Como decían los antiguos: voy a echar mi cuarto a espadas. Y aunque no esté de moda ni sea bien visto en estos días en que no estar “con ya sabes quién” puede ser tomado como traición a la patria o sinónimo de enemigo del pueblo bueno, me parece que en el debate José Antonio Meade fue quien tuvo una pizca más de coherencia y un discurso menos populista, mejor estructurado y con propuestas interesantes.

En el último encuentro de los cuatro aspirantes a la presidencia, escenificado –nunca mejor dicho, en medio de un decorado cuch, con símbolos pretendidamente mayas enmarcados en un morado desleído, en el escenario que más nos cuesta a los yucatecos- la noche del martes 12, en el Gran Museo del Mundo Maya (una costosa sala audiovisual), pareció que la intención de los comparecientes era ver quién es el más corrupto. Uno pudo haber pensado que ante semejantes personajes quien tendría que intervenir es la PGR y no el INE.

En su calidad de supuesto puntero –según las encuestas y mediciones que hoy son también víctimas de la polémica y la descalificación-, el eterno aspirante se dedicó, en frase de una analista (muy guapa por cierto) del IMCO, Alexandra Zapata, a “nadar de muertito”. De sus consabidas frases: combate a la corrupción, honestidad, justicia, no venganza… no pasó. Sabe que va adelante… en las encuestas.

Anaya llevó un discurso cargado de advertencias y amenazas: Cuando yo sea presidente, tú (Meade) y Peña Nieto van a ir ante la justicia. Por lo demás, repitió sus ideas (no pueden llamarse proyectos de gobierno siquiera) para mejorar la calidad de vida de los mexicanos más pobres, aunque no dijo (tampoco los otros) “con qué ojos divino tuerto” y, quizá de alguna forma afectado al ser el único de los cuatro que llega con una denuncia penal a cuestas, se lanzó a la ofensiva contra el de Morena y Meade.

Del Bronco nuevoleonés no hay mucho qué decir, aparte de su reiterada advertencia de convertirse en el “mochamanos”.

José Antonio Meade no se afanó en inventar el hilo negro. Sus propuestas son lo más alejado del populismo que conquista al graderío pero es difícil de llevar a la práctica. No fue a decir lo que los fans quieren oír y eso no vende en el mercado político. Creo que sería un muy buen presidente, aunque carga –o le cargan- pasivos históricos.

Lo cierto es que, gane quien gane, la tarea no es de un solo hombre, sino de una nación y que lo que tenemos hoy no aguanta más. Necesitamos un estadista, no un presidente, y ser más ciudadanos que votantes.