20 de Septiembre de 2018

México

La tierra se traga a los habitantes del Valle de México

63 colonias de esta región sufren hundimientos que han afectado de manera alarmante sus viviendas.

Algunas de las colonias del Valle de México presentan a diario escenas que podrían ser parte de cualquier película apocalíptica, pero que corresponden a la realidad de millones de habitantes. (Imágenes y gráficos/ Excesior)
Algunas de las colonias del Valle de México presentan a diario escenas que podrían ser parte de cualquier película apocalíptica, pero que corresponden a la realidad de millones de habitantes. (Imágenes y gráficos/ Excesior)
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Agencias
CIUDAD DE MÉXICO.- Como si fuera zona de catástrofe y a la tercera sección de Ermita Zaragoza, de la delegación Iztapalapa, la acabara de sacudir un terremoto, un centenar de casas están trazadas por enormes fisuras, con techos agrietados, bardas inclinadas, marcos descuadrados y pisos desnivelados. Por su alto grado de afectación, muchas de estas viviendas dan la impresión de que en cualquier momento se van a desplomar. Pero por más alarmantes que sean estas imágenes, no es una situación exclusiva de esta colonia, sino que se repite en al menos otras 63 del Valle de México, donde habita un cuarto de millón de personas.

Son unos 40 kilómetros cuadrados con una extensión similar a la delegación Miguel Hidalgo, a los que literalmente se los está tragando la tierra. Entre las áreas más afectadas por el hundimiento acelerado del Valle de México están: Venustiano Carranza, Iztapalapa, Ecatepec, Nezahualcóyotl e Iztacalco.

Desde hace más de medio siglo, el primer ingeniero en advertir sobre los preocupantes hundimientos en la Ciudad de México, debido a la excesiva extracción del agua, fue el doctor por Harvard, Nabor Carrillo, experto en mecánica de suelos, y uno de los rectores de la UNAM.

A pesar de los focos que han encendido innumerables ingenieros desde Nabor Carrillo para intentar frenar el hundimiento en el Valle de México, todavía no se ha revertido este mal, y el suelo  en varias zonas del oriente de la ciudad caen sin freno.

Un testigo silencioso y ejemplo socorrido para mostrar el hundimiento del suelo en la Ciudad de México es el Ángel de la Independencia. El día de su inauguración, en septiembre de 1910, había una escalinata de nueve peldaños que llevaban al pie del monumento, sin embargo, en un siglo se le fueron agregando 17 escalones que suman unos tres metros sobre el nivel de la calle del que ha ido emergiendo.

La Catedral Metropolitana también tuvo que ser renivelada en sus cimientos; había casi dos metros de declive desde su puerta hasta el altar mayor.

El Ángel de la Independencia no simboliza precisamente el área más crítica del hundimiento sufrido por la ciudad, pues hay zonas donde el asentamiento que se ha presentado desde la época de la Revolución, ha sido superior a 13 metros.

Elevado grado de afetación

En el laboratorio de Geoinformática del Instituto de Ingeniería de la UNAM se elaboró un modelo para estimar el hundimiento regional a largo plazo, que concluyó que éste, en los puntos más afectados podrían rebasar los 30 metros, que significaría una profundidad similar a un edificio de diez pisos.

Excélsior recorrió algunas de las 63 colonias y de las 14 avenidas principales que cruzan la zona de mayor hundimiento del Valle de México, que abarcan más de 40 kilómetros cuadrados, de acuerdo con el mapa diseñado por la Facultad de Ingeniería de la UNAM.

“El área de estudio está ubicada en la Zona del Lago, que se caracteriza por tener materiales altamente compresibles, que se deforman muy fácilmente con la aplicación de una carga. Este suelo podemos compararlo literalmente con una superficie pantanosa o de lodo”, explicó a Excélsior Gerson Vázquez Salas, maestro en Geotecnia por el Instituto Politécnico Nacional, IPN.

El Valle de México está sometido a un fenómeno natural llamado hundimiento regional, el cual provoca una afectación que varía desde uno a 14 centímetros sin necesariamente aplicar carga alguna.

El área más firme, con menor hundimiento de la ciudad, se ubica en la periferia de las delegaciones Azcapotzalco, Gustavo A. Madero, Cuajimalpa, Tlalpan y Milpa Alta, pero la parte donde el suelo se comporta como si fuera gelatina, según Vázquez Salas, afecta de manera dramática al menos a cinco demarcaciones de la Ciudad de México y del Estado de México.

Para percibir el daño ocasionado por este fenómeno no es necesario conocer de complejos modelos matemáticos, basta con echar un vistazo a las avenidas onduladas, las casas habitacionales agrietadas y edificios inclinados.

En Avenida Central son centenares de casas y negocios que están agrietados, reclinados entre sí o totalmente ladeados.

