20 de Noviembre de 2018

México

Crónicas urbanas: robo a transeúntes con violencia

Es común que en algunos delitos la policía detecte complicidad entre familiares de presuntos delincuentes.

Las delegaciones Iztapalapa y Cuauhtémoc son las de mayor índice delictivo de la Ciudad de México. (Milenio)
Las delegaciones Iztapalapa y Cuauhtémoc son las de mayor índice delictivo de la Ciudad de México. (Milenio)
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Humberto Ríos Navarrete/Milenio

MÉXICO, D.F.- Enero se despertó con robos violentos a transeúntes, uno de los principales delitos que encabeza la estadística criminal en el DF. Y uno de estos casos sucedió en Iztapalapa, la delegación que, junto con Cuauhtémoc, tiene el mayor índice delictivo de la Ciudad de México. El asunto, denunciado por la víctima, fue rastreado por agentes de Investigación.

Esa mañana del primer día, el joven Raúl caminaba por calles de Iztapalapa, cuando sintió el peso y los golpes de cuatro muchachos que se lanzaban a su paso, solo por no hacer caso a sus exigencias. La víctima los conocía, e incluso con uno de ellos había estudiado la secundaria, pero ni por eso tuvieron consideración; al contrario, lo molieron.

La pandilla estaba, está, formada por algunos parientes entre sí, un fenómeno que se ha observado en casos similares durante los últimos años en la ciudad, más aún en demarcaciones que despuntan en índices delictivos, sobre todo los denominados “de alto impacto social”. Hay zonas donde los delincuentes parecen reclamar peaje.

Y fue lo que pasó con aquel joven, que bien pudo divisar a los presuntos delincuentes al salir de su casa y ahí mismo, cerca de su domicilio, escuchó una exigencia, pero no se achicopaló:

—Saca para las chelas.

Y él reviró:

—¿Y yo por qué?

Entonces uno de ellos, Fernando, lo golpeó en la cara con una botella de cerveza, lo que provocó que Raúl cayera al piso, mientras Óscar, primo del primer agresor y otros de la misma sangre, le asestaban puñetazos y patadas. El que traía un garrote fue el que más lo tundió.

En eso estaban cuando salió de su casa la hermana del agredido y pronto los delincuentes se dispersaron; Raúl vio cómo Fernando, el jefe de la pandilla, se embolsaba su teléfono celular, y Omar pepenaba uno de los zapatos tenis y lo lanzaba lejos de la zona del conflicto.

El agredido, a pesar de la paliza recibida, no se cruzó de brazos ni se acobardó, como lo hacen algunas víctimas que pasan a formar forman parte de las llamadas cifras negras, y junto con su hermana se aprestó a denunciar —esto lo hacen entre 800 y mil 200 víctimas cada mes cada mes— y tuvieron la suerte de localizar rápido una patrulla.

Un policía le preguntó si necesitaba una ambulancia y el agredido dijo que sí, pero ésta nunca llegó, de modo que así, todo molido, fue a la Fiscalía Desconcentrada de Iztapalapa y ahí extendieron un oficio para que lo atendieran en un hospital, donde le indicaron que estaba “policontundido y con traumatismo craneoencefálico”.

Y al día siguiente volvió a las oficinas para ratificar la denuncia por el robo de su teléfono, nada más, aunque también entregó copia de la prescripción y notificación de lesiones, realizadas en el IMSS, y se fue a su casa, pero ya por la noche se percató que dos de sus agresores circulaban en una motocicleta, por lo que volvió y expuso su queja.

Los agentes policiacos pidieron al agraviado que los acompañara al lugar y a las nueve de la noche se cruzó frente a él, a bordo de una motoneta, el tal Fernando, quien fue detenido y encarcelado por el delito de “robo a transeúnte con violencia”.

Los demás andan por ahí.

Y dos días después, en otro punto…

***

Una mujer y su hijo caminaban por una de las zonas más inseguras de la Ciudad de México, clasificada así oficialmente, por lo que es normal que siempre esté bien vigilada. Y aun así los delincuentes esperan un parpadeo de para entrar en acción.

