17 de Julio de 2019

México

¿Mami, cuánto vale mi vida? Matan a su hijo por 5 mil pesos

La madre de escasos recursos tardó en pagar el rescate.

El tercer pago por 2 mil pesos lo entregaría Rosa en un sobre de color amarillo en un predio ubicado en el municipio de Teocelo. (Vanguardia)
El tercer pago por 2 mil pesos lo entregaría Rosa en un sobre de color amarillo en un predio ubicado en el municipio de Teocelo. (Vanguardia)
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Agencia
Ciudad de México.- "Mami, ¿cuánto vale mi vida?", preguntó Carlitos agitado desde el teléfono. La inocencia de un niño de 13 años ignoraba -quizá- que esa llamada era el ultimátum de sus secuestradores; que horas después sería asfixiado con una bolsa de plástico porque su familia no pudo pagar a tiempo por su rescate. Porque no hubo dinero.

El último recuerdo con vida de Carlos Arturo N.V., es del lunes 24 de junio, cuando despidió a Rosa -su madre- en la puerta donde ella se gana la vida como trabajadora doméstica. "Te quiero mucho, ma", dijo con su voz ronca y colocó sus audífonos blancos para marcharse dando saltos a su escuela, la secundaria Jesús Reyes Heroles, en Xalapa.

Carlitos –como aun lo llaman sus familiares y amigos- vestía pantalón color gris, camisa blanca tipo polo y zapatos escolares negros "bien lustrados", como Rosa lo enseñó. Esa noche él saldría a las 19:40 horas y en su casa lo esperaría su madre con un chocolate caliente y dos piezas de pan -un volcán y una concha de vainilla.

Como pocas veces –cuenta la madre-, Carlitos no aparecía dando gritos por la casa donde ellos rentan. La angustia invadió a Rosa cuando dieron las 23:00 horas. "¿Le habrá pasado algo malo", pensó Rosa, sin saber que 20 minutos más tarde su vida cambiaría con una llamada.

Carlitos estaba secuestrado

"¿Valoras la vida de tu hijo?, vas a depositar 100 mil pesos"

A las 23:20 horas, Carlos llamó al teléfono de la amiga de su madre. "¿Está mi mamá?, ¡pásenme a mi mamá!", solicitó. Rosa escuchó su voz angustiada. ¿Mami, cuánto vale mi vida?, "¿Por qué, mi amor?, ¿Dónde estás? y luego una voz gruesa tomó el rumbo de la negociación.

"¿Valoras la vida de tu hijo?, vas a depositar 100 mil pesos mañana si quieres volver a verlo". Rosa apenas contaba con 150 pesos que obtuvo limpiando pisos y ventanas. En unas 16 horas, y con ayuda de conocidos, reunió mil 200 pesos. "Me marcaron a las 7 de la mañana y les dije que no tenía más. Es que de verdad no tenía más", se lamenta la mujer aun con su mirada fija.

De acuerdo con información de la Fiscalía General del Estado (FGE), la noche del 24 de junio, Carlos fue llevado con engaños desde la escuela secundaria general #6, ubicada en la colonia Progreso Macuiltépetl, hasta la parada de autobuses de la calle Villahermosa, en la misma colonia.

En ese sitio, probablemente Lorenzo "N" y Joaquín "N" privaron de su libertad al menor, para posteriormente llevarlo a un lugar conocido como "Cerro del estropajo", ubicado a unos metros de la terminal de autobuses Jaramillo, cerca de un tanque de agua.

En ese lugar, el chico de 13 años, estuvo cautivo al menos cuatro días. "Le quitaron su uniforme y me lo dejaron en pura ropita interior. Nunca pensé que a nosotros nos tocaría vivir algo así", maldice la madre.

La impaciencia de los secuestradores provocó que el rescate se fijara en 5 mil pesos. Ellos, aseguraron, enviarían a Carlos en un taxi hasta su casa. Era mentira. Rosa entregó en tres partes la cantidad exigida, dos depósitos los hizo desde un banco a la cuenta de una persona ya finada, confirmaron autoridades a la madre.

El tercer pago por 2 mil pesos lo entregaría Rosa en un sobre de color amarillo en un predio ubicado en el municipio de Teocelo, a unos 25 kilómetros de Xalapa, capital de Veracruz. Los dos secuestradores fueron detenidos en operativos distintos; uno de ellos confesó, que parte del pago del secuestro, lo ocuparía para una "deuda por drogas".

"Señora, encontramos dos cuerpos"

Rosa cumplió con los protocolos de una desaparición. El 24 de junio dio parte a las autoridades sobre la desaparición de Carlitos y su fotografía fue boletinada en ministerios públicos, hospitales y servicios médicos forenses. El 25 de junio interpuso una denuncia ante la Unidad Especializada en Combate al Secuestro (UECS) y se inició la carpeta de investigación 3920/2019.

