24 de Septiembre de 2018

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Niños en Papantla heredan el espíritu volador de sus ancestros

En la Escuela de Niños Voladores, de Papantla de Olarte, en Veracruz, a los pequeños se les enseña totonaca y a preservar su cultura.

Hace ocho años se inauguró  la Escuela de Niños Voladores, en el Parque Takilhsukut, que recibe cerca de 65 niños y jóvenes que aspiran a seguir la tradición familiar. (Notimex)
Hace ocho años se inauguró la Escuela de Niños Voladores, en el Parque Takilhsukut, que recibe cerca de 65 niños y jóvenes que aspiran a seguir la tradición familiar. (Notimex)
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Agencias
PAPANTLA DE OLANTE, Veracruz.- Con apenas nueve años de edad, Héctor Hernández Pérez, quien hace tres ingresó a la Escuela de Niños Voladores, ya sabe cómo corre la adrenalina por su organismo cuando se encuentra a 18 metros de altura, sujeto de los pies descolgándose poco a poco.

De manera tímida, Hernández Pérez confesó a Notimex que su inclinación por convertirse en volador de Papantla la heredó de su abuelo y su padre, quienes también formaron parte de este ritual sagrado en el que se rinde tributo a la fertilidad.

“He aprendido un poco a hablar la lengua totonaca, cuando estaba más chiquito no me sabía amarrar, ahora ya puedo hacerlo, ya me he subido al palo volador. La primera vez cuando me bajé del palo volando, sentía nervios y mucha emoción cuando llegué hasta abajo”, expresó.

La Escuela de Niños Voladores, ubicada en el Parque Takilhsukut, de Papantla de Olarte, en Veracruz, recibe a cerca de 65 niños y jóvenes, a quienes no sólo se les enseña a volar, sino que también aprenden la lengua totonaca y su cultura.

Clases, los sábados

Más de 12 profesores están al cuidado de estos pequeños, entre ellos, Cruz Ramírez, quien asume su responsabilidad como director del modesto salón de clases, levantado en madera y que cada sábado recibe a los chicos para que aprendan a ser voladores.

“Desde arriba, todos los señores que son grandes se ven como medianos, un día mi maestro don Cruz me felicitó, me dijo que volé muy bonito, pero la primera vez me arrastré”, relató Hernández Pérez.

Otro de los aspirantes es Luis Fernando, quien tiene 12 años, él ingresó a los seis a la Escuela de Niños Voladores, en ese tiempo el chico aprendió a hablar la lengua totonaca y la danza de los guaguas.

“Ya he volado muchas veces; cuando entré a la escuela me subieron a un árbol y me amarraron, como aguanté me dijeron que sí servía para volar, no sentí nada cuando subí. Mi abuelo fue quien me trajo aquí, y cuando sea grande me gustaría ser un volador maestro”, comentó Luis Fernando.

El salón de clases tiene dos puertas, la principal y una localizada a un costado, por donde los jóvenes salen al patio donde se encuentra instalado un palo de 18 metros de largo incrustado en el centro del lugar.

Arcángel protector

Al fondo del salón se encuentra San Miguel de Arcángel, el protector de los voladores y a quien se le rinde una oración para pedir por un buen descenso, por un buen vuelo y un buen ritual. Cada niño volador toma un incensario con copal y se persigna ante San Miguel, previo a su ceremonia.

“Lo que nosotros le enseñamos a los jóvenes es la lengua totonaca, cómo emprender el vuelo, los primeros pasos en esto, cómo se amarran a los jóvenes y a través de la comunicación y gracias a la Cumbre Tajín, tenemos que enseñar lo que tiene el Centro de Artes Indígenas”, apuntó Cruz Ramírez.

Rituales y permisos

La educación que se imparte a los niños está en que vayan al monte, buscar el árbol (zuelania) que servirá de palo volador, hacer una ofrenda al Dios del Monte, que consiste en aguardiente y tamales, arrastrar el árbol y colocarlo.

El caporal es la única persona a la que se da permiso de taladrar el árbol, posteriormente se hace una ceremonia con aguardiente y cuatro ramos de flores, en honor a los cuatro puntos cardinales y el aguardiente es en honor al árbol.

Los Voladores de Papantla lucen una vestimenta especial durante la ceremonia, que consiste en utilizar un gorro cónico adornado con flores multicolores, que representan la fertilidad de la tierra y un penacho en forma de abanico que simula el copete de un ave.

En el caso de los niños, visten en color blanco, pues representa la pureza. En cada ceremonia, los voladores son dirigidos por un guía espiritual, pero no todos los jóvenes ni niños nacen con este don, tal es el caso de Ignacio Ricardo Villanueva, un joven encargado de llevar el ritual.

Cruz Ramírez agregó que otra de las finalidades de la escuela es rescatar las costumbres y raíces de los totonacas, pues muchos de los jóvenes se van a otros lugares y regresan con perforaciones en sus cuerpos.

Hace ocho años se inauguró esta escuela de niños voladores, aunque no es la única en el estado, pues existen otras cuatro, con las cuales suman 250 alumnos y 50 profesores dedicados a transmitir sus conocimientos sobre este arte ancestral.

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