No será la primera vez que aquí conversamos sobre el feminicidio. Tristemente tampoco la última, y es así porque en todo el país continúan los asesinatos contra mujeres cuyo origen es el género. Apenas la semana anterior se halló el cuerpo de una joven, embolsado y tirado a las orillas de un viejo camino, como si fueran desperdicios de cualquier cosa. Sobre el caso se presume que fue la pareja de esta muchacha quien días antes la habría asesinado (Milenio Novedades 22/DIC/2017).

Si esto no nos parece alarmante, entonces la violencia habrá tumbado nuestra capacidad de empatía y ya no habrá nada qué hacer. Sin embargo muchos coincidimos en que esto no es así.

Desde octubre pasado la Línea Rosa se puso en marcha por primera vez en Mérida. Ésta es una aplicación de smartphone, desde la cual la mujer puede acceder a un número de emergencia en cualquier caso de violencia. Aunque el Ayuntamiento le llama al servicio “intervención en casos de crisis o emergencia”, se infiere que la ayuda brindada puede ser incluso cuando una mujer está en riesgo inminente de ser asesinada.
Y pensemos en las críticas: ¿qué tanto se confía en una ‘app’ para auxiliar a mujeres violentadas?, ¿y si la víctima no tiene teléfono?, ¿y si la ‘app’ falla?, ¿el personal está capacitado para salvar vidas a distancia?

Lo anterior demuestra que las acciones van enfocadas nuevamente a que las mujeres deben de tomar las “precauciones necesarias” si no quieren ser asesinadas, y que todavía no se apuesta por acciones que incluyan a todos los integrantes de la sociedad. Hemos llegado al punto en el que a las mujeres sólo les queda gritar “no me mates”, como una desesperada solución ante las cifras de feminicidios.

Cabe destacar que la crítica no es contra la Línea Rosa, que busca ser herramienta y no solución. El problema del feminicidio no comienza en la muerte, sino en la vida y en el pensamiento.