Por si no se habían dado cuenta, tengo un lado salvaje –según el parecer de los hoy día cada vez más feroces animalistas, que por “cuidar” la vida de los animales no se tientan el alma para atacar a los humanos (y no es que nos crea reyes de le creación, pero también somos importantes)- y disfruto una tarde de toros como lo hacen otros millones de personas en el mundo, sobre todo cuando sobre la arena se dibuja la plástica belleza de un imponente animal y se conjuga con el hacer estético de un buen diestro, que por eso se les llama así, por su destreza).
Escribo estas líneas cuando faltan unas horas para que en la Plaza Mérida –que ayer entró a su año número 90- partan plaza los toreros Uriel Moreno, El Zapata, y Manuel Escribano y Leo Valadez, con la emoción de la espera para que salgan al ruedo los imponentes ahijados de Mimiahuapan, en la que se auguraba una tarde histórica para la fiesta de los toros en Yucatán, y tras haber oído una interesante charla entre los dos primeros matadores.

Cuando alguien les dijo a Escribano y Moreno la frase aquella que se dicen los toreros antes de que se abra el patio de cuadrillas: ¡Dios reparta suerte!, el mexicano contestó: “No creo en la suerte, creo en el trabajo”. La esperanza, añadió, es que todo transcurra con bien para todos, que los toros embistan, los toreros podamos estar en la mejor disposición física y anímica de hacer lo que sabemos y no haya nada que lamentar.

Hoy quero quedarme con la primera frase del maestro Uriel: ¡Creo en el trabajo! Una filosofía de vida que debería ser santo y seña de todos y cada uno de los mexicanos: creer en nuestro trabajo y trabajar con la confianza en cada uno de nosotros. Luego veremos si logramos la solidaridad, la asamblea de objetivos y metas y la generosidad para alcanzarlos. Cuando estemos en el trabajo, nuestras capacidades e inteligencia deben estar centradas en hacerlo lo mejor posible, sin estar mirando sobre el hombro si el de al lado se esfuerza igual o se está haciendo pato o “rascándose abajito”. A lo mejor logramos contagiarlo y así, de contagio en contagio, creamos un buen ambiente laboral que, seguramente, al final nos beneficiará a todos.

Nunca me ha gustado parecer predicador o hacer “couching” laboral, pero creo que haríamos bien en adoptar la frase de El Zapata: ¡Creo en el trabajo! y “a darle duro”. Si no nos salvamos nosotros, los políticos no lo van a hacer.