22 de Septiembre de 2018

México

El guardaespaldas de Marcos decepcionado de la rebelión

El mayor Mayito ofrece su testimonio a 20 del alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas.

Al subcomandante Marcos le gusta andar con la ropa muy sucia, como el Che Guevara. (puentelibre.mx)
Al subcomandante Marcos le gusta andar con la ropa muy sucia, como el Che Guevara. (puentelibre.mx)
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Milenio.com
CHIAPAS, México.- El testimonio del mayor Mayito retrata las vicisitudes de su vida: desde su infancia en el corazón de la rebelión urdida en forma silenciosa durante una década en las remotas cañadas de las montañas de Los Altos del norte de Chiapas, hasta alcanzar el rango de mayor entre los insurgentes, y finalmente convertirse en guardaespaldas y sombra del jefe de la rebelión, el subcomandante Marcos.

El 1 de enero se cumplen 20 años del alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y han transcurrido 30 desde su fundación en noviembre de 1983. Al contrario de la imagen de un movimiento indígena en defensa de los derechos de los pueblos originarios de México registrado en la memoria colectiva, comandado por un barbado mestizo encapuchado, la historia de Mayito revela la génesis clandestina de una tardía guerrilla marxista. Dos décadas más tarde, el rostro bélico de la rebelión se ha esfumado. Ahora, bajo una palapa en las afueras de Ocosingo, este hombre de origen tzeltal, curtido a sus 43 años, acepta tomaruna cerveza, una nada más, y ofrece a Dominical MILENIO el relato de su década de vida clandestina. No quiere fotos, apenas una grabadora de celular.

¿Cómo se contactó con el zapatismo por primera vez?

Tuve contacto desde 1983, simplemente porque yo quise estudiar. Me contactó en Ocosingo el finado Lázaro Hernández Vázquez, compadre de mi papá. “Mejor vete a México, allá vas a poder estudiar, vas a estar con los compas”, me dijo. Era un chamaco de 14 años y quería salir corriendo de la casa porque mi papá tomaba mucho. No me compraba ni zapatos ni pantalón, estaba bien jod... y con esa vida no quería estar. Mi papá como ejidatario tiene unas 20 hectáreas y los ocho hermanos también somos ejidatarios en el ejido Las Tasitas, cerca de La Garrucha. Sembraba café, cuidaba el potrero, cultivaba maíz. En julio de 1985 me llevaron en camión a la Ciudad de México. Según yo iba a estudiar, pero llegando allá fue pura política. Nos pusieron a aprender defensa personal, combate cuerpo a cuerpo, algunas teorías militares, a fabricar mochilas y zapatos guerrilleros, con tacones de llantas, uniformes, hasta estas gorras.

¿Y políticamente qué les enseñaron?

Mucho. Nos mostraban cómo era la pobreza y por qué hay pobreza en las comunidades. La explicación era que al gobierno no le interesa apoyar a la gente pobre. No le interesa hacer carreteras para las comunidades. Y era cierto, en ese entonces era pura brecha por donde caminábamos. Había que conocer por qué la gente está jod...: el precio del ganado y del café no lo ponen los campesinos sino los coyotes; la tierra no la tienen los campesinos sino los terratenientes. Las comunidades vivían en la sierra y allí había motivos para que se levantaran apelear. Tardamos casi un año en el entrenamiento.

¿Quiénes eran los instructores?

Los maestros en ese entonces eran los comandantes Germán y Rodrigo, el subcomandante Daniel y la capitana Cecilia que estaba en la montaña y la mandaron a la ciudad a enseñar a los nuevos. Ella fue la jefa. Era pura gente indígena. Los blancos fueron poquitos. Entre 20 gentes, te encontrabas dos o tres de la Ciudad de México, la mayoría era gente de la selva de Chiapas.

¿Qué hizo cuando regresó a la selva?

Llegué como subteniente y empecé a entrenar tropa. Tuve el mando de una sección que éramos cuatro. Es la unidad ideal para moverse porque en la guerrilla la sección deben ser de pocos. Les daba teoría militar, cómo hacer una emboscada… Tenía como arma una Mini 14 desde que vine de la Ciudad de México. Los otros cuatro se fueron armando poco a poco. Los insurgentes que se entrenaban allá en la montaña sí tenían armas todos. La gente de las comunidades no.

¿Y cómo llegaban las armas a la selva?

Había una comisión encargada de llevarlas a una comunidad segura y las cargaban hasta el campamento. En la carretera nos movíamos con armas y no pasaba nada. No había en ese entonces Ejército.

Usted fue guardaespaldas del subcomandante Marcos. ¿Cuánta gente lo protegía?

Siempre fuimos cuatro nada más.

¿Cómo se lo presentaron?

Vine de la Ciudad de México y me mandaron a un campamento donde llegó Marcos con mucha barba. Nos pasó a saludar y se presentó. Desde ese momento fue mi jefe. Prácticamente le había copiado al Che Guevara. La ropa muy sucia, le gusta así.

