Si bien es preocupante el impacto negativo que tiene en nuestra salud la contaminación atmosférica, lo cierto es que nos deberían preocupar mucho más los impactos negativos del mal manejo y disposición final de las aguas negras generadas en todos los usos del suelo que se integran en las ciudades.

En el caso de Mérida, es realmente preocupante que seamos la ciudad de más de 500,000 habitantes con el peor manejo de sus aguas negras, condición que es más criticable al ser la urbe mexicana con más plantas de tratamiento de aguas residuales, aunque todas de servicio en espacios de desarrollo reciente, dado que a los nuevos fraccionamientos o desarrollos comerciales se les condiciona su autorización a que cuenten con un sistema de tratamiento.

Pero al no tener una normativa acorde con nuestras condiciones geohidrológicas, ni un adecuado diseño anticipado de la infraestructura de drenaje sanitario por amplios sectores de las áreas de crecimiento ordenado del espacio urbano, con plantas de tratamiento con una cobertura más allá de los límites de cada desarrollo, estamos construyendo una infraestructura cara con diferentes tecnologías y cuyas condiciones de eficiencia nadie conoce y, peor aún, ignoramos la forma de disposición final de los efluentes de estas plantas.

Hay una forma reconocida de manejo de las aguas residuales en ciudades que dice: centro de la ciudad, sistema de alcantarillado sanitario; suburbios, fosas sépticas, pero todo con una normativa integral para la infraestructura. Nosotros estamos al revés y sin una normativa adecuada, y es que las fosas sépticas requieren de un diseño adecuado y descargando a un campo de infiltración, no a un pozo de inyección a nuestro tensionado acuífero, debiendo existir un servicio de limpieza programada en función del número de usuarios de cada fosa.

Creo que ya es inaplazable que desde la sociedad pidamos un cambio normativo, operativo y funcional para proteger nuestro acuífero, el cual, como me dijo el Dr. Mahoney, director de la EPA, hace ya treinta años: en la Península de Yucatán tienen una reserva estratégica de agua dulce que hay que proteger; cosa que nadie hace, pues creemos que nuestro acuífero es eterno y está autoprotegido.