Juzgar a las personas que nos rodean nos separa de los demás. En cambio, aceptar al otro tal como es nos ayuda a relacionarnos sanamente, sin negar las diferencias que son reales e inevitables. Los prejuicios anulan nuestra capacidad de percepción y restan objetividad. Por ej., si pensamos que alguien es “imposible de tratar”, captamos solamente los signos que confirman ese prejuicio y dejamos de percibir los rasgos positivos de su personalidad, desintegrando la realidad.

Puede ser que juzgar sea un estilo de evaluación aprendido cuando se formaron los vínculos primarios de nuestra vida. Si hemos sido juzgados, puede haberse arraigado en nosotros ese modelo y actuaremos como lo hicieron con nosotros justificándonos al pensar y hasta diciendo que lo hacemos para “ayudar a la otr@ persona, porque la queremos, para que mejore”, etc.

Al juzgar a nuestros congéneres nos colocamos en una posición de superioridad: “Yo soy quien decide y sabe lo que está bien o mal y también sé que actitud es la correcta ante cada situación”. Pareciera que los otros están allí para recibir nuestra aprobación. Sin embargo, ¿estamos seguros de que siempre podremos actuar de la forma que pregonamos?, ¿podemos afirmar que nunca haremos lo que reprobamos?, en términos bíblicos: ¿podemos tirar la primera piedra?

¿Qué haría yo si “eso” me sucediera a mí? Esta sola pregunta propicia la empatía, que abre el corazón para ponerse en el lugar del otro. Entonces podemos ver, considerar a la otra persona, conocerla un poco mejor y comprender cómo se siente. Empezar por no juzgarse a uno mismo; no nos critiquemos tan duramente, para no vivir culpándonos y castigándonos, sino empleemos esa energía en mejorar, para lograr modificar lo que sí está en nuestro poder. Darse tiempo para trabajar y trabajarse porque en todas las circunstancias se puede aprender.
Todo lo que sucede es parte de un plan y proceso mayor para ampliar nuestra visión y conocimiento. Podemos encontrarle sentido a todas nuestras vivencias, tanto las gratificantes como las que no lo son. Verlas como un aprendizaje y seguir adelante. Así se desarrolla la sabiduría interior que transforma, mejora y evoluciona a nuestra persona.

Al observar lo que ocurre y nos ocurre, dándole un lugar, todo tiene sentido. El dolor purifica; el error enseña lo que se necesita cambiar; la alegría hace vibrar… Entonces me siento en armonía; ya no me resisto inútilmente, desperdiciando la energía vital que nos regala el Creador.
¡Ánimo! hay que aprender a vivir.