18 de Diciembre de 2017

México

Tras 'infierno' en penal de Durango, sólo queda el silencio

Después del motín en el que perdieron la vida 14 presos y 9 custodios, el Cereso número 2 fue cerrado definitivamente; "nada de nada nunca más".

Exterior del penal de Gómez Palacio, de donde fueron trasladados 550 reos a diversas prisiones. (Notimex)
Exterior del penal de Gómez Palacio, de donde fueron trasladados 550 reos a diversas prisiones. (Notimex)
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Juan Pablo Becerra Acosta/MILENIO
DURANGO, Durango.- El domingo antepasado decenas de reos del fuero federal fueron transferidos del Centro de Readaptación Social de Gómez Palacio, Durango, hacia prisiones federales.

El martes siguiente muchos de sus familiares se inconformaron y realizaron manifestaciones a las puertas del reclusorio.

Dos días después de esa protesta en la calle, cientos de reclusos se amotinaron. El Cereso 2 se convirtió en un infierno. Un infierno que ardió sin control durante horas. El saldo fue de 23 muertos: catorce presos y nueve custodios.

El miércoles pasado el gobierno local decidió cerrar definitivamente el lugar y trasladar a diferentes penales del país a los 550 reos. El sitio se había vuelto incontrolable: tenía un largo historial de hechos violentos.

MILENIO entró al lugar horas después de que fuera vaciado…

El 'Purgatorio'

Silencio. Silencio ensordecedor. No se oye absolutamente nada. Pareciera que el sentido del oído se hubiera perdido. El ruido que producen los pasos del camarógrafo y el reportero, los ecos de las pisadas, demuestran que no es así. Es solo la sordera del abandono que invade todo el ambiente al dejar de caminar.

Los pasillos que atraviesan la prisión, normalmente bulliciosos, inundados de palabras expelidas por reos, custodios, funcionarios, abogados y visitantes, yacen vacíos. Sin habla.

Los patios más grandes, que de día suelen ser escandalosos, lugares donde los hombres se ejercitan, fuman, conviven en grupo, o vegetan, están desolados. Sin gente. Mudos. Sólo hay paredes heladas. Púas filosas y alambradas intransitables. Muros infranqueables. Torres de vigilancia sin movimiento a su interior. Una de éstas tiene los cristales rotos y los muros baleados: familiares de los presos —o cómplices delincuenciales de los reos— arremetieron con armas desde la calle, en tanto el motín se desarrollaba al interior.

En los patios más pequeños, los adyacentes a los dormitorios, hay algunas prendas que se quedaron ahí, colgadas al sol, en alambres que van de muro a muro: calcetines, camisetas, sudaderas que se secaron pero que nadie volverá a vestir. Las celdas tienen las puertas abiertas. Todas. Lucen repletas de ropa y de gran variedad de pertenencias abandonadas. Como la ropa, que en su mayoría está tirada en el suelo. Acaso los presos habrán tenido instantes para coger un par de piezas —un suéter, una chamarra tal vez—, cuando les llegaron a avisar que el juego y el autogobierno había terminado. Que ni una riña más, que ni un apuñalado más, que ni un colgado más, que ni un drogadicto más.

Que cero tráfico de estupefacientes. Que ni una tacha más, que ni un porro más, que ni un chocho más, que ni una línea más de coca; que ni una jeringa más con ampolletas de Valium para inyectarse, como las que hallamos tiradas por ahí. Que ni un preso más con televisiones, reproductores de música o ventiladores (decenas de estos aparatos, decomisados antes de la riña colectiva, yacen apilados frente a la aduana del Cereso). Nada de nada nunca más.

Se acabó, les habrán gritado antes de treparlos en autobuses. Ni un custodio o funcionario más perseguido en las calles aledañas, levantado después, y luego colgado sin piedad en el puente más cercano al reclusorio, como solía suceder de cuando en cuando, según le confirma a MILENIO la SSP.

Algunos presos tapizaban sus celdas (huecos de unos tres y medio metros de fondo por dos y medio de ancho) con posters deportivos (El Chicharito, Santos…), otros con enormes estampas religiosas y políticas (la Virgen de Guadalupe, Jesús, el Che Guevara). Unos más, en las paredes más cercanas a las literas de cemento en las que dormían, se acercaban a sus ilusiones con fotografías de inasibles mujeres carnosas que los acompañarían en tantas y tantas noches de anhelos frustrados.