Pasaron cuatro días sin respuestas. "Fueron las horas más largas de mi vida, llenas de angustia", describe la madre. Las autoridades veracruzanas tuvieron 96 horas para resolver el plagio que no lleva las huellas de la delincuencia organizada.

En dos operativos distintos la Unidad Antisecuestros –recién nombrada por el Fiscal Genral Jorge Winckler como la mejor del país- habían capturado a dos presuntos responsables; del paradero de Carlitos no había nada. Fracasaron.

El 27 de junio, una llamada sacudió el cuerpo de Rosa. "Me dijeron que habían aparecido dos cuerpos. Yo fui al SEMEFO, como a las 13:00 horas y reconocí el cuerpo de mi hijo. Nunca me esperaba que me lo mataran. Mi vida se vino para abajo, fue un dolor fuerte. Lo asfixiaron con una bolsa de plástico. Me lo dejaron con pura ropa interior, en una bolsa negra, semienterrado en una fosa", recuerda consternada.

Carlitos nunca volvió a casa para probar su chocolate caliente y sus piezas de pan que más disfrutaba. Su crimen significó el número 16 donde una víctima de secuestro es asesinada, pese a que las familias pagan por su rescate, según el Fiscal Jorge Winckler. A Rosa le ganó el tiempo y la pobreza.

Veracruz ocupa el primer lugar nacional en secuestros, de acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SSP). Entre el 1 de enero y el 31 de mayo de 2019 han sido interpuestas 160 denuncias por este delito.

El sueño de Carlitos, comprar una casa a su mamá cuando fuera grande

En el barrio donde creció Carlitos, lo recuerdan como un chico callado, acomedido y juguetón. A sus 13 años, la única malicia que había en él la demostraba levantando los hombros cuando su madre lo mandaba a la tienda por tortillas, verduras o pollo.

"Como todo adolescente estaba en su etapa de rebeldía. Ya le estaba cambiando la voz. Era buen chamaco, se lo aseguro. No tomaba, ni fumaba ni hacías de esas", dice Pedro, un conocido de la familia quien protege a Carlos de comentarios en redes que incluso lo relacionan como delincuente.

Pedro recuerda que recién lo había acompañado a la peluquería, donde Carlitos pidió que sus cabellos lacios fueran recortados al estilo casquete corto, para cumplir con las exigencias de su escuela.

"A veces me acompañaba al centro por algunos mandados y me ayudaba en mi oficio de carpintero. Con nosotros se enseñó a ganarse la vida por el camino derecho. Estaba aprendiendo a hacer sillas, cocinas integrales, camas matrimoniales. A su mamá le decía que cuando era grande le iba a comprar una casa para que así ellos dejaran de rentar", comparte Pedro.

Rosa, su madre, tampoco niega que Carlitos era un niño travieso, que hacía cosquillas a ella y a su tía, que vacilaba con que algún día tendría una novia. "A mi niño le gustaba estudiar, era bueno. Todavía me pongo a escuchar sus carcajadas en audios que nos mandaba por el teléfono".

La dueña de una tienda ubicada en la esquina de la casa donde Carlos creció, lo recuerdan cuando un cliente fanático de las galletas choquis o emperador de chocolate y de tortas de piernas, que pedía "bien doraditas".

"De Carlitos puedo decirte que fue un niño acomedido, nunca le escuché una mala palabra, si me veía con bolsas del mandado, me decía que él me ayudaba. Siempre se paseaba por aquí con su bermuda color caqui, una gorrita roja, sus lentes y sus audífonos".

A Carlos no solo lo echan de menos sus amigos que jugaban con él a las escondidillas y al futbol en el parque del barrio. Sobre la reja de la casa donde él creció se aprecia un cachorro chihuahueño color café que Carlos nombró Skip.

En el perfil de Facebook del chico, que aún es público, solo se aprecian dos fotos como contenido. Una donde se le ve sonriente y abrazado de su madre; la otra imagen es de su mascota a unos días de haber nacido.

"El perrito es de las cosas que más quería mi Carlitos. Para todo jalaban juntos. Yo no sé si usted cree en esas cosas, pero desde que a Carlos lo mataron Skip se la pasa ladrando en esa reja; casi no come y se le triste", cuenta Rosa.

Carlitos y Skip corrían de extremo a extremo en el parque donde ahora niños juegan con sus padres y amigos. Hoy del niño regordete y risueño solo hay recuerdos de una familia que exige justicia, que lamenta también que a 10 días de su asesinato, ninguna autoridad le ha ofrecida ayuda.

"Yo pido justicia para mi hijo, y pido a las autoridades que me apoyen en lo que puedan, ya pagamos como pudimos su funeral, pero estoy pasando por una situación donde me quedé sola; no tengo trabajo, ni tengo dinero", sentencia la madre, cautiva, ya en las secuelas de un secuestro.

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