Cual si fuera una historia sacada de cuentos fantásticos, con personajes basados en la ficción, decidí encaminar mis pasos viajeros al camino amarillo, pero no el que siguió la pequeña Dorothy, ni tampoco me refiero a alguna preferencia política, NO, el camino amarillo es aquel que nos transporta a uno de mis municipios favoritos, que no se iguala con ningún otro pueblo mágico de México: Izamal.

Mis estimados amigos, Izamal me volvió a recibir con los brazos abiertos, como lo ha hecho siempre con todos los visitantes que deciden llegar a conocer todo lo que ahí se ofrece. Mi arribo fue el domingo, y lo hice muy temprano con la intención de aprovechar al máximo mi día como siempre; logré estacionar mi vehículo cerca de la plaza, y saludé con gusto a Juan, quien desde hace algún tiempo es policía municipal y ayuda con mucho entusiasmo al turista que camina por el camino amarillo.

Cerca de las 10 de la mañana comienzan diversos artesanos a instalarse a un costado del parque principal para ofertar con la mejor sonrisa sus productos; quiero presumir que hubo espacio en mi maleta para llevarme una bella tortillera hecha en madera que sin duda fue buen regalo para la abuela, ah y en mi cabeza me llevé puesto, como se dice coloquialmente, un sombrero de henequén.

La misa estaba acabando en el templo del convento de San Antonio de Padua, por lo que el mar de gente me obligó a subir con cuidado las escalinatas de este recinto franciscano. Una vez dentro decidí conocer el museo dedicado al papa Juan Pablo II, la verdad vale mucho la pena y el precio es bastante accesible, menos que una caja de chicles, se los aseguro. Ahí puedes tomar fotografías y conocer un poco más sobre su visita a Izamal y también ver las ropas y las sillas que utilizó el santo padre en el año de 1993.

Finalmente decidí comer en el mercado municipal unos ricos panuchos. Ya no les cuento más, pero sí, visiten Izamal. A viajar se ha dicho.