21 de Septiembre de 2018

Yucatán

'Abrir el corazón al Espíritu para vivir como hijos y hermanos'

Con la fiesta de Pentecostés la creación y la historia reciben un oxígeno nuevo.

La efusión del Espíritu Santo es el don de una vida renovada. (SIPSE)
La efusión del Espíritu Santo es el don de una vida renovada. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- Domingo de Pentecostés. Hech. 2, 1-11; Sal. 103; 1 Cor. 12,3-7.12-13; Jn. 20, 19-23.

Introducción

Con la fiesta de Pentecostés la creación y la historia reciben un oxígeno nuevo. La efusión del Espíritu Santo es el don de una vida renovada cuyo principio está en la vida misma de Dios (1Jn. 5,11-20).

Que se refleja además en los siete dones, que están en lo fundamental de toda vida humana y deben estarlo como base de la actividad de la persona, como para hacer comprender que la “nueva criatura” que nace del Espíritu Santo, recibe su capacidad operativa no de la carne ni de la sangre, sino de la comunicación directa de la vida divina.

Así colabora eficazmente a llevar a cabo la “nueva creación” que se orienta a la realización total y final de la obra de Dios, provee la transformación de toda la creación, para que Cristo Resucitado sea “todo en todos”.

Los textos de hoy describen muy bien estos contenidos. Pues los Hechos recuerdan el inicio de la nueva etapa histórica con el don del fuego del Espíritu; y el Evangelio nos propone la génesis del hombre renovado, que se basa en el amor, la Palabra y el Espíritu.

I.- El don del Espíritu

Cuando Pablo llegó a Efeso preguntó: ¿ya recibieron el Espíritu Santo? Y le respondieron: Ni tan siquiera hemos oído hablar de que sea El Espíritu Santo” (Hech. 19,20). 

Por ello resulta tan importante este domingo que nos eduquemos todos no sólo a conocerlo y celebrarlo, sino a vivir según la dimensión del Espíritu, para que nuestra conversión sea profunda y coherente.

El Espíritu es la fuerza misteriosa del amor de Dios comunicado a la persona para reconducirlo a Dios Padre y hacerle comprender la unidad de la familia humana, en la que tenemos que vencer discordias y divisiones, que disgregan familias y son consecuencia del pecado.

Ahí donde el mal trae la división, separación, incomunicación, marginación y muerte, el Espíritu con su venida y sus dones genera y recrea la unidad y la comunión.

Por ello la exposición de Hechos (2,1-12) es la respuesta exhaustiva de Dios a la provocación del orgullo tonto de los hombres que en Babel (6n.11.1) tiene la presunción de pretender autonomía que prescinde del Espíritu unificador que sólo viene de Dios y que no logra sino la confusión de las lenguas.

El Espíritu que unifica ha estado siempre en la historia humana. En la creación estuvo al inicio “sobre las aguas” (Gn. 1,2); también los profetas Ezequiel y Joel lo habían anunciado; María es cubierta por la sombra de Él (Lc. 1,35); y toda la creación se encamina hacia el final de los tiempos el regreso definitivo del Señor: “El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!”. (Ap. 22, 17)
En los Hechos, el Espíritu se describe como fuego y como viento. Ambos conceptos en hebreo se dicen Ruah.

El fuego y el viento eran signos privilegiados de la manifestación de Dios, ambos llevan este mensaje: son signo de la presencia del Espíritu y éstos se manifiestan en la transformación radical de la persona: de miedosos se vuelven valientes; de ser huidizos y esquivos se vuelven “los que enfrentan”; de estar encerrados en sus casas a salir a predicar la “Buena Nueva” en las plazas.

La familia humana comienza a reconstituirse, la lengua del amor de Dios, que nos hace hijos y hermanos, en el misterio Pascual de Cristo, es comprendida por personas que vienen de diversos pueblos.

La Palabra del Espíritu sabe iluminar a cada persona por encima de los idiomas de cada uno y llegar a sus corazones para invitar a la conversión. Se inicia la era del Espíritu que todo lo renueva y purifica.

II.- 1 Cor. 12, 3-7. 12,13

San Pablo en estas reflexiones nos hace apreciar el esplendor de los dones del Espíritu, que conocemos como “carismas”.

En su variedad, riqueza y especificidad, provienen de la misma única fuente, el Espíritu Santo y tienden a la misma meta: la edificación de la Iglesia.

Estos carismas no impelen a liderazgos individualistas, o comunidades encerradas en sí mismas, sino a dilatar el corazón, abrirse a los hermanos, manifestarse en el compromiso de la caridad hacia ellos, que además, conlleva lograr una armonía con todos los otros dones recibidos.

El Espíritu Santo es el alma de la existencia cristiana y de la Iglesia, en un hermoso comentario, Santa Teresita de Lisieux en su “Autografía”, comenta que estas páginas paulinas son un hermoso retrato de la Iglesia dinamizada por el Espíritu.

“La Iglesia es un cuerpo que tiene un corazón que arde de amor. El amor incluye a todas las vocaciones. Entonces exclamé: ¡en el corazón de la Iglesia yo seré el amor! Y el Espíritu Santo encenderá mi corazón con este amor, para que pueda acceder a la mesa de los pecadores”, llevándoles salvación y esperanza.

