A mediados de 2015 un periodista noruego compartió en las redes sociales un par de imágenes; en ellas se puede ver a un hombre cargando una bolsa y a su hija en un brazo, en la otra mano sostiene unos cuantos bolígrafos de plástico que intenta vender a los transeúntes.

Se le puede ver delgado, relativamente pálido, con un semblante cansado, su mano se eleva con las plumas que parece ofrecer casi en una actitud de súplica; las imágenes reflejan la angustia y desesperación de quien nada tiene y se aferra a la esperanza de que alguien compadecido de él y su hija decida comprarle uno de los bolígrafos.

Es Abdul Halim al-Attar, uno de los cientos de miles de refugiados sirios que han abandonado su país por la guerra; padre de dos hijos, tuvo que huir de su país al perder su trabajo en una fábrica de chocolate; después de un escape lleno de peligros logró llegar a las calles de Beirut, en Líbano, fue ahí, entre tantos miles de refugiados sirios, que el periodista Gissur Simonarson captó su imagen en dos fotografías que conmocionaron a las redes sociales.

Conmovido, el periodista organizó una pequeña campaña de recaudación de fondos para tratar de ayudarlo, gran sorpresa para el periodista fue constatar de qué manera habían calado sus imágenes en el sentimiento y la conciencia de miles de personas. La recaudación superó por mucho lo esperado y se lograron reunir poco más de 168,000 dólares; entregar la ayuda no fue sencillo, un colaborador de la campaña tuvo que llevar en varias entregas el dinero desde Dubai hasta Beirut. Abdul ha recibido casi 70,000 dólares.

Agradecido y consciente de su fortuna, Abdul ha enviado 25,000 dólares a amigos y familiares

que aún se encuentran en Siria tratando de sobrevivir a la guerra; con parte de lo recibido logró empezar tres pequeños negocios: dos panaderías y un restaurante. Cierto de la situación extrema que sufren sus compatriotas decidió dar trabajo a 16 sirios refugiados de la guerra en sus tres negocios, muchos de sus empleados son padres de familia como él que se encontraban en situación extrema. Conmovido asegura que “no sólo cambió mi vida, sino también la de mis hijos y de las personas en Siria a las que he podido ayudar”.

Abdul no ha perdido el piso, ha conseguido para su familia un pequeño departamento de dos habitaciones y Reem, su hija de cuatro años, presume orgullosa sus juguetes nuevos, un oso de peluche y unos utensilios de cocina de plástico. Con casi 100,000 dólares más por recibir no parece que Abdul planee dedicarse a descansar, parte todas las mañanas esperanzado y optimista para atender el funcionamiento de sus tres negocios, que no sólo han sido una bendición para él sino también para las familias de los refugiados como él que ahora trabajan juntas.

Enorme satisfacción debe haber en el corazón de cada uno de los anónimos donantes al leer estas noticias; el sufrimiento y la desesperación de un padre los conmovieron al punto de donar algunos unos dólares y otros seguramente más; probablemente al hacerlo pensaban que gracias a su generosidad una familia siria pasaría menos apuros para subsistir, nadie habrá imaginado que de la abundancia de su corazón tantos en Siria recibirían un apoyo a través de Abdul y menos habrán esperado que tantas personas y familias hoy tendrán pan en su mesa debido a su cariñoso y solidario gesto. Es así como un acto de amor crece, se potencializa y acaba abrazando a todo el género humano.

Existe una cita del Talmud que afirma: “Quien salva una vida salva al mundo entero”, así es como quien, intentando con amor salvar una vida, salva a muchos más de los que esperaba; es el poder de un acto pequeño como una semilla de mostaza pero que con la fe del corazón determinado a ayudar produce frutos al ciento por uno, abraza, consuela y protege mucho más allá de lo que inicialmente podríamos considerar, redime al ser humano de sus flaquezas y debilidades y potencia el efecto del bien en el mundo.

Sepamos que nuestros actos de amor, solidaridad y piedad generarán alegría, felicidad y esperanza que no alcanzamos a comprender; seamos generosos los unos con los otros. Solidarios en nuestras necesidades contribuiremos a labrar un futuro esperanzador para todos.

Probablemente nunca sepamos hasta dónde llegarán nuestros actos de amor, pero no importa, la Biblia lo explica perfectamente: “Cuando hagas el bien, que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda”.