26 de Septiembre de 2018

México

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Crónica: “Fue difícil reconocerlo, mi hijo estaba destrozado”

Familiares de los 33 fallecidos permanecen desde el jueves en el Centro Médico Forense a la espera de que les entreguen los restos.

Labor de rescate. (Agencias)
Labor de rescate. (Agencias)
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Leticia Fernández/Israel Navarro/Milenio
MÉXICO, DF.- Estuvieron justo en el momento y lugar de la explosión. Algunos iban de salida o esperaban el cobro de su salario, otros trabajaban en el área de Recursos Humanos de Petróleos Mexicanos. Ayer, sus cuerpos inertes salieron apenas envueltos en bolsas de plástico a bordo de carrozas fúnebres.

Son las 33 víctimas mortales que fueron ubicadas tras la explosión en la planta baja del edificio B2 que tiene la paraestatal en la colonia Anzures. Sus familiares llegaron desde el jueves, apenas unas horas después del siniestro.

Hombres y mujeres, algunos de ellos parientes entre sí, quedaron bajo la custodia de peritos del Centro Médico Forense de la PGR. Camionetas iban y venían. Los rostros de los deudos se sumergían en llanto y abrazos.

Ahí estaba Margarita Guevara, quien identificó a su cuñada Graciela Rosales Córdova y a su sobrino Raymundo Ávila Rosales. Ambos, madre e hijo, salían juntos de trabajar.

“Tengo que llorar ahorita, porque en la casa debemos ser el apoyo de los abuelos”, decía. Y es que fueron ellos, los adultos mayores de la familia Ávila Rosales, los que se dieron cuenta del siniestro por la televisión.

La historia de Irving Omar Martínez Pulido y Dafne Sherlyn Martínez Carbajal es punto y aparte. Padre e hija, ella de apenas 9 años de edad, esperaban retirarse, después de que él terminó su jornada laboral y la pequeña había obtenido los datos que necesitaba para un trabajo escolar.

Sus familiares recuerdan que la niña tenía una tarea relacionada al tema de la expropiación petrolera, entonces, su padre le recomendó acompañarlo ese jueves para conocer las instalaciones y le fuera fácil obtener la información. Después de un largo peregrinar por los hospitales, finalmente fueron reconocidos.

Daniel García García estaba asignado a labores de vigilancia, los peritos que le practicaron la necropsia explicaron a su primo que la explosión fue justo donde él estaba ubicado, de ahí las múltiples fracturas en el cuerpo, pero sobretodo en la cabeza.

“Fue difícil reconocerlo, mi hijo, mi hijo, estaba destrozado, muchas fracturas, muchas heridas, tenía mucha sangre, su cabeza estaba destrozada, se la deshizo con el golpe”, repetía Laura García, su madre.

La mujer estaba acompañada por al menos una decena de personas, frente a ellas abrazaba el traje con el que sería vestido su hijo, pero al revisar una de las bolsas encontró una carta de despedida que paradójicamente Daniel había escrito desde 2009.

“Si algo me pasa, si yo muero, cuida a Daniela (su hija), quiero que sea feliz”, enunciaba el papel amarillento.

“Si algo me pasa, si yo muero, cuida a Daniela (su hija), quiero que sea feliz”, enunciaba el papel amarillento. Y ahí estaba la menor, impávida y poco consiente de lo que estaba sucediendo. Por momentos reía, por momentos estaba cabizbaja.

Su tío , Adolfo García reconoció la preocupación y atención del personal de la PGR, quienes le brindaron atención psicológica, pero principalmente del sindicato petrolero por la agilización en los trámites para la entrega del cuerpo de Daniel.

“Dice mi hermana que el señor (Carlos Romero) Deschamps es el que está absorbiendo los costos de los servicios fúnebres. Ya que nos pase el shock veremos los seguros o indemnizaciones, por el momento solo queremos despedir a Daniel”, sollozó.

Las hijas y esposo de María Guadalupe Miguel tenían la esperanza de encontrar a la secretaria, próxima a jubilarse, entre los heridos. Se desplazaron a la Cruz Roja, después al Hospital de Pemex en Azcapotzalco y finalmente al de Picacho-Ajusco. No tenían noticias.

Tras dos intentos de reconocerla entre las personas fallecidas, finalmente fue identificada, los golpes, fracturas y heridas que tenía hicieron difícil la identificación.

“Estaba a punto de jubilarse, ella tenía 50 años de edad y 33 trabajando, no lo hacía por el nieto, el único, pero yo le decía ‘anda vieja, ya descansa’. El niño tiene cinco años y pregunta mucho por su abuelita”, recordaba Ignacio Ayala.

Paralelo a esto, también destacaba la historia de Nicolás Ávila, el hombre acompañaba a su esposa a reconocer a su hermana. Él también trabaja en Pemex trasladando a los empleados en los camiones de la paraestatal.

Recuerda que antes de las 16:00 horas del jueves, concluía un viaje y al llegar al estacionamiento, escuchó el estruendo, después polvo, gritos y lamentos. Con otros compañeros se apostó a ayudar, pero en cuestión de minutos fueron replegados.

“Hoy estamos, mañana quién sabe”, fue la frase recurrente.

Las últimas 24 horas para Carlos han sido de incertidumbre, cuando se enteró por los medios de comunicación que explotó el lugar donde laboraba su hermano: se derrumbó.

La primera acción fue convocar a la familia para dividirse e ir a los distintos hospitales y oficinas de Pemex para saber el paradero de José Luis García.

“A las dos de la mañana llegamos aquí el Cemefo, con la esperanza de no encontrarlo, pero desafortunadamente sí estaba aquí”, mencionó.

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