¿Como persona, qué recuerdo guarda de él?

Es buena gente. Aprendí mucho de él, algunas mañas (risas). Nos enseñaba sobre todo a cuidar los recursos a saber racionar lo poco que cooperaban las comunidades. Lo que había de comer eran frijoles y arroz todos los días, tortillas, tostadas o totopos. Carne una vez al mes. Nos enseñó mucha defensa personal, a ser desconfiados. Cuando había que dormir siempre buscaba que su gente se quedara incómoda, porque decía que cuando se duerme incómodo uno siempre está pendiente. Nosotros dormíamos en madera o en hamaca.

¿Y a usted le gustaba esa vida de armas?

Pues sí porque no aprendí otra cosa. Tardé allí nueve años, tardé en reaccionar que no era el camino.

¿Cómo vivió el año 94?

En 94 yo ya no estaba. Me salí el 20 de febrero de 1993, meses antes del levantamiento porque mi papá era base de apoyo y tomaba mucho. Lo empezaron a dejar fuera de la organización y ya no le pasaban información. En una ocasión fui a ver a mi familia y alguien le dijo a Marcos que fui a una reunión a avisar que ya no iba a estar en la organización. Me buscaron un chisme y por ese chisme Marcos me empezó a dejar sin información. Entonces mejor tuve que buscar por otro lado.

¿Cómo fue ese proceso de salirse del zapatismo?

Pues fue duro para mí. Estando en la guerrilla te entregas al ciento por ciento. No trabajas con tu familia, te independizas y te vas con la organización. No tienes nada en la comunidad. No tienes casa, ni cafetal, ni para la comida. ¿De dónde va a salir la pavita? Entonces me decidí a salir y tuve que conseguir trabajo. En Cancún fui a cuidar un hotel. En Mérida limpié potreros con machete. En Tabasco fui a cuidar y ordeñar vacas en un rancho. Regresé cuando empezó el levantamiento. Andaba trabajando de maestro comunitario, porque mi papá era líder de una organización y me dieron chance.

¿Lo tomó de sorpresa el levantamiento?

No, ya lo sabíamos, porque se hizo una reunión el 23 de enero de 1993 en una comunidad que se llama ejido El Prado. Allí sacaron el acuerdo de empezar las hostilidades. Con el levantamiento, la comunidad se dividió. Un grupo se fue con el Ejército Zapatista y otro con la ARIC “Unión de Uniones” (Asociación Rural de Interés Colectivo), que venía de 1988, de la que mi papá era líder. Mi familia se fue con él y negociaron con el gobierno para que no entrara en las comunidades.

¿Tuvo consecuencias para usted y su familia dejar al zapatismo?

Sí porque los zapatistas no estaban de acuerdo. Yo trabajaba como maestro y nos cerraron las escuelas. Si teníamos hortalizas las cortaban en pedazos. Hubo mucho conflicto y por eso nos decidimos a salir; en 1994 dejamos las tierras. Eso me dio mucho coraje. Había perdido tanto tiempo con ellos y nos terminaron corriendo a toda la comunidad.

¿Los zapatistas tomaron sus tierras?

Sí, pero poco apoco las fueron abandonando. A lo mejor en un principio un 90 por ciento de la comunidad era zapatista. Pero ahorita un 10 o un 5 por ciento son zapatistas. Como zapatistas los obligan a no recibir ningún apoyo del gobierno. ¿Y entonces la gente qué va a hacer? Si ahora ya no hay finqueros allá, no hay ganaderos que den trabajo a esa gente que quiere comer. Mucha gente decide salir y se va a alguna organización diferente a gestionar proyectitos para subsistir. Los zapatistas les han prometido algo que nunca van a ver.

¿Por qué no han podido cumplir los zapatistas?

El EZLN no tiene dinero suficiente para meter tractores en las comunidades, para poner a trabajar a esa gente. Ahora hay poca gente en lo que ellos llaman su “resistencia”. Por aquí pasa el cable de luz y ellos están en la oscuridad. La escuela y el campo deportivo tienen luz. Son más los que quieren vivir bien y ver la luz.

¿Y ahora qué piensa de todo lo que le enseñaron los zapatistas?

Está bien bonito,como lo decía Marx, que no debe haber pobres. Pero en un sistema socialista el cab... que no trabaja también va a ganar y comer como yo que trabajo mucho. Entonces mejor no voy a trabajar. Por lo tanto es mejor el capitalismo, porque nadie me va a quitar lo de mi trabajo.

¿Qué fue lo positivo del zapatismo en 20 años?

Le abrieron los ojos al gobierno. Hace mucho no podíamos establecer un negocio como el que tenemos ahorita, porque a la gente indígena no nos tomaban en cuenta. Ahora sí,donde quiera están abiertas las oficinas y nos tratan parejo. El que quiera poner un negocio que lo ponga, solo tiene que pagar impuestos. Ha sido un gran cambio.

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