Fue el 3 de este mes.

15:00 horas.

Madre e hijo circulaban por la calle República de Argentina, en dirección al Eje 1, a la altura de Paraguay, cuando fueron rodeados por tres jóvenes, uno de los cuales, de estatura alta, moreno, pelo corto, camisa color rosa y pantalón de mezclilla, soltó:

—Dame la cadena…

Y ella respondió:

—No traigo nada.

—No te hagas pendeja, ahí la traes —replicó el delincuente, mientras la pateaba y atenazaba de los hombros con ambas manos.

El segundo asaltante, también alto, amenazó al niño con una navaja, mientras el primero le jalaba a la madre —el resuello entrecortado— una cadena de oro, con eslabones de 14 kilates, de la que pendían un dije en forma de delfín y una cruz con la imagen de Jesucristo.

Y justo en ese momento llegaron dos agentes de Investigación. Los delincuentes, al divisarlos, habían corrido hacia diferentes partes, pero los policías alcanzaron a uno de ellos, quien dijo llamarse Alberto Fuentes Castro, el mismo que había despojado a la señora de la cadena.

Los otros cómplices, El Narices y El Chuchito, se perdieron entre la multitud. Fuentes detalló las señas particulares de sus cómplices.

Ese día, según el reporte, los agentes “realizaban labores de su encargo en el Operativo Dinámico de Investigación entre las calles de República de Paraguay y Costa Rica, colonia Centro, delegación Cuauhtémoc, toda vez que hay un alto índice delictivo debido a la afluencia de personas”.

Alberto fue detenido.

Y cerca de ahí, pero en otra fecha, un jefe de grupo y dos subalternos, acompañados por una víctima, habían atrapado a dos asaltantes. Hubo un cruce de disparos y resultó herido un presunto delincuente.

***

Ocurrió en los estertores del año que acaba de pasar. Los agentes y su comandante estaban en el estacionamiento de la agencia de Investigación número 1, ubicada en el 322 de la calle Lerdo, delegación Cuauhtémoc, cuando se dirigió hacia ellos Luis, quien les dijo que lo acaban de asaltar dos individuos que circulaban en un vehículo amarillo, y que su esposa se había quedado en su coche, estacionado en la esquina de esa misma calle.

Los policías y el denunciante se dirigieron “a pie tierra”, como lo describen, al lugar donde estaba el Chevy y la señora, “con el objeto de brindarle apoyo y el auxilio correspondiente”, y fue en ese momento cuando los presuntos se aproximaron a bordo del auto amarillo y uno de ellos, el copiloto, sacó una pistola y les apuntó, al mismo tiempo que les gritaba: “¡ya chingaron a su madre!”

Uno de los agentes desenfundó su pistola de cargo y ordenó: “¡policía de investigación, baje el arma!”. El presunto, sin embargo, volvió a gritar la misma frase y amartilló el revólver, de modo que el agente, “al ver el peligro inminente”, disparó hacia la puerta del vehículo contrario, con la intención de “minimizar e impedir” la agresión.

Y su reacción fue jalar al denunciante y tirarse al suelo. Instantes después vio cómo el jefe de grupo, su comandante, le ordenaba a los delincuentes que tiraran el arma y descendieran rápido del vehículo. Los agresores obedecieron y fueron sometidos por el jefe y otros subalternos.

Los dos presuntos, Ignacio y Ángel, de 38 y 17 años, padre e hijo, copiloto y chofer, con domicilio en la colonia ex Hipódromo de Peralvillo, fueron revisados; los agentes notaron que el copiloto sangraba de la pierna izquierda, a la altura de la rodilla, y solicitaron el servicio de una ambulancia, misma que lo trasladó al hospital Rubén Leñero.

A los presuntos culpables les hallaron tres teléfonos celulares –uno de éstos, propiedad del denunciante –, un revólver Smith and Wesson, calibre 38 especial, con cinco cartuchos, y trescientos pesos en efectivo.

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