17 de Diciembre de 2018

México

Crónicas Urbanas: Lolita, los plagiarios y el carnicero

Conocía los detalles y colaboró con los que urdieron el secuestro de un carnicero. Era la novia del jefe.

Habían detenido a dos inculpados, pero faltaba uno de los eslabones... (Imagen de contexto/Notimex)
Habían detenido a dos inculpados, pero faltaba uno de los eslabones... (Imagen de contexto/Notimex)
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Humberto Ríos Navarrete/Milenio
MÉXICO, D.F.- El día que fue detenida dijo que tenía 18 años, pero representaba menos de esa edad. Tez morena clara, pelo lacio azabache, frente chica, cejas depiladas; apenas perceptibles los lunares de sus pómulos; más que temor, el leve ceño fruncido proyectaba una perenne interrogante; y sus ojos, de ligeros rasgos oblicuos, revelaban un destello de niña enfurecida; en las comisuras de su pequeña boca, asimismo, brotaba un tenue gesto que, ligado con el resto, parecía la figura de una actriz que hace el papel de adolescente malvada, ahora vestida con suéter gris de lana y una playera negra de algodón. Era, es, presunta culpable de “secuestro agravado”.

Lolita —llamémosla así— conocía los detalles y colaboró con los que urdieron el secuestro del carnicero. Quizás ella era el eslabón más débil, pero eso no disminuía su culpabilidad. Era la novia del jefe. De su ubicación supieron los sabuesos comisionados para desentrañar el plagio del comerciante, cuyos familiares habían denunciado su desaparición. Y para seguir su tarea de rastreo, describe reporte, realizaron una serie de visitas en las inmediaciones de una colonia de la delegación Álvaro Obregón, donde tenían indicios que estaba la guarida.

Los detectives ya habían detenido a dos presuntos culpables del contubernio; pero faltaba uno de los eslabones, por lo que el 8 de marzo, a las 12:30, después de hacer acopio de información, recibieron la orden de trasladarse a la colonia Ampliación Las Águilas, en la delegación Álvaro Obregón. Llegaron a una tienda de abarrotes. Les habían dicho que en la fachada había el letrero de una marca de cerveza. No les costó mucho trabajo. El otro paso era encontrar lo que buscaban.

Beto cuiaba la entrada de la vivienda en un taxi. De vez en cuando Lolita salía a platicar con él

Buscaban a Lolita, de 18 años, tez morena clara, de un metro con 60 centímetros de estatura, complexión regular. Y ahí estaba, a tiro de piedra, y solo era cuestión de corroborar. Frente a ella, en voz baja, uno de los agentes pronunció el nombre de pila y apellidos de la muchacha. Ella dijo que sí. Le mostraron un “oficio de requerimiento ministerial”, leyeron sus derechos y le notificaron que sería trasladada a las oficinas de la Fiscalía Central de Investigación para Secuestros.

Y en esos momentos, cuando le decían que sería trasladada para que “rindiera su declaración con relación a los hechos que se investigan”, se acercó una señora, quien dijo ser su madre, y pidió acompañarlos en el traslado. 

Los agentes permitieron que la señora trepara al vehículo color gris y enfilaron hacia la fiscalía, donde entrevistaron a la muchacha. Ella aceptó que desde hace nueve meses mantenía una relación afectiva con Beto, el otro presunto, y desembuchó.

Lolita dijo que ella y Beto rentaban un cuarto muy cerca de la tienda donde ella trabajaba. Es una vivienda con fachada amarilla y puerta gris. Para llegar a ese domicilio habrá que bajar escalones de madera y recorrer un pasillo corto, como una especie de vericueto.

Del lado izquierdo hay otro pasillo, también pequeño; junto a éste, un cuarto que Lolita ocupaba como cocina; del lado derecho, una puerta que conduce a la recámara; enfrente, otro cuarto, que ocupa la dueña del predio.

Los investigadores escucharon el relato de Lolita, quien desgranó: dijo que tenía tres días de no acudir a ese lugar, pues se fue a vivir con su familia, en la misma colonia, ya que su“pareja sentimental” y el primo de éste, El Zefe, hace días fueron detenidos y encarcelados en el Reclusorio Oriente por el delito de portación de arma de fuego.

Lenta, casi por goteo, Lolita reconstruyó parte de la historia. Tenía todos los detalles del complot. De eso habían sospechado los policías.

Y jalaron más el ovillo.

Fue un día del pasado marzo, dijo, sin recordar la fecha exacta, cuando escuchó a El Zefe comentar que La Mari, su novia, “iba a poner el secuestro de una persona de sexo masculino, el cual tenía dinero”.

Es decir, La Mari se comprometió a proporcionar toda la información para llevar a cabo el rapto de un carnicero con quien había trabajado.

Lolita dijo que quienes “levantaron”a la víctima fueron El Zefe, El Gallinas y El César, quienes más tarde la trasladaron al cuarto donde vivían ella y Beto, que esa mañana recibió una llamada telefónica y corrió hacia la puerta y abrió.

El Gallinas y El Conejo traían a un hombre con lentes oscuros. Lea abrieron cancha. Del brazo, como si estuviera ciego, lo condujeron hasta el cuarto que habitaban Lolita y Beto.

Luego apareció en la escena un joven apodado La Muñeca, quien se quedó ahí con El Gallinas. La misión encomendada fue vigilar al secuestrado. También se quedó Lolita. Los demás desaparecieron.

Lolita preparó unos huevos revueltos y se los ofreció a La Muñeca y El Gallinas. Ella les preguntó:

—¿Le doy al señor?

La respuesta fue que no.

El Gallinas, sin embargo, se compadeció y le invitó un taco de huevo. Avanzó el tiempo, cayó la tarde y llegó la noche.

Afuera, en la calle, Beto custodiaba la entrada de la vivienda en un taxi. De vez en cuando Lolita salía a platicar con él.

A eso de las 20:00 horas acordaron llevarse al secuestrado. Lo hicieron El Gallinas, El Conejo, La Muñeca, El Zefe y uno más, El Bolillo, que más tarde aparecería como parte del grupo.

Lolita se quedó sola.

La muchacha ya no supo hacia dónde enfiló en vehículo, pues ni siquiera se asomó. Lo que sí supo fue que el cobro del rescate, según le comentó Beto, lo hicieron El Conejo, El Bolillo y El Zefe. Éste hizo la repartición del dinero. La mayoría con antecedentes penales.

Después, a las 22:00, regresó El Conejo por una maleta, escondida debajo de la cama, la abrió y sacó instrumentos de trabajo del secuestrado. El maletín fue echado a la basura. Una tijera fue vendida en 200 pesos a otro comerciante, sin que éste supiera el origen de la misma.

Ese mismo día, en la colonia Olivar del Conde, fueron aprehendidos El Bolillo y El Gallinas. El primero, luego de que le informaran que había una orden de presentación, intentó correr y lanzó manotazos y puntapiés contra los agentes, “por lo que fue necesario hacer uso de la fuerza mínima necesaria proporcional y oportuna para poder controlarlo…”

También fue aprehendida La Mari. Ella dijo conocer al secuestrado, con el que trabajó en la carnicería, pero tuvo que renunciar porque la acosaba sexualmente, situación que supo su novio, El Zefe, quien le preguntó sobre la capacidad económica de su ex patrón, así como de sus números telefónicos. De lo demás, dijo, no supo nada.

La policía cruza más información.

La cacería continúa.

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