Hay noticias espeluznantes, terroríficas, peor que las cintas de “walking dead” y Bela Lugosi. Una de ellas es la que nos da el alcalde de Mocochá, Alejandro Silva Dzul (Milenio Novedades, 15-XI-2017), y no sólo porque se refiere a muertos (pobres muertos y muertos pobres), sino por todo lo que se infiere de falta de corazón y sensibilidad ante la desgracia de perder a un familiar, sobre todo las personas que carecen de medios para cubrir los elevados gastos que hoy día un óbito genera, hasta para el más humilde de los sepelios en ataúd de pino con forro de popelina cruda.

Imagínese usted a un anciano campesino ex henequenero de 90 años, a quien el neoliberalismo salinista –representado en Yucatán por un interinato del que muchos no quisiéramos acordarnos- lo despojó de la miseria que como crédito adelantado se le daba para engordar la nojoch cuenta que el ejido –como en las haciendas porfiristas- contrajo con Banrural primero y el Fideicomiso Henequenero después y que se fue el caño de la corrupción al desaparecer la industria del agave.

El tal ex ejidatario, que tuvo que malvender su parcela presionado por un gran capitalista que necesitaba el terreno para un desarrollo turístico de primer mundo –muchos de los cuales potentados recibieron inclusive su certificado como miembros del ejido-, vivía en su casita de paja llena de agujeros en el techo de palmas y de huecos en las paredes de bajareque con su mujer, igual de anciana y a quien un mal día la matan el abandono y el hambre combinados con la malnutrición y la tuberculosis.

Supongamos que se llama don Valerio.

Va don Valerio al Palacio Municipal y pide al alcalde que lo ayude con el pago de la más humilde de las cajas y el gasto de inhumación (registro civil y demás), todo lo cual suma poco más de 3,000 pesos que don Valerio jamás ha visto en su vida. El presidente municipal dispone que se le otorgue la ayuda (es lo menos que debe hacer en la más elemental de las justicias). Hace que ponga su huella digital en un recibo y verifica que el gasto para el cual le pidió apoyo don Valerio se cumpla y la anciana señora reciba más o menos digna sepultura. Hasta aquí todo bien.

Pero viene el gran hermano –el que vigila el gasto de los centavos, porque con las grandes inversiones no se mete (le llaman Auditoría Suprema)- y exige que le comprueben que los 3,000 pesos se gastaron en la caja y el sepelio. En el colmo de la inhumanidad pide fotos de la muerta en su ataúd.

Para película de terror. Ñaca, ñaca.