15 de Diciembre de 2017

Entretenimiento

Bailan en la 'Casa de Sueños' para olvidar la pobreza

Algunas de las menores aún no saben leer y aprenden el arte por cortesía de un grupo de una iglesia local que también les ofrece comida.

En esta foto las niñas pobres participan en una clase de ballet del estudio "Casa de Sueños" en Crackland, uno de los barrios más duros en el centro de Sao Paulo, Brasil. (Agencias)
En esta foto las niñas pobres participan en una clase de ballet del estudio "Casa de Sueños" en Crackland, uno de los barrios más duros en el centro de Sao Paulo, Brasil. (Agencias)
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Agencias
SAO PAULO, Brasil.- Al otro lado del cruce elevado cubierto de pintadas y las vías del tren subterráneo, en un barrio pobre rodeado de rascacielos, Gabriela Aparecida, de 8 años, se acomoda el pelo rizado en un moño mientras espera por un aventón a su nueva actividad favorita: ballet. 

La delgada niña atraviesa la entrada hacia el sucio callejón para abrazar a la voluntaria de la iglesia que la llevará a su clase de baile.

Gabriela, quien creció entre comerciantes de drogas y adictos, aún tiene que aprender a leer. Pero ella y otras niñas de un duro barrio conocido como "cracolandia" aprenden el agraciado arte por cortesía de un grupo de una iglesia local que también les ofrece comida, asesoramiento y estudios bíblicos. 

La clase es parte de varios grupos en los que jóvenes bailarinas esperan llamar la atención de una respetada bailarina brasileña que recluta a docenas de niñas necesitadas para un taller anual.

Dos veces por semana, más de 20 niñas de entre 5 y 12 años se suben a una camioneta Volkswagen y viajan 10 minutos a su clase, donde se visten con mallas rosadas o negras y zapatillas de ballet donados por una tienda de artículos de danza.

En un día reciente, la instructora Joana Machado tocó una alegre melodía de flautas y piano. Sentadas en el piso, las niñas formaron un círculo con las piernas estiradas hacia adelante. Flexionaron los pies y estiraron los dedos hacia el piso, una y otra vez, mientras Machado corregía la forma de las más pequeñas.

El tiempo dedicado a la gracia y el control es muy distinto al que pasan en su día a día. Muchas son criadas por padres que están en recuperación o son adictos a las drogas, algunas viven con parientes vendedores de drogas o son abandonadas y albergadas por vecinos. Algunas experimentaron violencia.

Las niñas que crecen en favelas tienen más probabilidades de quedar embarazadas en la adolescencia, y el más reciente censo de 2010 halló que la tasa de analfabetismo era dos veces más alta en los barrios pobres que en otras áreas de Brasil.

"Vemos toda clase de historias aquí, desde niñas que no se han bañado en días, que no saben cómo cepillarse los dientes, que pasan todo el día encerradas en sus casas", dijo Machado, instructora y directora del proyecto. "Siempre me siento responsable por sus vidas, siempre me preocupa lo que pueda sucederles".

Las jóvenes bailarinas esperan llamar la atención de una respetada bailarina brasileña que recluta a docenas de niñas necesitadas para un taller anual

Machado acaba de abrir un estudio llamado "Casa de Sueños" en el vecindario, reubicando la clase de una zona más comercial de Sao Paulo. La misma Machado fue criada por una persona drogadicta, quien luego se recuperó, en el nororiental estado de Bahía.

La bailarina de ballet Priscilla Yokoi, cuyas presentaciones lallevaron a 15 países que incluyen Estados Unidos, visitó recientemente al grupo y eligió a cinco niñas para el taller anual en el que 150 niños de escasos recursos pueden tomar cuatro días de clases con bailarines extranjeros y presentarse en un espectáculo en octubre.

La escuela a la que va Gabriela no admite niños, pero otros grupos que visitó Yokoi sí.

Recientemente Yokoi visitó otro barrio miserable en Sao Paulo donde una audición en una cancha de basquetbol atrajo a unos 40 bailarines y decenas de curiosos. Algunas de las niñas que toman clases en un estudio local se sentaron en el piso de concreto mientras Yokoi buscaba los pies con las mejores puntas.

En el taller en Paulinia, una ciudad al norte de Sao Paulo, Yokoi lleva a especialistas en detectar buenos bailarines para la única escuela que opera el prestigiado Ballet Bolshoi fuera de Rusia. Yokoi dijo que quería ampliar esfuerzos como el de la escuela Bolshoi, que abrió en el 2000 en la ciudad sureña de Joinville y acepta sólo a unas pocas estudiantes cada año.

"La manera en la que veo el ballet en estos lugares necesitados es que le da a los niños esperanza. Hacen una audición, participan en un taller y están más motivados", dijo Yokoi. "Veo el proyecto como una ventana hacia lo que se puede convertir el ballet en Brasil si encontramos talento en estas comunidades".

Los rusos fueron los principales encargados en llevar el ballet clásico a Brasil en la década de 1920, cuando los bailarines comenzaron a migrar y establecieron compañías en ciudades como Río de Janeiro y Sao Paulo. La escuela Bolshoi en Brasil ha llevado al surgimiento de una nueva generación de bailarines brasileños, como Deise Mendonca, quien se presenta con la Compañía Estatal de Ballet Callejero en Santa Bárbara, California.

El padre de Mendonca era cartero y su madre estaba desempleada cuando su familia se mudó a Joinville para que pudiera unirse a la escuela Bolshoi con una beca.

"Sufríamos, no teníamos dinero", dijo Mendonca. "Pero eso cambia tu forma de pensar. Muchas puertas se abren para futuras oportunidades".

De regreso en el estudio en "cracolandia", algunas de las niñas hacen caras graciosas y ríen ante su reflejo en un gran espejo junto a la barra. El trabajo en la barra requiere más concentración, les dice la instructora Machado cuando flexionan las rodillas para hacer un "grand plie". Mantengan la barbilla y el pecho en alto, pero no demasiado, les dice. Que su espalda esté derecha, no jorobada.

"Uno cree que es fácil y parece fácil, pero no lo es, duele", les dice Machado a tres hermanas que se unieron al grupo este año.

Tras la clase las niñas vuelven a tomar la camioneta para regresar a casa. En la última parada, Sandra Alves, de 8 años, no quiere bajarse y esconde la cara entre sus rodillas. "Me imagino que no estoy aquí", dice.

Pero al final se tiene que ir. "Es una pesadilla, es una pesadilla", se va cantando mientras se desliza de un lado a otro y desaparece en un oscuro callejón.

(Con información de Associated Press)

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