24 de Septiembre de 2018

México

En poco más de 24 horas se fue el hombre de las gafas

Familiares y amigos despidieron al periodista que entrevistó a grandes personajes que cambiaron la historia del mundo.

En el Panteón Israelita se sepultó a Jacobo Zabludovsky, quien falleció ayer en la ciudad de México por un derrame cerebral. (Notimex)
En el Panteón Israelita se sepultó a Jacobo Zabludovsky, quien falleció ayer en la ciudad de México por un derrame cerebral. (Notimex)
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Juan Pablo Becerra-Acosta/Milenio
MÉXICO, D.F.- Poco después de la una de la tarde de ayer el periodista Jacobo Zabludovsky, de 87 años, fue enterrado en el antiguo Panteón Judío, al poniente de la Ciudad de México, entre las avenidas Constituyentes y Observatorio, a tan solo unos minutos del lugar donde falleciera en la madrugada, el Hospital ABC, víctima de un derrame cerebral luego de que en días previos padeciera una severa deshidratación.

Antes de que los restos del también locutor de radio fueran conducidos hacia el panteón, decenas de familiares y amigos acudieron a un inmueble en la calle Sur 138, frente al cementerio. Ahí, en el Bet­Tahará (Casa de Purificación), el cuerpo de Zabludovsky fue preparado para su funeral con los procedimientos que marca el rito judío: fue lavado y colocado en mortajas blancas.

Arribaron muchos de los periodistas que se formaron con él desde hace décadas, como Joaquín López-Dóriga, Adela Micha, Jorge Berry, Heriberto Murrieta y Amador Narcia, quienes le dieron el pésame a su viuda, Sara Nerubay Lieberman, Sarita, como la llaman con cariño, así como a sus hijos, el también periodista Abraham, Jorge y Diana.

Además de familiares y amigos, acudieron el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, quien iba acompañado de la esposa del Presidente de la República, Angélica Rivera de Peña; el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, Emilio Azcárraga Jean, Miguel Alemán Valdés, el rector de la UNAM, José Narro; el priista Emilio Gamboa, el actor César Costa, la actriz María Victoria, entre otras personas.

También llegaron Francisco Aguirre, dueño de Grupo Radio Centro, donde Zabludovsky tenía un programa radiofónico, De 1 a 3, y Juan Francisco Ealy, propietario del periódico El Universal, donde el hombre que nació cerca de La Merced el 24 de mayo de 1928, en la vecindad de Doctor Barragán 97, tecleaba su columna Bucareli.

Y, en voz baja, con rostros consternados, algunos recordaban pasajes del hombre de las inseparables gafas...

***

  • Zabludovsky, por Jacobo, en sus propios recuerdos...
  • Era el hombre cuyos primeros recuerdos eran ya reporteriles: un escuincle que se asomaba a una ventana para observar, atónito, cómo que incendiaba un circo.
  • Era el hombre que de niño iba en las tardes a pequeños establos para adquirir leche recién ordeñada.
  • El hombre que de niño tuvo, como primera cuna, un huacal de jabón (recordaba en su texto del pasado 22 de junio, el último que publicó, Borrador de mis memorias/III), en el que lo llevaban al mercado "para vender trapos". Su padre trabajaba en una fábrica de textiles. Era pobre, "pero nunca nos faltó de comer".

***

  • Zabludovsky en dos anécdotas reporteriles...
  • El hombre del Mercedes Benz negro con teléfono que gracias a este último e inusual aparato (en ese entonces) pudo narrar en vivo para la radio la desgracia del terremoto de 1985 en las calles de la Ciudad de México...
  • El hombre que transmitió la llegada del hombre a la luna: "Siendo en México las 8:56 minutos de la noche del 20 de julio de 1969, el primer ser humano ha puesto su pie sobre la luna... Está pisando la superficie lunar, éste ha sido el instante, la fracción de segundo, el relámpago que divide dos épocas, como en medio de un abismo", narró en televisión.

***

Cuando concluyó el rito de preparación del cuerpo de Jacobo, hijo de David Zabludovski y Raquel Kraveski, quienes emigraron de Polonia a México en 1926, un rabino, de nombre Moshé, flanqueado por tres judíos ortodoxos que portaban los tradicionales y grandes sombreros negros de su comunidad (tophat), esperó unos segundos para que el modesto ataúd de madera simple, cruda, fuera conducido al centro del lugar. Enseguida oró y cantó en hebreo.

Era el Tziduk Hadin (aceptación del juicio divino), oración que se usa en los funerales. Después Abraham Zabludosky hizo lo que tenía que hacer. La Keriá. La rasgadura de la ropa que portaba, que es la manera religiosa de expresar la amargura por la pérdida de un ser querido: rasgó la camisa negra que usaba del lado izquierdo, descubriendo así su corazón.

Cuando el féretro salió del lugar, cargado por seis personas de la comunidad judía, todos portando su kipá como el resto de los varones (esa pequeña gorra ritual empleada para cubrir parcialmente la cabeza), y como si les faltara tristeza a los deudos y amigos de El Güero —como le decían algunos de sus más cercanos— tronó un estruendoso rayo y empezó a llover intensamente.

Fue difícil que el pequeño cortejo de alrededor de 70 personas avanzara por la calle los 30 metros que los separaban del panteón, debido a la enorme cantidad de camarógrafos y fotógrafos que querían tomar imágenes del momento.

Diez minutos después, finalmente, la caja fúnebre ingresó al antiguo panteón judío y de inmediato el ataúd, que estaba cubierto por una manta negra con la estrella de Israel en colores azul, blanco y dorado, fue depositado en una tumba. En medio del agua, empapados todos a pesar de que algunos portaban paraguas, los sepultureros apresuraron las paletadas de tierra como manda la tradición, mientras el rabino recitaba el Male Rajamin, oración en recuerdo del alma del ser querido perdido, y el Kadish, plegaria que alaba a Dios a pesar de que acaba de arrancar de la vida a una persona amada.

Concluía el ritual con algunos de sus familiares y amigos lanzando pequeñas porciones de tierra sobre el ataúd: quien coge la pala la deja en el piso para que alguien más la tome de ahí y no le transmita la desgracia a otro.

El hombre de la corbata negra (no importaba de qué color fuera su saco y camisa, siempre llevaba corbata negra) ya había sido enterrado. Se retiraban todos. Dejaba de llover. 

La vida de Jacobo Zabludovsky había terminado de manera sobria, como aquella noche del 19 de enero de 1998 cuando, luego de 27 años al aire, anunció pulcramente: "24 Horas... termina hoy. Muchas gracias. Buenas noches...

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