Cuánta verdad hay en las declaraciones del señor danés, experto en tránsito, Ole Thorson Jorgensen (Milenio Novedades, 8-IV-2018) sobre los problemas, dificultades y peligros a que nos enfrentamos los que arriesgamos nuestras vidas al caminar por calles de Mérida, sobre todo en el centro. Hoy día roza el nivel de aventura pasar de una calle a otra en casi todas las esquinas, más en sitios como el Paseo de Montejo con Cupules, por ejemplo, o en la en mala hora bautizada República de Corea (afortunadamente nadie le llama así) o en las cercanías de los hospitales O’Horán y Juárez, por sólo citar algunos lugares donde, sobre todo los ancianos, arriesgamos nuestras vidas para atravesar la calle (es menos peligroso cruzar el Niágara en bicicleta).

De todo lo que dice don Ole –que es inconcuso e irrebatible- saco una conclusión: estamos a años luz de tener una ciudad medianamente segura para peatones. No hablo de ciclistas porque muchos de ellos son acróbatas de alto riesgo que van por la vida como si la calle fuera su coto privado y sin respetar en lo mínimo el reglamento de tránsito (que los incluye, por si no lo sabían, y que dispone que usen casco).

Es cierto que también hay normas para los peatones y que no las respetamos, como cruzar las calles en las esquinas y no a la mitad y, donde hay semáforos para viandantes, esperar que nos den paso, pero son faltas veniales, nada comparable con la actitud de automovilistas y motociclistas que mentan madres a quienes los “desafían” y les señalan que van a atravesar la calle (para ellos lo único respetable son los montículos porque donde sólo están pintadas las rayas amarillas es como si no existieran).

Asimismo, es irrebatible que nos hace falta equipamiento urbano: aceras con medidas adecuadas, carriles para vehículos de transporte público y ciclopistas, por mencionar algunas carencias, pero lo que más nos hace falta es un poco de educación, hasta a los policías que dirigen el tránsito. Una mañana, en el ajetreo vehicular, estuve parado esperando poder pasar, igual que otros muchos colegas pedestres, y el policía pitorroteando ni nos viraba a ver. Le pregunté a qué hora nos iba a dar paso y ni siquiera se dignó verme. Para él, los únicos con derecho a transitar eran los autos (y eso es lo más frecuente: somos invisibles para los que viven con el pito en la boca).

Y qué bueno que nos lo dice don Ole, a ver si le hacemos caso. Es un buen tema ahora que están las campañas.