Vivir desde el SER es estar a tono con el momento, es jugar el último segundo como si fuera todo el partido, escuchar al cuerpo. Vivir un instante que recoge una vida entera…- Carlos G Vallés, sacerdote jesuita

Al pagar el precio de ser uno mismo, se adquiere la libertad de diseñar la propia visión de nuestra vida y del mundo. Es una visión con nombre y apellido porque es diferente de la visión de otros.

Vivimos acelerados, dejando, quizá, a un lado lo más importante: “VIVIR EN DIGNIDAD”. Y, me pregunto: ¿qué nos llevaremos a la hora de la despedida final? NADA, absolutamente NADA. Al pasar del tiempo, constantemente nos ponemos en contacto con la vida y con la muerte.

Convivimos con situaciones de distintos matices, que nos permiten reflexionar acerca de la profunda dimensión del ser humano. Las alegrías, las tristezas, las sonrisas y las lágrimas por y con las vidas que quedan y por aquellas que se van. Estas vivencias y realidades templan el alma y tenemos una visión más clara del enorme valor de la vida.

¡Qué poco conocemos del ser humano! Aun con todos los adelantos científicos y tecnológicos, la vida sigue siendo un misterio y un enigma; el mandato claro e irrenunciable es ¡VIVE!

Hay que detenerse para pensar en uno mismo, en lo que nuestro cuerpo y todo el ser demandan. Revisar la vida que estamos viviendo para evaluar con honestidad y transparencia si la vivimos como nos propusimos o nos hemos alejado de lo elegido en nuestro “proyecto de vida”.

Revisemos nuestra vida HOY mismo, pues lo que HOY no comenzamos a resolver no sabemos si se podrá después. No afrontar la realidad es otro camino, pero tarde o temprano nos la encontraremos cara a cara y será más duro comprobar que hemos malgastado nuestra propia vida. Estar agradecidos por vivir se demuestra cuidándonos y cuidando la vida misma porque de esto depende nuestro presente y el “tiempo” que nos quede por ¡VIVIR!

¡Ánimo! hay que aprender a vivir.