25 de Septiembre de 2018

Entretenimiento

Un tamal yucateco nunca le cae mal a nadie: Juan Villoro

Nombrado premio Excelencia en las Letras, el escritor no es ajeno a Estado, y en esta entrevista, de hace casi una década, habla de su herencia yucateca.

Juan Villoro, ganador del Premio Excelencia en las Letras 'José Emilio Pacheco' 2016 que otorga la Filey, no es ajeno a Yucatán, pues su madre nació aquí. (Cortesía)
Juan Villoro, ganador del Premio Excelencia en las Letras 'José Emilio Pacheco' 2016 que otorga la Filey, no es ajeno a Yucatán, pues su madre nació aquí. (Cortesía)
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Eduardo Vargas/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Subido en el tranvía de la memoria, Juan Villoro, escritor mexicano, vuelve a la tierra de sus abuelos para recordar que creció con “un Yucatán fantasmagórico”, en el que le contaron que sus antepasados lucharon por la independencia del Estado.

El no nació aquí, pero su madre y su abuela sí; de hecho, su abuela, cuando ya la familia del también periodista se había traslado a la Ciudad de México, solía gritar, cada vez que iban a salir, una arenga que ella aprendió en el puerto de Progreso:  "Vámonos… malecón y colonia!”. Era el grito del tranviario que todos los días atravesaba por su calle.

“Para mí, Yucatán es un espacio de la memoria, del recuerdo, de la leyenda… todo eso alimentó la imaginación del niño que fui”, explica el autor de Los once de la tribu, quien apenas hoy fue nombrado Premio Excelencia de las Letras 'José Emilio Pacheco' 2016, galardón que recibirá en marzo de 2016, durante la inauguración de la Feria Internacional de la Lectura (Filey)

En la entrevista, publicada en 2007 en una revista local, realizada tras ofrecer una charla en el Centro Universitario Montejo (CUM) Juan Villoro, recordó que la familia de su abuela vivió por muchos años de la nevería Milán, en el Puerto de Progreso. Su madre, Estela Ruiz Milán, se casó con el filósofo Luis Villoro, padre de Juan.

-Juan, ¿mantiene relación cercana con Yucatán… viene seguido?

-No, desgraciadamente no (vengo seguido)… aquí nacieron mi madre y mi abuela… mi abuela nació en Progreso, su familia tenía la nevería “Milán”, que todavía recuerdan algunas personas mayores. Ella (mi abuela) se fue a vivir a México y la familia se disgregó porque el hermano de mi madre se fue a vivir a Veracruz y mi madre no mantuvo mucho contacto, salvo con una parte de la familia que también se fue a la ciudad de México, los Rubio Milán. De modo que para mí, Yucatán es un espacio de la memoria, del recuerdo, de la leyenda, he venido varias veces, pero no tanto como yo quisiera.

-Pero, entonces, ¿no había algún espacio, en su hogar, que le recordara Yucatán?

-Muchísimos porque una característica de los yucatecos es que viajan con Yucatán a cuestas; el mundo yucateco es muy rico, por la cantidad de mezclas que tiene, por la especificidad, por el gusto por el idioma, la manera de hablar, la música, la comida… conozco muchos yucatecos en la Ciudad de México que todo el tiempo están rodeados de trova, comiendo salbutes y papadzules... mi abuela era así, vivía en un Yucatán exportado a la Ciudad de México, todo lo que comentaba tenía que ver con Yucatán… por ejemplo, ella, cuando íbamos a ir a algún lado, no decía solamente “¡vámonos!”, (sino que) decía: “¡vámonos… malecón y colonia!”.

Le pregunté un día qué era eso de “malecón y colonia” (y me contestó) “la dirección del tranvía de Progreso”, de cuando ella era niña, o sea, aprendimos que “malecón y colonia” era el lugar a donde íbamos, pero que nunca veíamos…

Crecí con un Yucatán fantasmagórico, que hablaban de tíos míos que habían muerto luchando por la independencia de Yucatán para separarlo del resto del país… en fin, toda una cantidad de circunstancias que creo que alimentaron la imaginación del niño que fui…

-Entonces, cuando viene a Mérida, ¿hay un sentimiento especial?

-Desde luego que sí, lo que no hay es el contacto directo con familiares, porque a los yucatecos de la familia a los que conocí fue en la ciudad de México… ya son yuca-huaches…

-¿Qué es lo especial, para usted, cuando viene a Yucatán?

-Primero que nada, me encanta la comida, mi madre viene muy seguido porque ella es psicóloga y durante mucho tiempo ha tenido pacientes en Yucatán, así que venía una vez al mes y yo conozco mucha gente amiga de ella y tengo amigos aquí… Cuando mi mamá va a hacer algún guiso yucateco viene aquí (a Mérida) por los ingredientes, o sea, es incapaz de comprar nada en la ciudad de México porque lo parece una traición,  y “eso no va a saber rico, para nada”… viene aquí a comprar pan de La Mayuquita, la naranja “china”…

-¿A usted le gusta todo eso?

-Mucho… yo creo que Yucatán entra por los ojos, por la luz que tiene… por los oídos, por la trova y por la boca, por la comida, los sentidos están totalmente activados en Yucatán…

-¿Qué platillo yucateco le gusta más?

-El queso relleno, pero ahora ya tengo problemas de colesterol… el brazo de mestiza… la cochinita, panuchos… todo… en la Ciudad de México vivo a unas cuadras de una fonda… mmmh, se me está haciendo agua la boca… bastante  buena, de comida yucateca, y cada vez que va alguien a la casa, yo compro algo yucateco; (y entonces) me dice mi esposa, que es (originaria) de Tampico: “lo que va a haber es una cosa muy distinta de comer”… y yo siempre contesto que “un tamal yucateco nunca le cae mal a nadie”…

El escritor también habló en aquella entrevista de la influencia que tuvieron escritores yucatecos como Gabriel Ramírez y Juan García Ponce.

-¿Ellos han influido en Juan Villoro?

-Desde luego. Cuando conocí Juan García Ponce me dijo: Te felicito por el buen gusto de llamarte Juan y porque tienes el buen gusto de ser medio yucateco… igual que él…

Ahora, el tranvía de la memoria ha comenzado a traer a Juan Villoro de vuelta a la escena de la entrevista: el Colegio Universitario Montejo (CUM) de Mérida, a donde la editorial Alfaguara lo invitó para que hablara sobre literatura infantil, una de sus especialidades… Juan no se ha percatado, pero el vagón se ha vaciado de gente, los últimos pasajeros lo han dejado, porque, a fin de cuentas, él, como escritor, no es más que un maquinista que, en la última estación, siempre se queda sólo…

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