Había uno que otro artista: uno de ellos usó la pared de su pequeño reclusorio como mural, lo llenó con las imágenes más coloridas y alucinadas que pueda haber sobre el submundo del narco y su patrona, la llamada santa muerte, representada en este hoyo de mil maneras. El artista recargó en un buró, en una mesita, un cuadro de su manufactura con una planta de mariguana: “El verde es vida”, la bautizó.

Literatura no hallamos. Sólo un libro. El Libro. La Biblia, que es lo que rola masivamente en estos purgatorios que son helados en invierno y ardientes en verano, iglús donde los presos tienen que cubrir los barrotes con sarapes para protegerse de las heladas. Y en las calcinantes jornadas, pues nada, a sudar en el horno, o a traficar un ventilador. Purgatorio de tantas penas…

Batalla final. El Infierno

Dicen los forenses que los rastros de sangre hablan. Que narran historias. Que las manchas hemáticas tienen su propio idioma, su lenguaje particular. Ellos sabrán interpretarlas, traducirlas a partir de sus instrumentos de laboratorio, de sus conocimientos científicos. Aquí esas enormes manchas no hablan. Aquí la sangre derramada susurra cosas incomprensibles, pero sobre todo, grita. Grita de horror. Y eso, eso sí lo entiende.

Rejas abiertas. Vayamos…

Es un túnel. El túnel donde se produjo el mayor enfrentamiento entre reos, custodios y policías estatales. La Policía Federal permaneció afuera del Cereso. El Ejército también, en un segundo perímetro. Los que entraron a rifársela a balazos fueron los estatales.

Balazos calibre .223. Los custodios, a escopetazos. Ahí están, por todos lados, en un torreón, en pasillos, en patios, a los pies de rejas, decenas de casquillos dorados usados, decenas de cartuchos rojos ya inservibles. Pero volvamos al túnel…

Túnel que va del patio adyacente a un pabellón de dormitorios hasta oficinas de juzgados. Túnel del demonio, de paredes oscuras, de piso gris. Túnel de escaleras de cemento. Túnel donde se quedó atrapado el gas pimienta lanzado por efectivos de orden, que al paso de las horas hará pedazos los labios de los intrusos de este día. Túnel del averno. Túnel bañado en sangre. Por todos lados. Paredes, pisos, escalones. Y ahí, ¿qué hay? Un pedazo de… ¿De hueso? Sí: de cráneo. El cráneo de un pelón. ¿Y allá? Porciones de piel ensangrentadas, salpicadas en un muro, cocidas a punta de gatillos.

Colores de la guerra. Rojo devenido morado. Manchas hemáticas que trazan líneas parlantes. Un cuerpo ensangrentado fue arrastrado escaleras arriba. Ahí alguien se quitó un pasamontañas y lo dejó manchado del líquido púrpura de sus heridas. Lo volvieron a arrastrar. Luego ya no. Ya no había caso. Aquí quedó uno de los 22 muertos. Se desangró.

Así lo dicen, lo relatan los charcos coagulados…

Vámonos para otro lado. A respirar. A ver. A ver ese andador junto a una alambrada, ya más lejos del infernal túnel aquel. Ah, cabrón, esto también fue el averno. Las manchas hablan. ¿Cuántos fueron arrastrados por aquí, hasta este muro alejado? Uno. Dos. Tres. Cuatro. En una de esas, hasta cinco. Sangre que caracolea por el piso, lienzo involuntario de cemento. Estarían pidiendo clemencia los sangrantes. ¿O ya andarían inconscientes de tantos golpes, de tantas heridas? Pero sus ropas, esas ropas que quedan, no sólo tienen sangre torturada. Y el piso no sólo exhibe códigos hemáticos. No, eso negro, ¿qué chingaos es? Uta… Carne quemada. Piel quemada, cenizas de ropa calcinada. Aquí les prendieron fuego. Cuatro, cinco perecieron en llamas. El abismo de la monstruosa violencia…

Nos vamos. Caminamos con los botines manchados. Manchados de la oratoria muda del penal de Gómez Palacio y sus sangrantes historias. Nos vamos escoltados por soldados. Vamos sordos. Mudos. En silencio ensordecedor, como el de allá adentro…

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