Hay aspectos en la vida de los políticos que poco se conocen. Algunas veces porque son muy reservados para hablar de ellos y otras porque no les interesa que se sepan. Sin embargo, me parece que son de la mayor importancia a la hora de definir quién es el que el ciudadano quiere que le gobierne. Me refiero a temas como: su infancia, sus años juveniles, sus sueños e ilusiones de niño y de joven, sus relaciones con sus papás y sus hermanos, si era buen estudiante o ahí la iba pasando… en fin esas cosas que pudieran parecer baladíes, pero que en el contexto social cobran relevancia.

Así parecen haberlo al menos sospechado los aspirantes a la Presidencia de la República tanto del frankenstein llamado Frente por México –que metió en moloch a tendencias ideológicas supuestamente contradictorias- como el que postula a “Pepe” Meade –que tendrá que cambiar de nombre por acuerdo de la santa inquisición- y hasta el del Peje López –cuya esposa salió de las penumbras y hoy lo acompaña-. Al menos el del frente que lidera el PAN con Ricardo Anaya a la cabeza y el que se formó en torno al PRI, con el ex secretario de Hacienda como su figura, tienen como eje central de su publicidad a sus familias.

Sin embargo, poco sabemos de sus orígenes familiares, de cómo vivían, si tienen hermanos (sobre todo hermanas, lo que es determinante en la personalidad) quiénes son y cómo se llaman, si vienen de una familia numerosa o pequeña –hay quienes dicen que en las familias numerosas los grandes valores son la generosidad y el desprendimiento casi obligados-, de si son religiosos o no, la escuela donde estudiaron, quiénes fueron sus maestros y si alguno de ellos influyó en su vocación, si hacían deporte, si iban en camión o en el auto de papá a la escuela… Todas ellas circunstancias que modelan la personalidad del adulto y pueden ofrecer una visión más completa de quien aspira a ser servidor de sus conciudadanos (según dicen).

Hoy día los mercadólogos políticos se afanan en temas como las encuestas, la aceptación del aspirante, en inundarnos de fotos de ellos abrazando ancianos (sobre todo ancianas), besando chiquitos (mientras más sucios y andrajosos mejor) en los pueblos, o buscando los “negativos” (como ahora dicen) de sus rivales para echárselos encima y bañarlos de caca. Sin embargo, nadie nos muestra el lado donde se ve sin disfraces al hombre o la mujer: su entorno familiar.

Eso no se estudia en Harvard, pero parece de elemental evidencia.