Eso de ser juez es un asunto bastante complicado y delicado. Son personas que tienen en sus manos las vidas, el destino y la felicidad o la desgracia de un individuo o de una familia. La verdad, por nada del mundo asumiría una responsabilidad de ese tamaño. Bueno ni siquiera de un concurso de belleza o de altares de janal pixán (aunque esto algunas veces lo he hecho presionado por la amistad de quienes me lo han pedido). No sabes si un fallo tuyo, aunque sea en algo que te podría parecer nimio, pudiera desencadenar una situación de gravedad.

El juez, sobre todo juzgadores que deciden quién va a prisión o quién queda libre –o en el caso de los países que tienen en su legislación la pena de muerte, cuyo fallo es fatal, como pasa en estados de EU, donde aún conservan la pena capital- deben ser personas de una alta calidad moral, preparación más que en grado de excelencia, capacidad de análisis muy por encima del de la medianía y, más que nada, un corazón a prueba de balas y una honradez blindada contra “cañonazos” de estilo Álvaro Obregón.

En las redes sociales a veces pasan episodios en un juzgado de tránsito de algún pequeño pueblo estadunidense, cuyo titular –vestido de toga- se encarga de dirimir la responsabilidad de quienes se ven involucrados en situaciones cotidianas, como un choque, estacionarse mal o no pagar los taxímetros, por ejemplo, pero lo hace con tal justicia que a veces sus fallos sobrepasan la letra de la ley. Me tocó ver un juicio a un hombre a cuyo hijo el juez pasó a su escritorio y la preguntó cómo declaraba a su padre y el niño, con firmeza, dijo: Guilty (culpable) y guilty fue el señor y a pagar la multa, aunque con consideraciones del usía a la sinceridad del niño, quien impuso una pena de un dólar a su padre y happy end.

Viene esto al caso de la última condena a muerte ejecutada en la ya tristemente célebre prisión de Huntsville, Texas, contra el mexicano Rubén Ramírez y a pesar de las protestas de sus abogados por violaciones al debido proceso y de las resoluciones del Tribunal de La Haya. Aquí la pregunta que todos nos hacemos: ¿Y si, como ha pasado, pruebas posteriores (supervinientes, dicen los jurisperitos) lo absuelven?

Qué bueno que en México se abolió la pena de muerte con todas sus excepciones y que no les hacen caso a los diputados que han propuesto legislar de nuevo sobre ese tema. ¿Para qué sirve una absolución a un muerto?