16 de Diciembre de 2017

México

Crónicas Urbanas: Un policía como Dios manda

Al terminar su turno, Filiberto Silverio, segundo oficial de la Policía Bancaria e Industrial, se dirige a una iglesia de Santa Fe, donde ofrece otro servicio con indumentaria litúrgica.

Filiberto Silverio Casimiro aprobó un riguroso examen de dos mil preguntas para ser ordenado diácono. (Twitter.com/‏@SSP_CDMX)
Filiberto Silverio Casimiro aprobó un riguroso examen de dos mil preguntas para ser ordenado diácono. (Twitter.com/‏@SSP_CDMX)
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Humberto Ríos Navarrete/Milenio
MÉXICO, D.F.- Tiene 54 años de edad y 29 como policía. Un día, gracias a su disposición y disciplina,  obtuvo el grado de segundo oficial, que es como el de teniente en la milicia, y entonces pasaron 18 elementos bajo sus órdenes. Ya era casado y había procreado tres hijas, ahora de 28, 25 y 23 años, cuando decidió tomar la segunda decisión más importante de su vida: vestir el ornamento litúrgico.

Es Filiberto Silverio Casimiro, quien por curiosidad —la misma que años antes, según su propia confesión, lo llevaría a ser policía— se convirtió en diácono permanente; pero antes, entre 2005 y 2010,  tuvo que cursar 28  materias, mientras que en su examen final resolvió 2 mil preguntas. Eso le valió su ordenación. Desde entonces oficia en un templo.

El integrante de la Policía Bancaria e Industrial coordina la seguridad de un corporativo en la Zona Rosa, muy cerca de la Secretaría de Seguridad Pública del DF, su matriz, de la que se desplaza todos los días, ya por la tarde,  a cumplir con su otro cometido, el religioso, por lo que debe cambiar de indumentaria.

—¿Satisfecho como policía? —se le pregunta en la entrada principal de la SSP, sobre la calle de Liverpool, colonia Juárez.

—Ha habido malas experiencias —admite—, pero todo me ha gustado porque tengo buenos jefes que me han hecho un policía de carrera; y estoy satisfecho porque he podido servir a la sociedad.

—¿Ha hecho lo correcto?

—He tratado de hacer lo mejor, respetando a mis superiores; como jefe, trato de orientar a mis compañeros para que se vayan por el lado idóneo, a que combatan el mal con el bien, no el mal con el mal.

—¿Ha estado en peligro?

—Sí, algunas veces; en mi inicio, en la colonia Guerrero, estuve muy de cerca en conflictos muy fuertes, pero afortunadamente a mí no me tocó herir a ninguna persona, por eso estoy aquí.

—¿Y qué dice su familia?

—Al principio no estuvieron de acuerdo, pero conforme fue pasando el tiempo se dieron cuenta de que si se hacen las cosas bien hechas, todo estará bien.

—¿Buenas y malas experiencias dentro de su trabajo?

—Buenas y malas, como ver de cerca las injusticias. Antes había maltratos de los jefes hacia los subalternos; ahora, nuestros jefes tratan de que eso se acabe. 

—¿Dignificar a la policía?

—Eso es lo que pretendemos mis jefes y un servidor, y Dios quiera y se logre. Tengo una carrera policial y me capacito; primeramente aquí, para poder ser jefe; pero dentro de eso también tengo la otra profesión: estudié teología, filosofía, formación humana y formación cristiana.

—¿Por qué?

—Mire —se pone firme y circunspecto, en su uniforme azul oscuro, orgulloso—, todo es por curiosidad, porque cuando uno no conoce, la gente le habla de lo que piensa, de lo que cree, pero no siempre tienen la razón; entré por curiosidad, le digo, y al ir recibiendo conocimiento me dio por permanecer y prepararme aún más a fondo.

De un servicio a otro

De su puesto policiaco, ya por la tarde, se traslada a la parroquia Asunción de María, en el pueblo de Santa Fe, donde oficia desde hace cuatro años. Dice que transita de un servicio a otro: del social al espiritual.

Y habrá que trasladarse al pueblo de Santa Fe, en lo alto, y zigzaguear por callejuelas, hasta llegar a la parroquia, donde, ahora vestido de civil, el hombre se pone su atavío litúrgico, compuesto de cuatro colores: rojo, morado, blanco y verde, que significan, dice,  la sangre derramada de Cristo, la pureza, el advenimiento y la esperanza de ser salvado.

Es jueves.

—Hoy —alecciona Filiberto Silverio Casimiro— se celebra a Maximiliano María Colbet, sacerdote mártir en la Segunda Guerra Mundial, que murió en los campos de Auschwitz.

Los devotos, la mayoría mujeres, lo saludan con reverencia; él responde con una leve inclinación de cabeza. Otros le dirigen la palabra; él responde con voz queda, en su papel de religioso.

Oficia los sábados.

—¿Cómo comparte su vida en dos trabajos?

—El eje son los valores morales, los valores cristianos; la finalidad de las personas es ser felices; y también en el terreno humano, específicamente en lo policial: cómo hacer que se crea en la policía, que haya confianza…

Celibato opcional

—Usted ya trabajaba en la policía.

—Sí, yo ya era policía cuando me invitan a participar en retiros espirituales, primeramente; de ahí, me empieza a dar curiosidad por las cosas de Dios, y eso no es fácil, porque no hay seguridad de que se ordene todo aquel que entra,  pues se tiene que llevar toda la formación y un testimonio de vida, hacer exámenes; y a través de los escrutinios, es como el cardenal decide si se ordena o no.

—Pero usted es casado.

—Así es, afirmativo; mire, el obispo y el presbítero deben ser célibes; el diácono es opcional. En el capítulo tres de la carta a Timoteo, en la Biblia, ahí pueden abrirlo, para que vean el fundamento de cómo el diácono debe ser esposo de una sola mujer;  y si llega a fallecer la esposa,  ya no puede casarse, debe ser célibe.

—¿Y qué le dicen aquí de que usted es policía?

—Al principio hubo rechazo, porque la gente no tiene la cultura de que a alguien que se le diga padre sea casado; pero a fin de cuentas hay mucha aceptación de parte de la comunidad, y ahora, pues, bendito Dios, soy bien aceptado.

—¿Y en la policía?

—También debo dar un testimonio, o sea, no puedo dármela aquí de santo y que cuando llegue a la policía, violente los valores; debo, como jefe que soy, dar testimonio, buenas orientaciones y saber escuchar a los subalternos.

—¿No se podría hablar de una doble vida?

—No, porque qué estamos buscando, pues que haya valores, que haya principios, que haya ética, tanto en la vida policial y social, como en la vida religiosa; que todo se haga con responsabilidad y no por fanatismo; alguien que está por convicción, que es lo que se busca tanto en lo social como en lo espiritual: la felicidad.

—¿Está bien delimitado en un Estado laico su trabajo?

—Claro, se respeta la vida policial y la vida religiosa. Es como una vía de ferrocarril, que jamás se van a juntar pero jamás se van a separar, porque dependen el uno del otro. Cristo fue un gran sociólogo que buscaba la justicia, la felicidad de las personas, y un ordenado es lo que debe ser…

—¿Es usted feliz?

—Claro, yo estoy orgulloso de ser policía y de ser ahora diácono permanente.

Es Filiberto Silverio Casimiro, quien decidió combinar su labor policiaca con su tarea eclesiástica.

Es el hombre que en su examen final, para lograr su ordenación, cursó 28 materias y contestó 2 mil preguntas.

El esposo y padre de familia que todos los días cambia su uniforme azul por el ornamento litúrgico.

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