Todos los escuchamos siempre cargados de promesas con el propósito de elevar el ánimo y provocar sonrisas, de caer bien, pero, como todo lo predecible, terminan siendo aburridos en la hora estratégica, cuando empieza el hambre; se deberían legislar los discursos para que sean útiles, tengan menos intercambio de lisonjas y más información productiva, porque, al final, es tiempo público.

No es exclusivo de gobernadores, pasa con secretarios y líderes de organizaciones sociales; al momento de una toma de protesta, inauguración de obras públicas o de eventos diversos, es lo mismo: no emiten un diagnóstico, una propuesta, una solicitud o una reflexión, nada que motive un punto de inflexión en el tema del evento, nada que marque objetivos, evolución o desarrollo. Al final los discursos son mero protocolo aburrido que genera angustia y estrés al ver que pasan los minutos, no informan de nada nuevo y son repetitivos.

Cierta indulgencia puede ser concedida al gobernador porque su agenda está cargada de eventos y no es que ofenda que no sea experto en el tema -improvisar es parte de los recursos de cualquier político-, sin embargo, ellos tienen fichas técnicas con datos del evento y ciertos números que dirán durante su discurso a manera de empatía. Lo que es imperdonable es que los secretarios o los mismos líderes del evento no aprovechen estos momentos para dirimir problemas, generar compromisos o exhortaciones y caigan en la mediocridad del intercambio de lisonjas para adornar el acto, tirando a la basura la oportunidad de utilizar el foro.

Tampoco se trata de ventilar problemas y reflexiones, pero sí sutilmente se debe aprovechar el tiempo exponiendo los temas que pueden mover la agenda y hacer útil la reunión para que cuando termine se vean avances, compromisos o de plano una reflexión acerca sobre lo expuesto.

Recuerdo bien los discursos de Víctor Cervera, claro, estaban adornados de cifras alegres, pero siempre aterrizaban en retos y problemas próximos que convertían los eventos en verdaderas reuniones de celebración y de trabajo, o los discursos de Raúl Casares G Cantón: siempre después del breve intercambio de lisonjas se planteaban necesidades seguidas de propuestas que se ventilaban en público; la agenda del asunto ya había avanzado.

Convertir los discursos en útiles sin caer en aburrimiento es un arte obligado que tienen que dominar políticos y líderes; indispensable será la voluntad de transformación social de las autoridades.