26 de Septiembre de 2018

México

Viven 120 niños 'presos' en Santa Martha Acatitla

Viven con sus madres en el penal de Santa Martha Acatitla, y como no son considerados un grupo vulnerable no tienen protección especial del Estado.

Maribel limpia cuartos y lava ajeno para tener dinero y poder mantener a su hijo Zaid. (Omar Franco/Milenio)
Maribel limpia cuartos y lava ajeno para tener dinero y poder mantener a su hijo Zaid. (Omar Franco/Milenio)
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Galia García Palafox/Milenio
MÉXICO, D.F.- El tiempo en la cárcel se cuenta con precisión suiza. En un año - un mes - 24 días, Donovan saldrá de Santa Martha Acatitla.  América tiene 12 años - siete meses - 25 días de sentencia. Donovan cuatro años - 10 meses - siete días de edad. Todos los ha pasado en prisión. 

Donovan nació en la cárcel. Fue un embarazo no planeado -tampoco deseado, dice América. El padre era “su causa”, como se le dice en prisión a la razón por la que alguien delinquió, la razón por la que América participó en el robo de un coche. 

América ya tenía tres hijos: una bebé y un niño de 10 años que se quedaron con sus tíos y otro que se quedó solo. No había más parientes ni amigos para encargarles otro hijo. Para Donovan, recién nacido, el único hogar posible era el de su madre: Santa Martha. 

Desde que nació, el niño y la madre se han separado una vez durante unas siete horas: el día que Donovan y el resto de los niños del penal fueron al Museo de El Papalote. Fue la primera vez que Donovan salió a la calle. Regresó emocionado, había visto agua, arena, un juego de clavos que no pican, cosas. Había visto ¡motos, muchas motos¡

- ¿En el Papalote hay motos, Donovan?

- Pero en la calle, en la calle vi motos.

Eso, la calle que no conocía, fue lo que más le impresionó a Donovan. Le faltó ver un chango, pero está seguro que lo verá en un año - un mes - 24 días, cuando se vaya a “la fundación” y lo lleven a un zoológico. 

- ¿Cómo es un chango, Donovan?

 - Son negros y tienen orejotas, y hacen uhhhhhhhh. 

Maribel, cumpliendo una sentencia por secuestro, dice que su hijo Zaid conoce tres animales: los gatos que deambulan entre los edificios de Santa Martha, las cucarachas que pasean por los dormitorios y las chinches que viven en los colchones. 

Los niños y sus madres

Unos 120 niños viven en Santa Martha con sus madres. Todos nacieron ahí y podrán permanecer hasta los cinco años 11 meses. Solo pueden vivir en prisión los hijos que nacieron cuando su madre ya estaba presa, porque haya llegado embarazada o se haya embarazado en reclusión. 

Según la Fundación Reinserta, que imparte talleres a madres de Santa Martha, en el país, hay 377 niños viviendo en prisiones. 

Un informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos publicado en mazo de 2015, reportó  51 penales femeniles donde viven niños, en otros 10 no está permitido. Las reglas varían de estado a estado, mientras en penales de Guanajuato y Quintana Roo solo pueden permanecer hasta los 18 meses, en Chilpancingo la CNDH encontró niños de hasta los 12 años.  En la mayoría no hay guarderías ni escuela. Al menos en Chalco, Mil Cumbres, Michoacán y Cancún, Quintana Roo, no hay pediatra que atiendan a los niños cuando se enferman.  

Maribel no miente cuando dice que su hijo conoce bien las chinches. El informe de la CNDH reportó chinches en los dormitorios y zanahorias con hongos en la comida de las internas de Santa Martha. 

Cendi de Santa Martha Acatitla 

Es viernes en el Cendi de Santa Martha Acatitla y las uniformadas de beige o de azul dejan a sus hijos a las 09:00 horas. Susana, de azul el color de las sentenciadas, cruza el área de salones y llega al salón de eventos. Carga a Sherlyn, de cuatro años tres meses, se sienta, la pone en sus piernas, y la envuelve en sus brazos. Todas las madres que han llevado a sus hijos a la plática de la organización Asexoría sobre prevención de abuso sexual hacen lo mismo. A algunas las piernas de los niños les llegan a media pierna, pero ninguna lo suelta para que camine. 

Sherlyn no fue a clases porque está enferma del estómago y el médico mandó desparasitar a la hija y a la madre. 