San Pablo pone en evidencia: 

  1. El origen único de todos los carismas, el Espíritu Santo.
  2. La variedad de la policromía de sus manifestaciones.
  3. Y el fin único de estos dones: la edificación de la Iglesia.

Dios es un Don gratuito, pero no superfluo. Se narra que en el epitafio de un ateo decía: “Aquí yace fulano, sin saber a dónde ir…”

Que por la gracia del Espíritu, podamos ser: discípulos de Cristo, testigos de su amor, y mensajeros de la buena nueva del Evangelio, para la edificación de la Iglesia.

III.- La génesis del hombre nuevo

La era del Espíritu se inicia con el amor, viento y fuego que anima la nueva creación. (1Jn. 4.10). Así lo vemos en el texto Evangélico, que propone el amor como respuesta  no genérica o emotiva, sino que se manifiesta en un don permanente que nos lleva a: Amar, conocer y observar la Palabra de Dios. (Jn. 14,15s.) para recordarlo todo y profundizar en ella; (V.26). Este amor es animador e inspirador luminoso de toda iniciativa humana y ese amor a la Palabra, vivificado por el Espíritu, es lo que realiza la inhabitación Trinitaria, en el corazón humano. 

Seremos así “Templos vivos del Espíritu Santo” y la habitación de Dios en medio de los hombres. (Ap. 2,20).

Esta conclusión ya Jesús la predice en el diálogo con la samaritana. (Jn. 4, 1-26).

Así como la Virgen María llevó en su seno, cerca de su corazón a su Hijo; Aquel a quien los cielos no pueden contener (1Re. 8,27), viene el Espíritu a posesionarse del corazón humano que lo acoge y recibe, para transformarlo de bastión del egoísmo en una habitación y templo de la Trinidad.

El Espíritu hace de nuestro corazón un lugar de acogida para la habitación de Dios; como el seno de María; al aceptar el amor de Dios entramos en la dinámica del amor Trinitario para volvernos hijos de Dios (Jn. 1,12) y dilata nuestro corazón, para hacernos capaces de amar generando así la fraterna solidaridad de la familia humana. Así nuestra vida es permanente alabanza a Dios. (Mt. 7,21)

IV.- El tiempo de peregrinación, entrenamiento al amor

El texto de San Juan viene profundizando en la Epístola a los Romanos: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios” (Rm. 8,14). Así vemos claramente cómo el Espíritu es el principio activo de la vida cristiana.

Pues es una fuerza y fortaleza interior que actúa en cada persona, por lo que el “camino del Espíritu” es una entrega generosa y confiada hacia Aquel que nos educa, conduce y guía.
El Espíritu nos guiará a la “verdad completa” (Jn. 16,13) en una labor educativa de potenciar nuestra personalidad y de interiorización de la verdad, en el tejido de la vida cotidiana.

Estaremos así atentos a sus sugerencias interiores, a los buenos ejemplos de los demás, a sus consejos y peticiones, a comprender sus signos en los acontecimientos “nada es coincidencia, todo es Providencia”.

No excluiremos nuestra responsabilidad de esta labor cotidiana excusándonos de que: “estamos bautizados, o “hemos colaborado para apoyar una obra social”; si no que la calidad de hijo de Dios se corrobora, evidencia y crece en el hijo que reencuentra la familia, recupera su sentido de hijo de Dios y hermano solidario de los demás. Una síntesis estupenda es: “ser buenos y hacer el bien”.

Entrar en esta dimensión es vivir la verdadera libertad de hijo y hermano, porque donde está el Espíritu del Señor está la libertad. (2Cor. 3,17).

El Espíritu potencia la persona, porque fortalece y profundiza nuestra verdad y libertad, puesto que Él quiere nuestra maduración hacia el ideal de plenitud de cada uno, que abandona la prisión del vientre materno y entra a la libertad de la vida y a la generosidad del corazón guiado por el Espíritu. Así podemos con Cristo, en Cristo y por Cristo exclamar: “Abba Padre” (querido Padre Dios); como hijos y como hermanos.

IV.- Conclusiones

Pentecostés nos guía al sentido profundo:

  • De la creación que la hace armónica y fecunda; 
  • De la Redención que se actúa por medio de la vida sacramental de la Iglesia;
  • De la  universalidad del Evangelio que trasciende idiomas, razas  y pueblos; 
  • Del amor, que va más allá de sentimientos y emociones para hacerse coherencia, testimonio y compromiso;
  • De los carismas que dan esa variedad y riqueza a la policromía en la Iglesia,
  • De la fecundidad a la Buena Nueva de Cristo, haciéndola eficaz para nosotros y los demás.              

Así podemos orar con Orígenes: 

“Tú que sigues a Cristo y lo imitas, que vives de la Palabra de Dios, y que meditas su Ley noche y día, tú que cumples fielmente sus mandamientos, vive siempre impregnado de  Espíritu y nunca te alejes de Él”.

Amén.

Mérida, Yuc., a 19 de mayo de 2013.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
  Arzobispo de Yucatán

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