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