"Estamos conectadas", dice casi orgullosa Susana, una mujer de 29 años, y dos hijos. Uno adentro y otro afuera, como se dice. Las pocas veces que Sherlyn sale a casa de su abuelo, la madre y la hija se enferman. 

"Me da mucha gripe y mucha tos. Hasta mis compañeras me dicen 'para qué la sacas'… ella también se enferma afuera”.  La primera vez que se atrevió a dejarla salir fue por una epidemia de varicela entre los niños. Sherlyn ya tenía dos años. 

Esta es la tercera vez que Susana está en Santa Martha y está segura que es por algo. Que Dios lo quiso así para que aprendiera a ser madre, y atendiera a su hija como no lo hizo con el primero. Por eso a Sherlyn le tiene que dar todo, todo lo que puede desde donde está. 

“Los psicólogos me estaban comentando que Sherlyn no quiere obedecer y eso es a base de todo lo que le he dado. Dicen que parece una niña más grande". 

Sherlyn quiere una tostada de tinga y Susana se la compra aunque está enferma. Sherlyn quiere un jugo Bonafina de un litro y Susana se lo compra. Para algo trabaja haciendo trencitas entre las mesas en día de visita. 

Elizabeth, una de las maestras del Cendi, dice que muchos niños que son violentos o están muy desarrollados, y otros que a los tres años no caminan o no hablan, que hay madres que los sobreprotegen y otras que no los atienden o los golpean. Aunque muchos de esos niños que no son atendidos van poco al Cendi. Hay 80 niños matriculados, pero menos del 40 por ciento asiste a clases regularmente.

Donovan y América

Donovan y América tienen una relación complicada. Hoy ella no tiene un peso en la bolsa porque está castigada y no puede trabajar. Peleó con una custodia frente a Donovan, el niño empezó a llorar y se metió entre las dos mujeres. “Ella dijo tú cállate … yo dije que se fuera mucho al, y como quieras, porque tú estás de negro (el color de las custodias) y yo estoy de azul, pero por mi hijo sí lo hago todo”, cuenta América. 

Por su indisciplina la mandaron llamar a Consejo. Donovan culpó a su mamá. “¿Ya viste?, por tu culpa me gritan. ¡No! ya no quiero que te salgas, ya no quiero que te castiguen, ¡ya no, ya no¡¨, gritaba el niño. En otra época, antes de sus clases de maternaje, América le hubiera pegado, o al menos le habría tapado la boca para que sus compañeras de dormitorio no protestaran por los gritos del niño. Hoy está tratando de cambiar. 

Y como Donovan lo predijo, a su mamá la castigaron con tres meses sin visita y perdió su trabajo de canastera, cargadora de mesas. 

Las reclusas mantienen a sus hijos con el dinero que les dan sus familias cuando las tienen, pero otras como América tienen que trabajar adentro para comprarles ropa, pañales, zapatos, darles de comer por las tardes -en el Cendi les dan desayuno, comida y algo para llevar de cena. Los que no van al Cendi comen lo que les dan a las madres. 

Por su parte, Maribel dice que "cuando no tengo comida bajo al rancho (área de alimentos) y de ahí le doy leche y atole a mi hijo”.  A veces consigue una calabaza y le hace una sopa a Zaid. 

Maribel limpia cuartos y lava ajeno para tener dinero: tres pesos por pieza lavada y 30 por la limpieza; Susana aprendió a hacer trenzas y América carga garrafones y hace mandados por 5 o 10 pesos.

Sherlyn y Susana

Sherlyn está triste además de enferma; en la mañana llegó a su dormitorio una amiga de su mamá. Iba a despedirse, se iba. 

- ¿Y Nicole?, preguntó Sherlyn sobre la hija de la mujer. ¿También se va a ir libre? Dile que la quiero mucho y que la quiero ver en la calle. 

Libre, afuera, la calle, cuando salga, son palabras comunes entre los niños; las usan para hablar de lo desconocido y también de la tierra prometida. 

Pero es viernes y Sherlyn sabe que se acerca uno de sus días favoritos. Cada sábado ella y su mamá se suben con otras reclusas al camión que va al Reclusorio Oriente a visitar parientes y parejas. Susana va a ver a su hermano y de paso a su novio. Lo conoció en su  visita semanal hace dos años y desde entonces se ven cada semana. A veces, Sherlyn lo llama papá. Dice que como no están casados, no pueden tener “convivencia” -visita conyugal-, aunque otras reclusas platican que siempre hay formas. 

