Conocí el mar cuando cumplí 22 años, ese fue mi regalo. A pesar de que en septiembre la mayoría de las tardes son lluviosas, mi familia y yo viajamos desde las montañas por toda la carretera. Durante dos días comimos en los puestos del camino y recorrimos todos los pueblos que estuvieran al paso, aunque en ellos no había mucho que ver. Así poco a poco avanzamos a nuestro destino.

Lo primero que uno es capaz de percibir del mar es su olor. Se puede sentir kilómetros antes de llegar debido a que es muy penetrante y provoca cierta nostalgia. Es el aroma de un lugar al que quizá nunca hemos ido pero que recordamos bien.

Al llegar al puerto contemplamos una por una las casitas, las viejas y las más nuevas pero que también parecen viejas porque se han ido consumiendo con el salitre. Desde el muelle observamos la bahía y la multitud de palmeras que rodean al puerto. Lo cubren de los malos aires del resto de la tierra, lo protegen de la soberbia de las grandes ciudades y del tiempo.

Del mar me impresionó el azul y el color de sus tardes. Fue fantástico ver cómo las olas se hacen más fuertes con el paso de los minutos y por las mañanas se relajan como corderos mansos.

También fue maravilloso sentir la forma de la arena, su capacidad para escapar de todo y permanecer firme ante la fuerza del océano. Sin embargo, hubo algo que nunca olvidaré y voy a repetir en mis sueños durante toda la vida: el sonido del mar.

El sonido del mar no cambia. Cambia todo menos eso, y se mueven los cielos y el océano transforma su color, y el puerto luce cada vez más viejo, pero el sonido del mar es constante, permanente y nunca termina, es como la eternidad. Ese día conocí la eternidad, tenía tan sólo 22 años.

 (*) Cuento