Las ceremonias de la Iglesia Católica en Viernes Santo son de las más impresionantes –o eran al menos, cuando había solemnidad en este día y se cantaba a tres voces la Pasión del Señor según San Juan, único apóstol que estuvo al pie de la cruz junto a María-. La lúgubre austeridad de la liturgia de este día es una manifestación del dolor de la Iglesia por la muerte de Jesús.

Yo recuerdo especialmente cuando en Catedral en Mérida se cantaba la Pasión y uno de los tres encargados de ese acto era un canónigo de voz tipluda y de apellido Domínguez, a quien le decían (creo que sin que lo supiera) “Kikiriki”, porque a él le tocaba relatar la traición de Pedro y cantaba: Non cantabit gallus donec ter abneges nocere me (No cantará el gallo antes de que me niegues tres veces, según San Juan). Estoy haciendo un recuerdo de memoria, así que si no se ajusta ad pedem literae a lo que entonces pasaba, pues que el P. Domínguez me perdone.

Lo cierto es que esa solemnidad era de las que más me impresionaban por su carga de tragedia incluida en los actos conmemorativos.

Muchas veces estuve presente en la Catedral –poseído por la emoción estética que generaba esa austera ceremonia- y me estremecía con el canto del coro en latín del Miserere mei Deus…, un himno creado por el sacerdote, cantante y compositor romano Gregorio Allegri (1582-1652) con letra del Salmo 51, para ser cantado en la Capilla Sixtina en Viernes Santo. Allegri, por cierto, era hijo de un cochero y primo del pintor Corregio. Puede usted oír ese impresionante canto en Youtube. Búsquelo así: Miserere mei.

En Viernes Santo no hay misa. La ceremonia central es de la Adoración de la Cruz y la preceden la predicación de las Siete Palabras y el canto de la Pasión. Si usted tiene fe, no deje de ir a la iglesia hoy. Si no, vaya aunque sea a oír esos impresionantes cantos (si es que aún los utilizan).