Las madres pueden llevar a sus hijos a la visita conyugal hasta que cumplen dos años. Pero Maribel, que no tiene visita, dice que por temor a dejarlos solos, hay madres que los esconden y los meten a visita a cualquier edad. 

América tampoco tiene convivencia, pero su mejor amiga sí. Compartían dormitorio hasta que las separaron cuando se dieron cuenta que sus hijos tenían juegos inapropiados para su edad. Maribel no culpa a su amiga, son como familia, pero sabe que la niña había visto más de lo que debe ver una niña de tres años. Primero se preocupó, pero dice que los psicólogos le explicaron que los niños deben experimentar “aunque con su propio cuerpo”. 

Saskia Niño de Rivera, fundadora y directora de Reinserta, armó una pequeña biblioteca infantil y ludoteca en lo que era el almacén de uno los dormitorios. Lo llaman "la bebeteca" y es el único lugar en Santa Martha donde las madres pueden estar solas con sus hijos después de las 14:00 horas que cierra el Cendi. El resto de la prisión es área abierta para todas las reclusas con hijos y sin ellos. 

Por eso Maribel se encierra con Zaid a las 18:00 horas. “A esa hora ya se ve de todo en el kilómetro”, dice, “mujeres drogándose, cobrando, peleando”. Tampoco pisa con su hijo el dormitorio D, que tiene fama conflictivo, donde hay leyendas como la de la mujer que quemaba a sus gemelos con el cigarro, o el suicidio nocturno del que todas hablan. 

“Yo soy muy desconfiada. Porque aquí hay gente por asesinato, pero realmente tienen una vida y fueron diez minutos de desesperación, esos 10 minutos acabaron con la vida de una persona y yo no puedo dejar a mi hijo con alguien así. Solo con mis compañeras y no por más de 20 minutos”, dice. 

A las 20:00 horas ya está acostada con su hijo abrazado. Los dos en la misma cama como todas las reclusas, los niños no tienen su propio dormitorio, menos su propio colchón. 

“(Dormimos juntos) en una cama como plancha del Semefo. Este espacio es el que tenemos”, separa sus manos unos 60 centímetros.

Directora de Reinserta

Saskia Niño de Rivera, fundadora y directora de Reinserta, bautizó a los menores en prisión como “los niños invisibles”. “Como no está estipulado en una ley no hay un nombre legal para ellos”, dice. 

Reinserta, su fundación, está promoviendo que sean considerados un grupo vulnerable, como lo son los niños migrantes o con discapacidad. “Se necesita una comisión especial de seguimiento para atender a los niños y niñas en prisión”, dice. Para ello, han promovido un punto de acuerdo en comisiones del Senado y solicitado que se reforme la Ley General de Niñas, Niños y Adolescentes y los agreguen como grupo vulnerable. De esa forma, las dependencias tendrían obligación y presupuesto para atenderlos. 

Los directores de prisiones buscan formas de mover recursos para atender a los niños, pero no hay presupuesto asignado para ellos -por eso no hay camas-, dice: “si un niño se enferma es complicado hasta conseguir una ambulancia”. 

El informe de la CNDH dice que es “obligación del Estado procurar que el entorno previsto para la crianza de los niños sea el mismo que el de los niños que no viven en centros penitenciarios”. Para ello, y de acuerdo con las Reglas de Bangkok, las autoridades deben brindar a las internas embarazadas o lactantes una dieta especial, y a los niños alimentación puntual y adecuada, servicios de salud y educación.

Los mejores amigos

América y su amiga cuentan orgullosas una escena recurrente.

Donovan y Danaé -tres años y cinco meses- se sientan en cuclillas frente a una pantalla que no prende con una bolsa invisible de palomitas en sus manos. 

“Vamos a ver Frozen", dice Danaé, “ya va a empezar. Elsa y Ana están jugando en su palacio. Todo se congela". 

Danaé canta el tema de Frozen. Donovan la sigue aunque nunca ha visto Frozen. En la prisión no hay cine. Pero tiene a Danaé, su mejor amiga, la maestra que sale a visitar a su abuela y que regresa a contarle lo que vio afuera. 

-¿Qué te cuenta Danaé?, le pregunto a Donovan. 

- Vamos a ir al supermercado, Donovan. Llevas un carrito, dice Danaé. 

- No me explica bien, contesta Donovan.

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