Mientras que el carril izquierdo de Congreso de la Unión se volvió casi intransitable por los conductores que evitan golpear las suspensiones de sus autos con los cimientos del Metro que se asoman sobre la avenida.

En la calzada Zaragoza las deformaciones del asfalto son tan pronunciadas que obligan a saltar al vehículo más pesado. Y a unos metros de esta vía, que conecta a la Ciudad de México con Puebla, está la calle Siervo de la Nación, a la altura de la estación Santa Marta de la Línea A, donde se localiza una nueva grieta muchos más ancha que cualquier llanta de un tráiler y más profunda de un metro, que parece salida de una película de Hollywood.

Diversas estaciones de La línea A, que corren de Pantitlán hacia La Paz, han tenido que cortar sus servicios por más de un bimestre para rehabilitar tramos superiores a 250 metros de longitud afectados por el hundimiento.

“En Iztapalapa, hace dos años, hicimos un estudio para construir un pequeño edificio de dos niveles, y el asentamiento que calculábamos en una década era de 1.20 metros. Totalmente inaceptable, así que cimentamos la estructura a 40 metros de profundidad para evitar el hundimiento, de lo contrario, los daños evolucionarían como ha sucedido con miles de casas construidas sin supervisión de algún ingeniero”, alertó  Vázquez Salas.

El día a día

Una de las cien casas de la colonia Ermita Zaragoza en Iztapalapa, que parece azotada por una catástrofe natural, es la de Saúl Santiago Escartí.

Hace 35 años llegó a vivir ahí cuando su mamá adquirió el terreno. A consecuencia del hundimiento de la tierra, en tres décadas ha sufrido el desplome de su cisterna en una zona carente de agua; ha tenido que reforzar la barda de su patio a punto de colapsarse; ha cambiado varias veces las tuberías del drenaje y ha visto hundirse casi un metro el pasillo comunitario, ubicado a un costado de su casa.

En la sala del vecino, a espaldas de su hogar, es imposible acostar un vaso de vidrio sobre el piso sin que ruede a gran velocidad.

Vecinos entrevistados por este diario, en forma de sarcasmo, aseguran que habíamos llegado a visitar las casas del Tío Chueco, pero también con miedo dudaban si su propiedad era viable para soportar un fuerte movimiento telúrico sin venirse abajo.

“La gente de a pie sólo trae un albañil a su terreno y ellos son los encargados de cimentar la estructura, sólo con su conocimiento empírico y sin ningún estudio de por medio. No saben que tienen que cumplir con un reglamento de construcción, realizar estudios y dejar distancias entre casa y casa; desconocen todo eso. Las consideraciones de los propietarios están basadas en sus posibilidades económicas, y pues toda la gente necesita un techo donde vivir, así sea enfrentando adversas condiciones”, argumentó el ingeniero civil, especializado en estructuras de la UNAM, Osiris Aguilar.

La mayoría de estas casas de la zona oriente fueron construidas sin supervisión y sin poder llegar hasta la capa más dura del suelo que a veces se encuentra a 60 metros de profundidad, y sus cimentaciones quedaron anclados sobre una tierra acuosa e inestable.

A diferencia de las referidas casas habitacionales, las construcciones con gran inversión como el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, con fuertes cimientos y con un constante mantenimiento, a pesar de también compartir la geografía de mayor hundimiento del Valle, tienen mínimos riesgos.

“Me preocupan una serie de edificios, tal vez no tan altos, habitacionales, que están en situación de riesgo no por el sismo, sino por falta de mantenimiento. La falta de mantenimiento es grave porque va quitándoles su resistencia y con el paso del tiempo se caen solos”, advertía hace unos meses para este diario Renato Berrón Ruiz, del Instituto para la Seguridad de las Construcciones.

Tan graves son los daños originados en muchas de las estructuras localizadas en la llamada Zona del Lago, que ya se volvieron mundialmente conocidos por los ingenieros geotécnicos.

Aunque este acelerado hundimiento podría intentar frenarse al disminuir la extracción de agua de los pozos profundos de la ciudad, la realidad es que 70 por ciento de este líquido que consumen más de 20 millones de habitantes se obtiene precisamente del subsuelo y sólo un 30 por ciento llega del sistema Cutzamala.

Se calcula que existen unos 700 pozos en operación, sin embargo, hay investigaciones como la del doctor Enrique Santoyo Villa, quien fuera jefe de la Sección de Mecánica de Suelos de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, llamada “Historia y actualidad del hundimiento regional de la Ciudad de México”, que asegura que son muchos más, por lo menos mil 600, sin contar innumerables pozos clandestinos.

La única certeza de los ingenieros consultados es que en un futuro las casas mal cimentadas van a seguir hundiéndose y no lo harán de manera uniforme; continuarán las bardas fisuradas, techos agrietados, pisos desnivelados, y está la latente amenaza de que colapsen.

(Información de Excelsior) 

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