En medio de la euforia por el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones del domingo 1 (con todos y que solo una minoría de mexicanos haya efectivamente decidido que sea quien gobierne), vengo hoy con mi pesimismo a cuestas –no sé si les agüe la fiesta a los festejantes- a decir que sobre mi ánimo cae una gran losa de preocupación.

Y no es que no me parezcan bien las bocanadas de sensatez que representan sus gestos ante quienes –parece que como bandera de campaña nomás- llamó “la mafia del poder”, ladrones y corruptos y los amenazó con la cárcel y ahora son demócratas, sensatos, gente de fiar (tanto que a Anaya y Meade dijo que los invitaría a colaborar en su gobierno) y les abre los brazos aunque haya dicho que con alguno de ellos cerca “mejor cuido mi cartera”.

Amigos y conocidos que votaron por AMLO –y otros no tan amigos y menos conocidos que también lo hicieron y no me bajan de estúpido- me piden que no adelante vísperas, que espere a ver cómo van las cosas antes de juzgar, que va a cumplir y con él se acabará la corrupción en el gobierno y todos seremos felices y tendremos pensión al doble, medicinas buenas y suficientes en los servicios de salud y los jóvenes un dinerito asegurado… y así. Yo sí espero, pero no sé si el “pueblo bueno” también. Carga muchos agravio, sufre muchas carencias y le hicieron soñar mucho.

Lo que veo es distinto de ese paraíso que se va diluyendo bajo el aplastante peso de la terca realidad: lo del dinero para los jóvenes no va a ser como dijo, sino que será una especie de becas con apoyo de los satanizados empresarios –que, hay que decirlo, también se olvidaron del “peligro para México” y hoy se les mira muy a gusto junto a él- y la caridad es para el Santo de Asís, no para el capital. Y es lo mismo en otros temas: gradualismo cuando no marcha atrás. Se cumple aquello de los políticos mexicanos: ponen su direccional a la izquierda y dan vuelta a la derecha.

En Yucatán, los triunfadores celebran que ya tienen su constancia de mayoría y los ciudadanos que todo haya transcurrido en relativa paz y que nos hayamos volcado a votar. Yo no voté por Mauricio Vila, pero no puedo menos que desearle el mayor de los éxitos por el bien de los yucatecos, que cuide muy bien de quiénes se rodea y que no abra paso a gente envenenada por el rencor y el deseo de revancha (parezco amlover). El PRI tiene muchas lecciones que aprender y poco que festejar. La derrota no es de Sahuí, sino de todos en ese partido.