22 de Septiembre de 2018

México

Densa cautela priva en Tierra Caliente

La ruidosa llegada de fuerzas federales y un centenar de vehículos artillados contrastó con el silencio de casi todos los habitantes.

Enmedio del enorme despliegue  federal el sacerdote Gregorio López reclamó: Todos saben dónde están La Tuta y El Chayo. ¡Vayan por ellos!
Enmedio del enorme despliegue federal el sacerdote Gregorio López reclamó: Todos saben dónde están La Tuta y El Chayo. ¡Vayan por ellos!
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Víctor Hugo Michel/Milenio
MICHOACÁN.- La aventura de incierto desenlace del Gobierno federal para pacificar la Tierra Caliente de Michoacán arrancó ayer con todos los elementos necesarios para enviar un mensaje de fuerza y poder —vehículos blindados, helicópteros, armas de grueso calibre, cientos de hombres con fatigas de batalla— pero en medio de un pesado silencio, sin que los habitantes de Apatzingán se atrevieran a mostrar emoción alguna. 

Si en Nueva Italia se recibió a los federales como liberadores —con aplausos y risas— a solo 25 kilómetros de distancia imperó una densa cautela.

Acostumbrados a reservarse sus opiniones gracias a un afilado instinto de autopreservación —aguzado ante la abundancia de halcones y el siempre presente riesgo de decir algo equivocado en el momento y compañía errónea— hombres y mujeres de la ciudad observaron la incursión de un millar de tropas y policías en el centro de forma acomedida y distante, con la precaución propia de vivir no en territorio de autodefensas, sino en el mismísimo corazón de una de las zona narcas más prolíficas de México.

Hacia las 13:00 horas, un centenar de vehículos artillados irrumpió en el centro del municipio, que hasta ayer vivía bajo la doble amenaza de ser blanco de una gran ofensiva final de los grupos de autodefensa y una posible respuesta de tierra quemada por parte del crimen organizado.

Suspendido al menos por el momento el choque armado entre unos y otros, ahora queda en medio un cordón sanitario federal en cuya confección el gobierno mexicano apostó lo mismo por los números —unas 11 mil elementos ya están en la zona— que por la imagen y peso de sus armas más modernas.

Quien escribió en la Ciudad de México el guión de éste, el más grande despliegue de poderío gubernamental del sexenio, decidió hacer uso de toda la utilería acumulada a lo largo de años de compras bélicas de última generación.

A la vista de todos, en las avenidas Constitución de 1814 y Morelos se lanzó a escena una larga procesión de camiones de transporte de tropas Mercedes Benz. Rhinos blindadas con ametralladoras calibre 50 en la torreta. Policías militares con escudos antimotines. Federales enfundados en kevlar y con cascos tácticos. Y para el clímax, Helicópteros Blackhawk y Little Bird en el cielo.

El contraste vino de la población local, silenciosa y reservada. Quizá sea el antecedente: ya antes Apatzingán vio el lanzamiento de una ofensiva gubernamental como esta, el 7 de enero de 2007, cuando Felipe Calderón inició su guerra contra las drogas desde la 43 Zona Militar. 

Hacia las 13:00 horas, un centenar de vehículos artillados irrumpió en el centro del municipio. 

Dos mil 565 días después, uno de los pocos gritos de apoyo salió de una indigente coja que, ajena a los cálculos de seguridad personal, logró articular una frase a la vista del desfile. “¡Ahora sí corran a esos hijos de la chingada!”, soltó sin pena al paso del convoy milico-policiaco más grande que jamás haya visto Apatzingán, la ciudad en la que el Estado mexicano decidió flexionar su músculo ante Los caballeros templarios.

Del clero local surgió la duda. El padre Gregorio López acudió a la plaza central a criticar la ocupación policiaca. “¡Esto es un teatro!”, reclamó. “Todos saben dónde están La Tuta y El Chayo. Están a un kilómetro de aquí comiendo y brindando. ¡Vayan por ellos!”.

Pero si Apatzingán se federalizó en su seguridad, transformándose en un enorme campamento policiaco, en la política terminó por estatizarse, por así decirlo. Arropado por un millar de armas de alto poder, el gobernador Fausto Vallejo llegó a desplazar a la clase política local, encabezada por el alcalde Uriel Chávez, quien simbólicamente debió hasta ceder su oficina al mandatario.

—¿Se inicia la recuperación de Apatzingán? —se le preguntó al presidente municipal, poco antes de que Vallejo arribara a la ciudad. Miraba desde un balcón de la alcaldía la llegada de miles de tropas federales.

El alcalde no respondió y simplemente se llevó la mano al corazón, mostrando el pulgar en una tibia señal de aprobación.

Simbólico de lo que vive Apatzingán: en forma casi simultánea y a solo tres kilómetros de distancia del despliegue de poder del gobierno federal, hombres desconocidos intentaron demoler el puente que conecta Apatzingán con Tepalcatepec. 

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